Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.

martes, 29 de marzo de 2011

María Luisa - Novela por entregas III - Jaime Alonso Ramos Valencia


José

El papá se llamaba José; sólo José porque nadie preguntó nunca por su apellido. La niña llevaba el nombre de María Luisa y el apellido de su mamá: Fernández.

Él era un hombre extraño, no en su apariencia física
porque era un mestizo alto, delgado y vigoroso, de facciones varoniles; pero extraño, como con un pasado
que ocultar.

Había varias cosas que hacían pensar que
era un desertor: su viejo calzado, unas botas militares,
el uso aún, cuando no siempre, de polainas de cuero, y
la forma en que sostenía en su silla de montar, enfundado, un largo machete semejando un sable.
Era reservado y no tenía amigos; tampoco tenía miedo.

—¿José –le dijo su patrón cuando fue a buscar trabajo–,
tienes miedo? Te lo pregunto porque el trabajo que
te ofrezco es para andar los caminos donde todavía hay
muchos ladrones y alzados, a los que habrá que enfrentar.
¿Tienes miedo?

—Mire patrón –le contestó José–, si algún día tuve
miedo lo debo de haber olvidado en algún pantalón viejo,
colgado de algún clavo cuando dejé mi casa.

Lo dijo con tal convicción que el patrón le dio el
trabajo sin preguntar siquiera su apellido ni dónde
había dejado su casa.

Con el tiempo el patrón comprobó que no se equivocó
con José, porque con su astucia y su instinto evitaron
muchos enfrentamientos en sus viajes cuando, con
conocimiento del terreno, escogía vereda por camino,
con una sagacidad que ni los lugareños tenían; determinaba
si la carga la movían en un convoy de carretas o
con un hato de mulas; además era noble, leal, servicial
y obediente; tenía disciplina militar; pero sí guardaba
un secreto, mismo que no reveló ni cuando una tarde,
al pasar un arroyo, todos decidieron refrescarse con un
chapuzón.

Y José, al quitarse la camisa, siempre abotonadas
las mangas, descubrió una gran cicatriz en su
brazo izquierdo y otras más pequeñas en su espalda.

Cuando vio que lo observaban, volvió rápidamente a
ponerse su camisa y se retiró del grupo. Todos se guardaron
respetuosamente sus preguntas.

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