Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
Mostrando entradas con la etiqueta El Barrio Bravo de Madrigal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Barrio Bravo de Madrigal. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de junio de 2014

El Barrio Bravo de Madrigal en Zamora, Michoacán - Por Víctor Manuel Ortiz Marín - Datos históricos generales (primera parte)


El barrio en los planos antiguos de la ciudad.

De los mapas que existen sobre la ciudad, el más antiguo es el que se reproduce en el primer capítulo de este trabajo, fechado en el siglo XVI. Tanto en este mapa, como en el que le sigue, que perteneció al archivo de los Jasso, probablemente del siglo XVII, podemos observar que todavía no aparece poblada la zona que ahora ocupa el BARRIO DE MADRIGAL.

De acuerdo a la información que proporciona D. Arturo Rodríguez Zetina, fue en 1740 que un grupo de familias indígenas tecas se asentó definitivamente en los alrededores de lo que se conoce ahora como Jardín del Teco, pasando a formar parte, como barrio, de la ciudad de Zamora.
(1)

Placa colocada a mitad de la década de los años 70
con motivo del IV Centenario de la fundación de Zamora.

Ya desde antes, debido a la acción de algunos frailes franciscanos, se habían establecido grupos aislados en las inmediaciones de la zona, llegando inclusive a constituir el poblado de San Francisco de los Tecos, con su plaza, que coincidía con la traza de lo que ahora es el jardín, y con su capilla que se encontraba en la esquina noroeste de la pequeña plaza.(2)

Podemos suponer así, con bastante certeza, que el territorio del barrio de Madrigal, por la proximidad con el pueblo de San Francisco, estaba, en parte fundido con éste y, en parte, dedicado a tierras de cultivo de estas familias.



El primer plano de la ciudad en el que aparece ya semi-urbanizada la zona del barrio, es el que se conserva de 1805, en el que podemos observar la capilla de San Francisco de los Tecos, localizada en el sitio que ya se ha mencionado. Los límites actuales de Madrigal ya son reconocibles en ese plano, aunque puede apreciarse también la densidad tan baja de ocupación por elementos construidos.

El espacio que ahora ocupan el templo del Carmen y el mercado, así como el sitio en donde estuvo el camposanto, está representado gráficamente como un enorme lote baldío, pero limitado ya hacia el sur, hacia el norte y hacia el oriente por zona habitacional.

En este mapa de 1805 aparece también la iglesia del Señor de la Salud (El Calvario), ampliada, a partir de una vieja capilla, en 1710. El edificio definitivo se proyectó en 1829, bajo planos del arquitecto don Nicolás Luna. Mi hipótesis es que al construirse el templo, el barrio del Teco, que era uno solo, se fue subdividiendo debido al nuevo punto de atracción social que representaba la nueva iglesia. Sin embargo, nuestro barrio no se consolidaba todavía como tal, aunque se avanzaba ya en ese sentido, debido a que algunas familias tecas se especializaban poco a poco en la curtiduría de pieles, mientras que, simultáneamente, otras familias se dedicaban a la hilandería, ocupando para sus faenas parte de las tierras que antes utilizaban exclusivamente para la siembra.

El límite poniente se observa marcado muy claramente, cortado por el inicio de las tierras de cultivo. Este límite se enfatizó posteriormente al ser construida, sobre el lindero, una barda (que ya aparece en el plano de 1903) para proteger las siembras que allí se hacían: se cultivaba entonces, en lo que ahora es la colonia Ramírez, camote, jícama, maíz y caña de castilla.(3)

En el plano de 1903 podemos acotar con más precisión los límites que prácticamente se mantienen inalterables hasta la fecha. Confrontando con el plano anterior, encontramos en éste las siguientes novedades:

l. El cementerio (conocido como panteón viejo), que fue destinado para ese uso en 1883.

2. El rastro municipal, en la esquina de la “salida del poniente” y las tierras de cultivo, edificado en 1895, según placa que se encontró al demolerlo en 1972.

Estación del tren.

3. La estación del tren, construida para la llegada del Ferrocarril Central en 1899.

4. El trazo de la línea férrea del tranvía tirado por mulas que iba por lo que es ahora la calle Madero (entonces calle del Puente), desde la estación del Ferrocarril Central hasta la plaza principal y hasta Jacona. Con el ferrocarril, la traza urbana creció desde la acequia del Calvario hasta la misma estación, según se verá en documentos que se anexan más adelante. Por ese entonces Madero comenzó a ser conocida como Madrigal nuevo en el trayecto entre Eleuterio González y la vía del tren.

5. Se ha definido ya lo que se conoció como callejón de Robinsón (actualmente José Gómez y Mercedes Méndez), entre la calle de las Flores (Lerdo de Tejada) y la calle del Puente (Madero).

Aunque no aparece en el plano, por la copia de una invitación del ayuntamiento de la época (1904), nos enteramos de que los árboles que se plantaron en la garita del poniente, llamada de Callejones, fueron colocados allí en ceremonia especial que tuvo lugar el 1 de julio de ese año, previa serenata en el kiosko de la plaza ofrecida por la banda filarmónica “Clases Productoras”. Se trataba de fresnos, truenos y gigantes (eucaliptos).(4)

De la lectura del plano es posible deducir que ha desaparecido ya la capilla de San Francisco de los Tecos, aunque sigue sin abrirse la prolongación de Morelos (entonces calle del Sagrado Corazón de Jesús) hacia el norte.

Notas______________

(1) Arturo Rodríguez Zetina, Jacona y Zamora, Editorial Jus, México, 1956, p. 115.
(2) Arturo Rodríguez Zetina, Zamora, Ensayo Histórico y Repertorio Documental, Ed. Jus, México, 1952, p. 70.
(3) Plática con D. Francisco Quintana en marzo de 1986.
(4) Archivo del Ayuntamiento de Zamora (en adelante AAZ) . Invitación del Ayuntamiento de Zamora de 1904, a una plantación de árboles.

miércoles, 2 de abril de 2014

El Barrio Bravo de Madrigal en Zamora, Michoacán - Por Víctor Manuel Ortiz Marín - Ubicación en la trama urbana


Si observamos un plano reciente de la ciudad de Zamora, podemos encontrar el barrio de Madrigal limitado al norte, parcialmente, por la calle de Ferrocarril (que corre paralela a la vía del tren Yurécuaro-Los Reyes) y también por el canal del Calvario; al sur, por la avenida Juárez; al oriente por la avenida Madero y al poniente por la calle Hermenegildo Galeana.

Se encuentra ubicado al norponiente de la ciudad y coincide, en su traza, con una de las tres partes en que se divide la parroquia de Nuestra Señora del Carmen. En términos de fronteras parroquiales, que para los vecinos son fácilmente reconocibles, limita al sur con la parroquia de la Purísima, al oriente con la parroquia del Calvario y al poniente con la parroquia de la Divina Providencia.

Las dimensiones aproximadas del barrio son como siguen: al norte, 440 metros; al sur, 480 metros; al oriente, 6540 metros y, al poniente, 4500 metros. Ocupa, en consecuencia, una superficie, en números redondos, de 275,000 metros cuadrados, es decir, de 27 hectáreas y media.

Aunque para algunos viejos del barrio (según el decir de don Francisco Quintana) su límite sur llega solamente hasta la esquina de Pino Suárez con Lerdo de Tejada, he optado por aceptar la opinión de otros vecinos más jóvenes, que lo prolongan conceptualmente hasta la avenida Juárez. Lo hago así debido a que la Juárez, en función de la ampliación a que fue sometida en 1972, durante la presidencia del Dr. David Guzmán Segura, se convirtió en un límite físico, natural diríamos, que sí fue incorporado por la división parroquial.

sábado, 29 de marzo de 2014

El Barrio Bravo de Madrigal en Zamora, Michoacán - Por Víctor Manuel Ortiz Marín - La tradición del barrio en Zamora (segunda parte)


El primer barrio español, en tanto que asentamiento consolidado, se habrá definido como tal a partir de las primeras edificaciones.

Si la traza está formada simplemente por una retícula ortogonal en la que no se aprecia ningún matiz, difícilmente se puede suponer que haya habido intención específica de establecer barrios diferenciados, con características distintas. Por otro lado, tomando en cuenta el reducido número de familias españolas, habrán éstas procurado cerrar filas para diferenciarse no tanto entre ellas mismas, sino en relación al barrio indígena.

El proceso de consolidación de barrios nuevos en Zamora debe haber sido lento. Construir un barrio implica no solamente la voluntad de extender el tamaño de la mancha urbana o apropiarse de un nuevo territorio, sino que supone una elaboración social, que se carga poco a poco de significado al tiempo que se expresa en la forma material, y que no puede ser obtenida rápidamente. Construir un barrio implica la construcción de un lugar, que es un término especialmente rico en tanto que tiene connotaciones geográficas, arquitectónicas y sociales.

En el caso zamorano, la diferenciación territorial tuvo  que ir avanzando al tiempo que se desarrollaba, por un lado, una división del trabajo tal, que obligara a la creación de oficios más especializados y, por el otro, a medida que se iban abriendo nuevas tierras al cultivo. Con respecto a esto último, hay que decir que encaja muy bien el planteamiento de Jesús Tapia cuando señala al sistema de haciendas como factor de organización del espacio en esta región.[1]

Cuando el número de propietarios de tierras (españoles) fue creciendo, como se suprimió el trabajo forzado de mano de obra indígena en 1631, "los terratenientes aseguraron la disponibilidad de mano de obra circundando con sus propiedades asentamientos de indígenas que rompían sus vínculos con sus comunidades, a mestizos o esclavos".[2]

Por fuera de la traza zamorana se fundaron algunas haciendas que generaron, con el tiempo, barrios que adoptaron inclusive el nombre de la fundación. Tal es el caso de San Juan Bautista y, un poco más alejada, Los Espinos.

De hecho, sucedió no solamente con haciendas, sino con propiedades rústicas más pequeñas: Jericó, La Tuna, El Ratón, Los Pozos, etc.

Croquis del valle de Zamora (sin fecha)

No en todos los casos el asentamiento pudo constituirse en BARRIO. Hablando solamente de los más definidos, quedarían: 1 ) San Bernardo (San Francisco) ; 2) San Juan Bautista (que debió haberse generado rápidamente por su proximidad a la traza) ; 3) La plaza (al marcarse el perímetro del espacio público, abarcó también la zona del puente que se construyó después sobre el río); 4) El Teco (al establecerse el grupo de indígenas que, como veremos, fue traído del rumbo de Jacona; se mantuvieron como pueblo independiente hasta 1740) ; 5) Madrigal (como una derivación del Teco, al crecer la villa hacia el poniente) ; 6) alrededor de la iglesia de La Columna (ahora Los Dolores) , que necesariamente tuvo que estar muy relacionada con Los Espinos.

Los asentamientos posteriores, resultado de la creación de nuevos fraccionamientos y colonias la mayoría, y otros, resultado de invasiones de tierra no urbanizada a orillas de drenes y caminos, observan a la fecha diferentes grados de consolidación y diferenciación.

Los barrios zamoranos, los más viejos sobre todo, han logrado constituirse, con sus altibajos, en unidades sociales y religiosas locales que han conseguido enriquecer la vida comunitaria, a pesar del fenómeno creciente de la especulación urbana y a pesar de encontrarse muchos de ellos en condiciones económicas muy precarias: han logrado definir una microcultura, en tanto que cuerpo de creencias, comportamiento o conducta, saber, valores y objetivos.

Para ilustrarlo, aunque sólo sea superficialmente, veamos lo que ocurre con el BARRIO BRAVO DE MADRIGAL.



[1] Jesús Tapia, Campo Religioso y evolución política en el Bajío Zamorano, Col. Mich./Gobierno del Estado de Mich., 1986, p. 42.
[2] Jesús Tapia, Idem, p. 43.

domingo, 9 de marzo de 2014

El Barrio Bravo de Madrigal en Zamora, Michoacán - Por Víctor Manuel Ortiz Marín - La tradición del barrio en Zamora (primera parte)


Zamora, fundación del siglo XVI en el esquema de urbanización de la Conquista, se organizó, en sus primeros años, sobre los patrones de territorialidad que ya se habían establecido en la ciudad de México.

En el valle llamado de Tziróndaro existían, a principios del siglo XVI, algunos pequeños poblados. La tierra se inundaba frecuentemente pero, por lo mismo, era sumamente fértil. Al suelo de excelente calidad se agregaba un clima benigno. De estas bondades se aprovechaban los escasos pobladores del valle: se trataba, de acuerdo al profesor Jesús Romero Flores, de "cuitlatecos" o "tecos" que habitaban la región a la llegada de los españoles; eran de ascendencia nahoa, al ser una rama de los toltecas de Tula. Si hacemos caso a esta información, fue en esta parte del occidente de Michoacán (lo que sería después Zamora y Tarecuato) en donde se asentaron los tecos que no se mezclaron con los purépechas.[1]

Debido a las características del terreno, siempre cenagoso, es muy posible que estos asentamientos sí hayan estado localizados, como lo sugiere don Francisco García Urbizu, en las partes altas, que serían, Chaparaco, Atacheo y La Sandovaleña.[2]

Fue en 1574 que llegaron acá tres docenas de vecinos españoles: "dícese que venían de León y más concretamente de la ciudad de Zamora''. Este poblamiento estuvo coordinado por el virrey Martín Enríquez de Almanza, quien mandó al doctor Alonso Martínez para que se encargara de repartir solares y caballerías de tierra entre los nuevos vecinos.

Como decíamos, se obró igual que en la ciudad de México: se marcaron límites muy claros entre la zona de los indios y la de los españoles: se delimitó la traza de la nueva villa de manera que el río Grande (Duero) sirviera como frontera: hacia el sur del río sería zona exclusiva para los indios; del río hacia el norte, se marcó un rectángulo, dividido en solares, que probablemente sea el que aparece en el croquis de Zamora, Jacona y Miraflores, del siglo XVI.

Croquis de Zamora y Jacona en el siglo XVI.

Si observamos la traza del mapa, no excluye la suposición de don Francisco García Urbizu y de don Francisco Elizalde, quienes afirmaron en su momento que la primera construcción se hizo en la margen norte del río, en el punto en que es ahora la esquina de Corregidora y 5 de Mayo. Es de notarse también la proximidad que existe entre ese sitio y el lugar en que se bifurcaba el río para generar lo que se conoce como canal del Calvario: tal escuadra señala, en mi opinión, una referencia en dos sentidos, muy importante para la ubicación.

Por lo visto no era el doctor Alonso Martínez ni tan exigente ni tan ilustrado como Mendoza. Probablemente, siendo buen administrador, se cuidó sobre todo de que las reparticiones de solares resultasen justas y de marcar claramente la frontera de la "república" de indios. La primera traza es, en términos urbanísticos, comparándola con el patrón renacentista de moda en la época, más bien pobre.

Todo hace suponer, refiriéndonos a la ubicación en que aparece Jacona en el dibujo, que el cuadrado abarcaba, en el sentido oriente-poniente, desde el sitio que ya he mencionado (Corregidora y 5 de Mayo) , hasta lo que es ahora la calle de Madero (referencia esta última que se aprecia mejor en el plano de época posterior que perteneció al archivo de los Jasso.

En el otro sentido, en el norte-sur, el límite al sur era el río "grande"; hacia el norte debió haber terminado, si atendemos a las proporciones del croquis, en la actual calle de Ocampo.




[1] Arturo Rodríguez Zetina en Jacona y Zamora, Ed. ]us, México, 1956, p. 114.
[2] Francisco García Urbizu, Historias y Leyendas Zamoranas, Ediciones “'Hernán”, Zamora, 1958, p. 73.

sábado, 1 de marzo de 2014

El Barrio Bravo de Madrigal en Zamora, Michoacán - Por Víctor Manuel Ortiz Marín - Introducción



INTRODUCCIÓN


De una ciudad no disfrutas las siete o las
setenta y siete maravillas, sino la respuesta
que da a una pregunta tuya.
Italo Calvino (Las ciudades invisibles)


El deterioro gigantesco y rapidísimo que han experimentado las ciudades mexicanas en su calidad de vida en el entorno construido, constituye uno de los procesos sociales más dramáticos y lamentables de la realidad provinciana de los últimos treinta años. 

El funcionalismo en arquitectura, buscando la modernidad y la eficiencia, descubrió que era muy rentable la especulación urbana y la misma industria de la construcción.

Contradictoriamente, negando las ideas más rescatables de los maestros del Movimiento Moderno, las decisiones que afectaban las trazas urbanas existentes se comenzaron a tomar no por su eficacia social, sino de acuerdo a las ventajas que pudiera presentar a los intereses del capitalismo criollo.

En casos como el de Zamora, se favoreció un crecimiento indiscriminado sobre tierras de enorme calidad agrícola con esquemas de lotificación que no alentaban la vida de barrio y, en cambio, sí presentaban características que nada tenían que ver con hábitos, conductas y modelos de relación de esta parte del occidente michoacano. Se abrieron, en la mayor parte de las ciudades de tamaño medio, sus calles principales.

Las consecuencias fueron múltiples: se tiraron edificios cargados de significado, que servían además de puntos de referencia para orientarse en la trama urbana; se favoreció el uso del automóvil sin generar un equivalente atractivo en el transporte público; se eliminó definitivamente la protección de aleros o pestañas, haciendo difícil el desplazamiento a pie; se embellecieron las plazas y los primeros cuadros en detrimento del equipamiento primario que necesitaban las periferias; se limitó el empleo de las calles para uso de las fiestas de carácter religioso; se desplazó a los habitantes del centro hacia los nuevos fraccionamientos para dejar lugar a avenidas más anchas o a centros comerciales copiados caricaturescamente de los originales yanquis.

Se alteró así la configuración cultural de los distintos espacios territoriales, acentuando su segregación al destruirse, sin tomar en cuenta la opinión de los habitantes, las fronteras naturales de los barrios y de los asentamientos más consolidados.

La voluntad política de reforzar la vida de los municipios, mostrada en las reformas al artículo 115 constitucional en febrero de 1983, no se vio complementada con la generación de herramientas administrativas que permitieran, en la práctica cotidiana, un cierto grado de control de las diferentes realidades urbanas.

Los gobiernos municipales, acostumbrados a recibir instrucciones tan precisas como arbitrarias de los gobiernos estatales, se encontraron de pronto con el paquete entre las manos, presionados por todos lados, sin saber cómo interpretar las nuevas reglas de juego y cómo manejar sus implicaciones políticas.

Mientras tanto, las ciudades se vuelven más caóticas, más desordenadas, más fragmentarias, menos habitables. Los afectados, los habitantes, dejan de sentir “querencia” por sus ciudades al no sentirse ya identificados con ellas. Las calles se vuelven territorio de nadie. Cada esquina se convierte en un basurero, proliferando por todas partes, en el contexto de una fealdad esplendorosa, las ratas, las moscas y las cucarachas.

Existen, en las ciudades principales, oficinas municipales que se encargan de los problemas urbanos. Existe también, como parte del cabildo, un regidor de obras públicas. Pero la experiencia demuestra que en ambas dependencias se desconocen las características geográficas, históricas y culturales de la región sobre la que se trabaja.

Se manejan planos incompletos y pocos precisos. Se sigue dependiendo de un presupuesto raquítico, soltado a cuentagotas por el estado central. Se desconoce la manera de establecer prioridades y, por tanto, se acometen programas no estructurados, aislados y sin una base social que los respalde suficientemente. Se divide la retícula urbana en cuadrantes iguales, como si se tratase de zonas semejantes.

Este trabajo pretende mostrar, por lo anterior, que es urgente encontrar nuevas alternativas para lo que sucede actualmente con el urbanismo de gabinete que se practica en México.

He elegido el barrio de Madrigal, en la ciudad de Zamora, para ejemplificar, con un caso como éste, que un fragmento de la ciudad es algo más que su apariencia exterior.

Se ha pretendido vivificar la relación entre un cierto tipo de hábitat y los modos locales de comportamiento convertidos en tradiciones asimiladas por la comunidad.


Se ha buscado ordenar el material en forma didáctica y sencilla, sirviéndose en lo posible de la fotografía, de manera que pueda servir a la gente del barrio y a las autoridades municipales, como un espejo reversible que pueda, al tiempo que se reconozcan escenarios y actores, propiciar transformaciones sustanciales que lleven a recuperar la dimensión afectiva de la vida humana.

Con el tiempo, si se logra echar a andar el trabajo comunitario y la toma de decisiones en las propias localidades, será posible tal vez volver a encontrar un cauce para que la comunidad decida sobre sus formas de organización y sobre sus urgencias, a partir del redescubrimiento de la riqueza compleja del tejido urbano vivo y significante.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...