Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
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sábado, 30 de noviembre de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXVII - Jaime Ramos Valencia








Post scriptum



Más de año y medio me llevó este “primer intento” de
escribir, al que le estoy poniendo punto final.

Al recién haber cumplido setenta y tres años,
teniendo cinco hijos, habiendo plantado más de un
árbol, cumplimento el refrán chino con haber también
escrito un libro.

Hace también cien años, en los “tiempos de la
Revolución que no acaban”, hubo mujeres que sin ser
“adelitas”, ni “soldaderas”, sufrieron desde la trinchera
de su hogar, en su casa en el pueblo, o en su rancho
en el campo, los embates, la zozobra y los miedos de la
violencia. Merecen ser recordadas.

El bandolero Inés Chávez robó y destruyó dos
veces la tienda de mi abuelo paterno don José Adalberto
Ramos García en Ecuadureo; se vino a Zamora
con la mala suerte de que en esta ciudad lo volviera a
saquear.

Este hecho sucedió el 12 de noviembre de 1917, según consta en el “Reporte
de novedades” que el comandante de policía Francisco Torres, envía al
C. Presidente Municipal, donde en uno de sus párrafos escribe: “Por las
mismas chusmas fueron saqueados los comercios siguientes: el del señor
José Ramos, situado en la calle de Hidalgo y Cázarez…”.

Mi abuela era entonces una señora de treinta
y tres años, sus hijas mayores dieciséis y quince años,
mi papá solo diez años.

La familia de mi mamá es oriunda de Cotija. Mi
abuelo Jorge Valencia Zepeda, a pesar de las fuertes
raíces que lo ligaban al terruño, decidió trasladar a su
familia a Guadalajara. Corría el año de 1912, mi madre
tenía solo cinco años.
Ese mismo bandido secuestró a mi suegro para
pedir rescate a su padre quien era el administrador de
la Hacienda de La Luz. El padre de mi esposa, Cornelio
Méndez Gómez, logró escapar de sus captores.
Con esa información de primera mano y los escritos
de tanta gente que han versado sobre esa época,
inventé una historia, donde se entreteje mi imaginación
con la historia real; donde se entretejen también las
frases con que yo cuento mis relatos, con las frases con
las que otros describieron aquellos momentos; haciendo
con todo ello como un collage.

Jaime A. Ramos Valencia


Bibliografía

Morales García, Rogelio
Santo de Palo ¡pero milagroso!
Morelia, Ed. del autor, 1985.

Ochoa Serrano, Álvaro
Chávez García, vivo o muerto…
Morelia, Morevallado Editores, noviembre de 2005.

Romero Vargas, José
Cotija, cuna de trotamundos
edición particular de Leonel Tinajero, José Guizar Oseguera
y Raymundo Gonzàlez Barragán, 1973.

martes, 19 de noviembre de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXVI - Jaime Ramos Valencia

Martes 7 de diciembre de 1918, a las 7:15 hrs.






Un ruido diferente y ensordecedor me alarmó; de pronto el rodar del tren se volvió estridentemente metálico; la señorita Leonor me advirtió:

—Estamos pasando por el puente de fierro de El Llano, que cruza el río Duero; eso quiere decir que estamos ya muy cerca de Zamora. Conviene que nos levantemos y vayamos a donde están las compañeras.

Así lo hicimos. Fue emocionante caminar los
pasillos con los coches en movimiento y cargando los
velices. Fue emocionante el cruzar de un coche al otro
recibiendo la ráfaga del aire frío de una mañana de
diciembre. Como algunos pasajeros habían ya bajado,
sobre todo en Estación Moreno, pudimos sentarnos con
nuestro grupo que viajaba muy animado por ya pronto
llegar a su destino. Sólo yo seguiría más adelante. Y
así a través de un valle de tierras bien cultivadas apareció
Zamora; un gran caserío y destacando las torres
de sus múltiples iglesias ¡Hasta una Catedral hay! Y
¡qué grande la Estación del Ferrocarril! Los andenes de
carga y descarga de mercancías. El maquinista alineó
los coches de pasajeros con la sala de espera, separándolos
del resto a fin de hacer una maniobra para dejar
en otras vías algunos de los carros de carga y enganchar
otros. Esto me dió el tiempo para despedirme del
grupo que bajó del tren para subir a otro más chiquito
y tirado por mulas mansas: le llaman tranvía.

Teníamos estacionados más de media hora.
Ya habían subido nuevos pasajeros, sin embargo los
carros se ven semivacíos. Me estaba acostumbrando a
las sacudidas con las que el tren hace el movimiento
de enganchar y desenganchar los diferentes vagones
de carga. El coche donde antes viajé, estaba más desocupado;
así que tomé mi maleta y avancé los pasillos
para ocupar el mismo asiento que ocupé con la señorita
Leonor. Al cruzarme con un grupo que apenas se está
acomodando, escuché a una señora que advirtió a su
familia:

—¡Cierren las ventanillas! No vaya ha haber “colgados”
de los postes del telégrafo ¿Te acuerdas? Fue antes de llegar
a la Estación Falcón que estaban los cuerpos putrefactos
de dos bandidos, meciéndose al viento. ¡Qué feo olor invadió
todo el tren!

—Sí… es repugnante; pero han disminuido los asaltantes
de caminos y los robavacas. ¡Para eso los dejan exhibiéndolos
colgados!

Por el frío de diciembre y porque es una hora todavía
temprana de la mañana, eran pocas las ventanillas
abiertas, entre ellas la que correspondían a mi asiento;
así que mejor la cerré ¡No quería volver ha percibir en
mi olfato el nauseabundo olor de los cadáveres, que
impregnó mi cuerpo y mi mente cuando en el funeral de
mi mamá y de los victimados por Inés Chávez, tuvieron
por mortaja un petate que no aislaron los acres fluidos
de la muerte!

Por fin dejamos Zamora y partimos rumbo a Yurécuaro.
Los asientos a mi alrededor no estaban ocupados.
Vi a un señor que se parecía a don José Martínez,
el esposo de la señora Aurora, pienso que ha de ser
abogado como él; tan pronto como arrancó el tren, sacó
de sus bolsillos un pequeño libro y estuvo absorto en su
lectura.

Este para mí era el momento que había estado
esperando para volver a leer la carta de mi mamá. Tuve
miedo de volver a llorar, tuve miedo de delatar mis sentimientos
encontrados si la releía estando aún con el
grupo de aspirantes. Por primera vez quería ser egoísta
con todo lo que para mí representaba ese último testimonio.

No quería compartir con nadie esos secretos tan
íntimos de mi madre. Y pensando en todo esto, busqué
el sobre, desdoble sobre mis rodillas las hojas manuscritas
y empecé a leer:

Querida hija María Luisa:

En mi vida he tomado siempre con valentía mis decisiones;
pero ninguna me ha costado más trabajo y más esfuerzo
que el escribir esta carta. Las razones las comprenderás al
leer su contenido.

Es innegable el amor que guardas para tu papá y el que
me tienes a mí. La manifestación más pura del amor es la
confianza, y tú has confiado siempre en tus padres. Has
confiado tanto que nunca has preguntado ¿Quiénes somos?
¿De dónde venimos? Ni de niña, ni de adolescente, ni ahora
que eres una bella señorita.

Es indudable también que has crecido libre y sin prejuicios.
Que en estos tiempos de guerra y revolución tu seguridad,
tu tranquilidad, tu amor a la vida, no se ha alterado,
sino fortalecido. Entonces, ¿qué me inquieta? ¿Qué me tiene
tan preocupada y aprehensiva al escribir esta carta? Es un
secreto… Es que tu papá y yo, para sobrevivir, decidimos
guardar un secreto; mismo que ahora debo de revelarte.

El acuerdo con tu papá fue el que no diríamos nunca a
nadie una parte de nuestras vidas; por supuesto no hay
nada vergonzoso, pero son hechos que nos marcaron incomprensiblemente
al juzgarnos injustamente, con un rechazo
incluso de nuestros familiares, con un acoso permanente; y
más aún, con persecución y amenazas de muerte. Ello nos
obligó a ser reservados.

¿Cómo te sentirías de que alguien, algún día, te dijera:
“tu madre fue una monja que se fugó del convento por el
amor a un soldado?” o que “¿tu padre fue un cobarde que
desertó del ejército?” Pues con ambas frases más de una
vez nos ofendieron, y para colmo el vituperio fue de nuestra
gente, de familiares, de nuestra propia sangre.

Los años han pasado. La muerte de tu padre y la proximidad
del fin de mi vida, que estoy consciente que este tumor
en mis entrañas ha de provocar en poco tiempo, resuelven el
problema respecto a nosotros dos. Pero tú, ¿cómo quedas si la
maledicencia algún día vierte sus rumores e insidias sobre ti?
¿Cómo reaccionarás cuando agraviada y sin saber cuál es
la verdad, te preguntes: ¿por qué no me lo dijeron?

Esta es mi historia: mi padre, originario y vecino casi
toda su vida de Santa Inés, se casó con mi madre, una joven
de Tlazcala, cuando él ya casi era un anciano. Fue su tercer
matrimonio y de esa unión nací yo, su única hija. Del primer
matrimonio había tenido también sólo una hija; mi media
hermana Margarita, que conmigo teníamos una diferencia
de edad de cuarenta y un años. Con su segunda esposa,
por cierto hermana de la primera, tuvo diez hijos. Él era
labriego, cultivaba su propio terreno que con tanta familia le
quedó chico, sobre todo cuando sus hijos crecieron. Siendo
ya un hombre de edad volvió a enviudar; al mismo tiempo
se sentía cansado del trabajo del campo, por lo que encomendó
a sus hijos esa labor. Pero él no se sentó en su casa
a esperar morirse. Acababa de enviudar por segunda vez;
sus hijos ya crecidos, casi todos se habían casado y hacían
su vida por aparte; las solteras eran sólo dos mujeres que,
amargadas, se hacían entre ellas la vida imposible, afectando
por supuesto a quienes las rodeaban.

Por todo ello, un día tomó sus ahorros, que no eran
muchos, y decidió “hacer la legua”. Con un comerciante del
pueblo se fue a la Ciudad de Los Palacios, y ya estando
ahí, la emprendió sólo hasta Tabasco. Su primogénita, su
hija Margarita, consagrada desde hacía muchos años a la
vida religiosa, vivía en un convento ubicado en un poblado
del sureste: “donde se juntan el Usumacinta y el Grijalva” ;
tenía años sin verla y la soledad le avivó el deseo del reencuentro.

Y se dio el reencuentro no solo con su hija primogénita,
sino con la vida misma. A los afectos filiales se aunó la magia
de una tierra maravillosa que afinaba los sentidos, pese a
la atmósfera vaporosa y tórrida que obligaba a dormir en
hamacas y a protegerse del candente sol con un sombrero
de mazatequa.

Contemplaba el mar del Golfo, lo mismo que remontaba
en un “cayuco” las corrientes de los dos grandes ríos, o navegaba
las tranquilas aguas de los pantanos de Centla. Saboreaba
los frutos tropicales como el mango, el nanche y los
plátanos; bebía vasos de tascalate, una bebida de chocolate
con piñones, achiote, vainilla y azúcar... Comía pescados y
mariscos cocinados con coco, y su plato favorito fue el pejelagarto,
un pescado con cabeza de cocodrilo, sazonado con
chile amoshito y limón; además del pato silvestre, el venado
y el faisán. ¡Ah!, y carne de mono en adobo.

Y su vida transcurrió entonces recorriendo las aldeas
de pescadores, en caminos que compartía con lentos quelonios,
tortugas de pasos cortos y cansados, o con cangrejos
azules; o por veredas de la selva tropical que, entre sonoros
y parlanchines loros, le llevaban a conocer a los pobladores
de esa región mágica que es Tabasco. Admiró de los ribereños
la habilidad con la que elaboran objetos con la piel del
pescado y del sapo, y broches y peinetas fabricados con
escamas del sábalo. Y como su dinero se estaba agotando,
invirtió sus últimos recursos en comprar de estas artesanías
y llevarlas a comerciar a la Ciudad de México; intento que le
resultó muy exitoso, porque si bien el negocio no lo enriqueció,
sí le dio la tranquilidad de sostenerse sin depender de
nadie.

Las visitas a su hija Margarita eran frecuentes y muy
reconfortantes; hasta la religiosa le pedía que buscara un
tercer matrimonio, ya que ahora su físico, a sus sesenta
años, irradiaba plenitud. El consejo no cayó en oídos sordos,
así que a nadie en el convento se sorprendió al verlo llegar
con una treintañera, soltera, indígena de finas facciones,
originaria de Tlaxcala, llamada Teutila y a quien doblaba en
edad, presentándola como su futura esposa; y con la que en
efecto, pronto se casó.

Antes de un año la señora Teutila quedó embarazada,
situación que complicó su salud ya que el clima caluroso y
húmedo de Tabasco la habían enfermado. Como en Tlaxcala
ya no tenía familiares, la solución y el deseo de mi padre fue
el de volver a Santa Inés y ahí, en Santa Inés, nací yo.

Ellos fueron mis padres que murieron siendo yo demasiado
pequeña; por ello crecí reconociendo como mamá a mi
hermana mayor, Margarita, y como casa el orfanatorio San
Juan Bautista, que las religiosas a las que pertenecía sostenían
en la capital. Ya siendo yo una adolescente, ella me
platicaba de mis padres, tal como lo he descrito; pero nunca
me dijo todo lo que yo supongo sufrió mi madre cuando las
circunstancias la llevaron a Santa Inés a vivir a la misma
casa que sus hijastras. SÍ me enteraron que murió y está
sepultada ahí mismo, cuando yo tenía apenas los dos años;
supongo que mi padre no confió dejarme para que me criaran
con ninguna otra de sus hijas y me llevó a Tabasco.

Esa etapa de mi vida, afortunadamente, no quedó en mi
memoria; porque yo tuve una niñez muy feliz, rodeada de
cariño y con muchas hermanas. Y en ese mundo de religiosas
y de crecer en el convento, fue para mí como camino trazado:
que de la escuela pasara al noviciado, y que pasado
éste tomara mis votos religiosos que me consagraban al
Señor. Mis votos fueron temporales porque, por mi juventud,
no tenía la edad canónica para hacerlos “para siempre”.

En ese entonces, la relativa tranquilidad que a la Iglesia
le daba el gobierno del presidente Díaz se fue perdiendo
por la prolongación de su mandato; por lo que de pronto los
“intelectuales” sembraron su semilla de odio al clero, y los
“militares” su nacionalismo liberal juarista, lo que inquietó
a las comunidades mayas a que se sublevaran contra las
instituciones. En San Juan Bautista, capital del estado, el
gobernador Bandala, que se había reelegido una y otra vez,
había permitido al coronel Gregorio Méndez traer, e instalar,
iglesias y escuelas dirigidas por pastores presbiterianos
que, además, eran masones y liberales. Por todo ello
nuestra congregación sufrió pronto las agresiones, tanto en
nuestras personas como en sus bienes, y sin la menor consideración.
Mi mamá Margarita, que como madre superiora
había enfrentado resueltamente varias veces a los usurpadores,
sin más escudo que su solo corazón (corazón valiente
pero agotado por los achaques y la edad) un día simplemente
voló al encuentro del Señor.

No pasaron seis meses de su deceso cuando recibimos
una notificación que nos conminaban a desocupar el edificio
y a salir de Tabasco so pena de muerte; advertencia que ya
habían hecho efectiva con el párroco, a quien asesinaron.
Tuvimos que escondernos y planear como salir de ahí.

Así pues, confiscado también nuestro convento en ese
lugar llamado Frontera, Tabasco, por las autoridades militares
para hacerlo cuartel, el pequeño grupo de religiosas que
formaba nuestra comunidad quedó disperso ante la amenaza
de muerte y el obligado destierro; dos de las hermanas
y yo encontramos refugio en la oficina postal del puerto, ubicada
cerca de los muelles, ya que pensamos embarcarnos
desde ese lugar hacia Veracruz. Las familias que nos conocían
no podían ayudarnos sin arriesgar sus propias vidas,
por ello nos ocultaron en un ático de una oficina pública.
Desde nuestro escondite observamos los grandes buques
que cientos de estibadores cargaban de plátano y cacao
con destino a Nueva Orleáns y, allá al fondo, en el muelle
para pasajeros, atracaba el Nuevo Vapor de Río que hacía
su viaje pluvial remontando el Grijalva hasta San Juan Bautista;
y a su lado, la embarcación que en tres días más nos
llevaría a Veracruz. La familia que nos auxiliaba y protegía,
no solo había comprado los boletos del viaje con derecho a
un camarote privado, sino además había conseguido que
abordáramos con anticipación y a la media noche el barco,
a fin de proteger nuestra huida.

La oficina postal era un pequeño almacén, construido
totalmente de madera y con un ático que servía de dormitorio.
Ahí permanecimos escondidas y muertas de miedo a que
llegara la noche de nuestra partida. El muelle era el lugar
más lleno de ruidos y personas. Muy temprano de madrugada
lo poblaban muchos marinos y cientos de estibadores
que transaldaban la carga de carretas o de lanchones a los
barcos; y ese movimiento no acababa sino hasta el mediodía
en que el calor agotaba su resistencia. Pero la mayoría
de esa gente no se movía del área, porque en grupos buscaban
una sombra o la cantina más cercana para ponerse a
beber hasta emborracharse; sin embargo, entrada la noche,
el muelle se quedaba vacío. Esa sería la hora de nuestro
embarque, la hora en que en el barco nos recibiría su capitán,
un español, extranjero como casi toda la tripulación de
cualquier navío.

Serían las seis de la tarde. La oficina postal estaba aún
abierta al público y con la sola presencia de su encargado.
De pronto irrumpieron en el local dos personas que desaforadamente
gritaban y exigían a nuestro protector que entregara
las tres monjas que, sabían, mantenía ocultas. Era
inconfundible el siseo con que el español pronunciaba sus
blasfemias, e inconfundibles también los gritos de odio que
con su voz aguandientosa profería el jefe militar de la plaza.
Nada pudo hacer aquel buen hombre para evitar que subieran
al ático y nada valió la resistencia de las tres contra las
armas de aquellos salvajes. Mis compañeras eran ya muje-
res maduras a las que eliminaron sin más; a mí también
me matarían pero luego de violarme, según lo decían. Yo
luchaba con todas mis fuerzas contra la agresión de aquellos
hombres cuando apareció en el ático un joven militar que
me defendió y salvó mi honor y mi vida.

No fue fácil para un Correo Militar, apenas teniente en el
Ejército, enfrentarse a su superior, un General. Me arrebató
de las manos de aquellos hombres no sin recibir una herida
de sable que casi le desprende el brazo y dos disparos de
pistola que impactaron en su espalda. No obstante su situación
de desventaja, también dejó mal herido con un tajadazo
en el rostro al jefe militar.

El había ido a esa oficina postal en razón a su encomienda
de Correo Militar y montamos su caballo para huir
del lugar. ¿Cómo lo hicimos? No es fácil de recordarlo y menos
de explicarlo por mí que, en esos momentos, después de ver
caer asesinadas a mis compañeras, histérica me defendía
del ataque brutal de aquellos dos hombres. ¿Cómo fue que
monté en ancas de aquel caballo conducido por un hombre
gravemente herido? No recuerdo, siquiera, donde paramos
para aplicar un torniquete en su brazo que lo desangraba.
No recuerdo por cuántas horas remontamos por la orilla del
río, ni a qué horas nos alejamos del mismo para no ser localizados
por los lancheros y pescadores que podrían denunciarnos
en el puerto. Sí sé que fue en un poblado indígena
que nos ocultaron y nos dieron auxilio, y que en él permanecimos
por meses.

Las heridas en la espalda sólo fueron rozones que desgarraron
su piel y astillaron sus costillas, sin penetrar; en
cambio el corte en el brazo era profundo, y abundante fue la
pérdida de sangre. Y lo peor fue la infección que se agravó
hasta hacer putrefacta su carne. Después de todas las cura-
ciones y en vista de que la gangrena avanzaba, se estuvo a
punto de cortar el brazo hasta la altura del hombro, cuando
afortunadamente llegó un curandero que cubrió de sanguijuelas
los tejidos muertos, que poco a poco se fueron recuperando.

Muchas semanas fue que pasé, noche y día, cuidando
aquel enfermo que deliraba por la fiebre y se desmayaba
de dolor. Los pocos momento en que entreabría sus ojos
era para mirarme tiernamente y ¡hasta sonreírme! Durante
todas esas semanas no hablaba; sus labios resecos y su
debilidad solo lo hacían balbucear. Pero ¡tenía una entereza,
reflejo de su decisión de defenderme, que sentía yo una
gran seguridad a su lado!

Antes del desalojo del convento desbaratamos la ropa
que usamos como hábitos religiosos para regalar las telas
a las personas más pobres, y empezamos a vestir como las
personas comunes y corrientes. Ahora, en esas circunstancias,
siento que los votos religiosos, que también revisten mi
alma, tuvieron un cambio. Encontré en el joven militar, que
se debatía entre la vida y la muerte por salvar mi vida…
encontré el rostro humano de Jesús; y así, con un amor
limpio, de poco a poco, de día a día mientras lentamente iba
mejorando, fue que me enamoré… ¡Que nos enamoramos!
porque él era hombre libre y fui bien correspondida con la
nobleza de sus sentimientos.

Nos casó un sacerdote en ese mismo poblado y no tuvo
inconveniente de liberarme antes de mis votos, sin ningún
trámite, por haber sido temporales y porque prácticamente
mi congregación se había acabado. Como fruto de ese amor
que en los dos fue no solo para siempre, sino vivido plenamente,
naciste tú, mi hija, que eres testiga y lo has compartido.

Aún no se recuperaba José de la anemia provocada por
la pérdida de sangre y las fuertes infecciones, cuando llegó
al poblado un piquete de soldados buscando a ladrones y
asesinos, y también preguntaron por él. Los pobladores nos
siguieron ocultando, no obstante que “vivo o muerto había
una recompensa de cincuenta pesos oro a quien lo entregara”.
El general, con su cara ahora marcada para siempre,
todas las mañanas, al verse al espejo, avivaba su sed
de venganza. Ese odio nos alcanzó en la ciudad de Puebla
a donde fuimos para que tú nacieras. Ahí nos ocultó una
hermana menor de tu papá, llamada Elisa, y quien es, por
cierto, tu madrina de bautizo. Hasta allá, con los parientes
de José, a los que también amenazó de muerte si lo ocultaban,
llegó el afán de venganza del jefe militar.

Ni en la ciudad de México nos sentíamos seguros; por
eso venimos a Michoacán. Buscamos a los parientes en
Santa Inés y de ellos recibimos no sólo un rechazo abierto
sino también injurias. Pero ese viaje nos hizo conocer a don
Felipe, que se convirtió en el patrón de tu papá y en nuestro
protector.

Esta historia de mi vida demuestra: “que tu madre no
fue una monja que se fugó del convento por el amor a un
soldado”; y que “tu padre no fue un cobarde que desertó del
ejército”.

Te preguntarás: ¿por qué no contar ésta, para mí muy
bella historia de amor? ¿Por qué ocultarla? ¿Por qué el pacto
de guardarla en secreto?

La respuesta está en la incomprensión de las gentes,
de las personas y sobre todo de las más allegadas... En la
familia de tu papá hay muchos militares. Su abuelo formó
parte de las fuerzas que en Puebla derrotaron a los franceses.
Para ellos es inconcebible que un soldado se enfrente
a su superior militar, incluso cuando éste esté cometiendo
un crimen. En mi familia, siendo diferentes son igualmente
intolerantes: hay sacerdotes y monjas que no comprenden
como una “consagrada” pueda “colgar los hábitos” y es todo
un escándalo el que amé a un hombre. Es un mundo que
no entienden. Son personas que no nos comprenden y sin
embargo nos critican y nos hieren. Ante esto es mejor reservarte
tu intimidad; protegerte y proteger a los tuyos.

No sé cuántas horas llevo escribiendo esto para ti. Pero
ha sido el recordar mi vida, el recordar a tu papá, como un
bálsamo que me ha hecho olvidar mis dolores. Estoy bien
conciente que algo crece día a día en mi vientre. Bien sé que
mi vida no puede alargarse mucho más; sin embargo estoy
serena y confiada.

Te he dicho que has crecido libre y sin prejuicios. Que en
estos tiempos de guerra y revolución tu seguridad, tu tranquilidad,
tu amor a la vida, no se han alterado sino fortalecido.
Sólo, querida hija, ¡cuida tus desiciones! ¡Cuida que
no sean manipuladas por nadie que influya de una u otra
manera sin tu consentimiento! ¡Cuida que no sean las circunstancias
transitorias las que determinen tu camino! Y
sobre todo, ¡rectifica cuando tengas que rectificar! ¡Corrige,
cuando tengas que corregir! Y… ama, ama a quien tengas
que amar. ¡Ah! Recuerdo de la carta que hiciste para tu
papá y que me leíste… recuerdo una frase que espero siempre
la tengas presente cuando ya no estemos y nos extrañes:
“Ningún lugar está lejos, no habrá un espacio vacío ni
tiempo para el olvido, estando en mí tu recuerdo”.

Con todo mi amor, tu mamá.
María

P.D. Te dejo por aparte la dirección de tu madrina Elisa.

El tren había llegado a su destino, yo todavía
tengo que resolver el mío, así que tomo mi maleta, bajo
al andén, me acerco a la taquilla para comprar el boleto
y con firmeza le digo al expendedor:

—Por favor, un boleto en primera clase.

—¿A Guadalajara? ¿Va a Guadalajara?, me pregunta.

—¡No! ¡A México! A la ciudad de México.

El convento puede esperar, pienso. ¡El convento
puede esperar…! afirmo, hoy, día 7 de diciembre de
1918. El reloj de la estación marca las once horas, cuarenta
y cinco minutos y es martes.

Terminada de escribir
el 3 de noviembre de 2006,
en la ciudad de Zamora, Michoacán.

(Nota del editor: para que el blog le muestre las entregas de la novela en una sola página, pulse con el cursor del ratón en la parte de abajo de esta Entrada, en donde dice Etiquetas: María Luisa novela por entregas Jaime Alonso Ramos Valencia).

sábado, 19 de octubre de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXV - Jaime Ramos Valencia




Martes 7 de diciembre de 1918, a las 3:00 hrs.
(Segunda parte)




En efecto, cobijado todavía por la oscuridad y
compartiendo los ruidos de la estación, se empezó a
escuchar no solo el chaca chaca de las ruedas metálicas saltando uno por uno los tramos de riel, sino también el chirriar de un monstruo que yo estoy a punto de conocer y que sólo había visto en dibujos y alguna fotografía que trajo mi papá de un viaje; en ella se veía la máquina sólo en parte, porque al pié de la misma un grupo como de treinta personas,
las más de sombrero, se fotografiaron junto al monstruo.

—¡Yo soy éste! Me dijo señalando un diminuto y sombreado
rostro. Nos vemos chiquitos junto a la máquina
que hace un ruido al arrastrar los vagones, como el de un
convoy de cien carretas jaladas por caballos desbocados.

La emoción me domina cuando en efecto veo,
como todos los que estamos esperando, la tenue luz
de un faro, que conforme los minutos transcurren, la
intensidad del mismo se multiplica, hasta convertirse
en una cegadora luz entre nubes de vapor.

Subo con todas al último de los carros de primera.
Camino el pasillo central buscando en las butacas de
uno y otro lado dónde acomodarme.

Sigo a la promotora al siguiente coche, porque ni ella
ni yo conseguimos lugar con el grupo; así que nos
acomodamos, por fin, en un sillón cómodamente
acojinado para dos personas, como son todos los del tren.

—¡Escucha…ya están llamando con la campana a que
los pasajeros terminen de subir! En seguida va a pitar el
maquinista, y luego vamos a sentir el primer jalón del tren;
es como un respingo frenado; a algunas personas que aún
están de pié y que las toma de sorpresa las ha tirado. ¡Está
lista! Y también cuando sientas que el tren está disminuyendo
la velocidad y pita el maquinista es porque se va a
parar en alguna estación. ¡No te levantes hasta que el tren
esté completamente parado porque cuando meten el freno
se vuelven a repetir los respingos y jaloneos!

Tal como lo advertido, un repentino tirón puso en
marcha el pesado tren, sin más consecuencia que el
rebote de mi espalda contra el mullido respaldo y un
¡ay! que exclamamos varios de los pasajeros, sonido
que se perdió ante el estridente silbato de la locomotora.

La brillante iluminación eléctrica en el interior de
los coches fue notablemente disminuida; parecía que
estábamos alumbrados a la luz de las velas. Afuera la
oscuridad era total.

Mi compañera de viaje no había dejado de hablar…
Estábamos por llegar a Zamora y no había parado de
platicarme todo el camino: que ya empieza a amanecer;
que mira que salida del sol; que adelante en San
Ángel suben las mujeres del pueblo a vender comida.

Y en efecto, desayunamos tacos “mineros” de güilota y un
atole de “chaqueta”, prieto; dijo que lo hacen con caña
de maíz y cabello de elote. ¡Delicioso todo!

Me volvió a decir que se llama Leonor Carrillo y que tiene
tiempo de dedicarse a buscar vocaciones para la congregación
de Las Hermanas de los Pobres Siervas del Sagrado Corazón,
religiosas que también se dedican a atender escuelas
y hospitales.

Y me siguió preguntando ¿que cómo decidí mi vocación?,
¿que por qué me voy tan lejos?, etcétera.

De verdad fue buena compañera de viaje; le
pone gracia e interés a su plática; me trató de ilustrar en
ese mi primer viaje; me instruyó de cómo transbordar
de tren.

Me describió la estación de Guadalajara que es
muy grande y muy bonita; que al llegar podía tomar un
coche tirado por un caballo; a estos vehículos les dicen
“calandrias”, y el conductor me podía llevar rápidamente
al domicilio del internado. Pero, con todas estas agradables
distracciones, no puedo decir que estuve disfrutando
del viaje por la inquietud que tenía dentro de mí y
que me acompañaba desde el mediodía de ayer.

Ayer, apenas al mediodía, en Cotija, el dejar esa casona
con su patio principal y sus macetas floreadas y su
segundo patio, el de los azahares donde tuve hasta
entonces mi habitación, me empezó a llenar de melancolía;
dejaba en ella mi niñez y mi adolescencia.

El recuerdo de mi madre, y también la grata imagen de
alguien que me quiso y me cuidó como si fuese su nieta:
doña Lupita que ya no volvió. Son muchos los vacíos…
los huecos… las ausencias… De los patrones no estaba
nadie. Del personal de servicio solo quedaban Toña y
su marido y Amelia. Las demás: Jovita la cocinera y
Elvira la nana, ya tenían tiempo radicando en Morelia.

Para despedirme, sin embargo de ser tan pocos en
la casa, entusiasmados me ofrecieron una comida a la
que también habían invitado a las dos religiosas del
colegio y por iniciativa de Amelia, a su novio y a sus
futuros suegros.

De hecho la comida empezó a organizarse
a partir de que Chucho le sugirió a su papá,
don Polo el carnicero, que le cocinara lo que, además
de las carnitas y los chicharrones, es su especialidad:
una pierna adobada y bien tatemada en un horno de
panadería.

Los nueve comensales ocupamos la mesa de
la cocina, puesta, ahora sí, con mantel de fiesta, vajilla,
cristalería y cubiertos; y al centro un pequeño adorno
de flores y dos jarras de agua fresca de chía.

Disfruté mucho de esa cálida convivencia; agradecí
y saboreé la exquisita comida, servida más temprano
de lo habitual por la hora de mi partida.

Cuando paladeaba el postre, un panqué encanelado
y rociado con un jarabe de licor de naranja, vino
un muchacho a avisarme que me esperaban ya en la
plaza, frente a la parroquia, para emprender el viaje.
Las religiosas, Teresita y María del Rosario, de inmediato
me volvieron a repetir las instrucciones de cómo
y a dónde llegar.

Todos me abrazaron sensiblemente emocionados.
Por qué no decirlo: la despedida fue de
una alegría envuelta en lágrimas, y para mí de añoranzas
también; pero no de temores: estaba decidida a
seguir adelante.

Fui a la que fue mi habitación para recoger mi veliz,
donde ya había empacado mi ropa; por cierto llevaba,
entre ellas, el vestido nuevo que había dejado para mí
y el corpiño de seda y algodón, de lo que nunca estrenó
mi mamá.

Me habían explicado las hermanas religiosas
que en la “toma del Hábito” se hace una ceremonia en
la que la aspirante se viste primero con el mejor de sus
vestidos mundanos, mismos que, como parte del ritual,
se quita para vestir de sayal.

Fuera de la habitación esperaba Amelia y Chucho,
su novio, esperando a que yo ocultara bajo mi ropa
el cinturón con las monedas de mi dote.

Cuando abrí la puerta, ellos pasaron para
ayudarme con la maleta, y entonces aproveché para
regalarle a los novios la cajita, que es un pequeño cofre
metálico, donde mis padres y posteriormente yo, habíamos
guardado nuestras monedas.

—Para que guarden sus ahorros, les dije; sólo les recomiendo
que le cambien la felpa que tiene en el fondo y la
limpien bien, para que se le quite el olor a monedas guardadas
que no sólo es desagradable, sino hasta venenoso.

La pareja no solo aceptó el regalo, sino también la
recomendación, ya que Chucho me dijo:

—La voy no solo a limpiar muy bien y a abrillantar los
herrajes metálicos y a barnizar la madera, sino que también
voy a forrar el interior. Y mientras decía esto, con la
caja abierta entre sus manos, desprendió la felpa del fondo,
descubriendo un sobre cerrado y sin rotular; mismo que
me alcanzó diciendo:
—¡Acá se está quedando esto! ¡Está pachoncito, debe
contener varias hojas!

Lo tomé en mis manos y sin tener ya tiempo para
ver su contenido lo guardé en mi bolso, donde llevaba
algunos otros sobres similares en los que mi mamá escribía
recetas de cocina y remedios curativos. Además, el
muchacho me volvía a llamar, apremiándome:

—¡Que ya sólo la esperan a usted!
Salimos todos de la casa; cuando llegué al atrio
de la iglesia los familiares de las demás aspirantes me
informaron que éstas ya estaban dentro del recinto y
que me esperaban porque el señor cura iba a consagrar
nuestras vocaciones a Nuestra Señora del Pópulo.

Pasé al interior. El templo vacío de fieles salvo las siete
muchachas sentadas en las primeras dos bancas del
lado de las mujeres, y el sacerdote arrodillado, de frente
al altar y en el primer escalón del presbiterio.

Yo avancé silenciosamente para no interrumpir el rezo
del santo rosario y me quedé unas bancas más atrás de mis
compañeras. Entre Padre Nuestro y Ave María y con
la curiosidad que se despertó en mí al ver en mi bolso
el sobre que recién descubrieron Amelia y su novio,
discretamente lo abrí y leí su contenido.

Las hojas, manuscritas por ambos lados, las devoraron mis ojos,
mientras las lágrimas me volvieron borrosos los renglones,
llenos de tantas frases que martillando mi cerebro
cincelaron también mi corazón…

Cuando el señor cura me impuso sus manos
y me dio su bendición, mi rostro lloroso seguramente
le presagió mi tormenta interior.

Me dijo cariñosamente:

—¡No le temas al futuro! ¡Dios tiene muchas cosas buenas
para ti! Y alzando la voz: nos apresuró a todas ¡De prisa,
vayan de prisa! No quiero les anochezca en el camino.

De prisa a la plaza, de prisa los últimos abrazos,
de prisa las últimas recomendaciones, de prisa las
lágrimas escurriendo sobre los rostros, no sólo de las
personas que me acompañaban a mí, sino las de los
familiares de las demás muchachas.

De prisa ocupamos nuestros asientos y sólo fue lento
el desplazarse de la carreta, pese a los fuetazos
y al apremio del cochero.

¡Cotija se fue también lentamente quedando a la distancia!

jueves, 3 de octubre de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXIV - Jaime Ramos Valencia

Martes 7 de diciembre de 1918, a las 3:00 hrs.
(Primera parte)

Con las tres campanadas que acababa de dar el reloj
de la iglesia se escucharon los ruidos de puertas que
golpetean con los nudillos de las manos, unidos a las
voces:

—¡Hora de levantarse! ¡Que no las vaya a dejar el tren!

La verdad que no creo haber dormido en toda la
noche, pero no siento ni sueño ni cansancio, tan solo
una sensación febril por ordenar mis ideas y esa ¡sí me
resecó la boca!

Me vestí con rapidez y disfruté el agua helada con
la que aseé mis brazos y rostro y peiné mis cabellos.
Todas las demás se daban la misma prisa.

Doña Conchita revoloteaba en corredores y cocina,
ofreciendo una bebida vaporizante y olorosa:

—¿Un tesito de hojas de naranjo? Nos decía ofreciendo
la bebida en posillos de porcelana. ¡Ah!, disculpen
al doctor Chava que no las despida personalmente, pero
anda un poco resfriado y le pedí que no saliera al fresco de
la mañana.


En cambio su hijo, el futuro médico, en mangas
de camisa con los puños arremangados, destilando
fragancias de un baño tempranero y aún con el pelo
húmedo, quitó la tranca para abrir el zaguán de la casa.

En la calle ya aguardaban nuestros acompañantes. Los
cinco hombres se habían hospedado en el mesón y no
mostraban huellas de haber abusado del mezcal ni del
queso grande. ¡Eran buenas personas, dispuestas, eso
sí, ha fanfarronear de cualquier cosa!

Nos despide, una a una y con un fuerte abrazo,
doña Conchita, mientras que su hijo nos auxilia a subir
a la carreta, empezando con la señora y la promotora
y siguiendo con las muchachas. Cuando me toca el
turno, de la misma forma que lo había hecho con todas
las demás, se coloca a mi costado tomando mi mano y
el codo del mismo brazo con sus manos, mientras yo
me sujeto con mi otra mano del pescante para saltar,
quedando muy cerca mi oído de su boca que susurró:

—Si sólo quisieras ser maestra ¡vente a México! La
Normal para señoritas no queda lejos de La Escuela de
Medicina.


No pronuncié una sola palabra pero, ya acomodada
en mi asiento, no pude evitar, al voltear a verlo, el
sonreír discretamente y ruborizarme enseguida cuando
su mirada me cobijó en el entrecerrar de sus ojos.

Partimos rumbo a la estación. Adelante, con
hachones encendidos, dos de nuestros jinetes acompa-
ñantes se abrían paso en la densa oscuridad de una
noche sin luna, mientras el cochero, aplicando el freno
a las ruedas, retenía el paso de las bestias de tiro al
bajar la cuesta hasta la estación, a donde llegamos con
tiempo de sobra; sin embargo, a esa horas en que en
otras poblaciones aún se duerme, aquí la actividad de
viajeros, familias, vendedores, comerciantes y estibadores,
ya era mucha. La taquilla para comprar los boletos
se hacía notar también. La promotora me llamó con ella
para formarnos al final de la fila.

—Yo voy a comprar nueve boletos de primera clase hasta
Zamora. Tú compra el tuyo hasta Yurécuaro; si tienes
dinero suficiente pídelo también en primera, me dice y
luego, bajando la voz a un tono confidencial, agrega: los
carros de segunda tienen bancas de madera y apilan a la
gente entre bultos y gallinas.

Escucho, sin pronunciar palabra alguna, sus
comentarios. Apenas si conozco a esta señorita que lleva
a las siete aspirantes a una congregación de Zamora, la
acompaña la mamá de una de ellas. Anteayer las hermanas
Teresita y María del Rosario nos habían presentado;
porque resulta que, cuando surgió un inconveniente
para que, como se tenía previsto, fueran las dos monjitas
quienes me trasladaran al Aspirantado de Guadalajara,
resolvieron el asunto confiándome a ella, la
promotora, para que viajara con su grupo primero a
Tinguindín y después hasta Zamora, desde donde yo
seguiría, ya sola, en el mismo tren hasta Yurécuaro.

En esta población abordaría el ferrocarril que viaja de
México a Guadalajara, para así llegar a mi destino en
tierras jaliscienses.

Cuando me llegó mi turno frente a la taquilla, oí
que me preguntaron:

—¿A dónde va? ¿A Zamora?
—¡No, no señor! Voy a Guadalajara.
—Aquí le despacho su boleto hasta Yurécuaro. Cuando
llegue ahí, compre el que la lleve hasta Guadalajara ¡Será
en otro tren! ¡Aquí tiene su boleto!
—¿Perdón…? No entiendo.
—¡Su boleto! Me repite, mientas me lo pasa con una
mano, a la vez que agita la otra mano apremiando que le
entregue el dinero. Lo toma y moviendo la cabeza dice: ¡Ya
veo!... ¡Cuídese!

Y me extiendió un boleto de “primera”, mismo que
yo recibo y pago sin protestar ante él, pero reprochándome,
a mí misma en mi interior, por mi timidez. Aún
cuando había pensado comprar un boleto de “segunda”
y viajar en los carros de bancas de madera y con pasajeros
de gente humilde, con la que no sólo he convivido,
sino que me siento a gusto; aún cuando también no
había del todo desechado la opción de viajar en “primera”.
Entonces, ¿por qué acepto que decida por mí?
Y todavía me dice: ¡cuídese...! ¡De personas como él es
que también me debo de cuidar! ¿Por qué elige por mí?
No se trata de lo que vale un boleto u otro. ¡No sé que
valen las cosas! ¡No le doy importancia al dinero! Pero
¿por qué me impone su voluntad? ¿Qué no puedo yo
decidir? Por primera vez me siento enojada por una
situación así. ¡Algo se está rebelando en mi interior!

Rumiando mi molestia me retiro a un extremo de
la estación, cerca de donde los señores que nos acompañaron
en el viaje cuidan nuestros equipajes; de todas
formas las bancas de la sala de espera de aquella Terminal
están repletas. Ahí, recargando mi espalda en el
muro y al abrigo del techo de láminas de zinc, de pié,
contemplo las vías del tren que a la luz de las lámparas
brillan como dos hilos de plata paralelos que parecen
converger hasta perderse en la oscuridad.

—¡Nomás falta que el tren llegue tarde!
—¡Mire, compadre, de Los Reyes sale a tiempo! Lo malo
es que lo sobrecarguen y no pueda subir la cuesta de “La
Ventilla”, como el otro día. Dicen que aún poniendo arena
en los rieles patinaban las ruedas. Tuvieron que desenganchar
medio tren y dejar ahí, a medio camino y en la oscuridad
de la noche, a los pasajeros en sus coches de “primera”
y “segunda”; para así arrastrar primero hasta aquí las góndolas,
los carros tanques y los de carga, y volver después
por los carros en donde los pasajeros esperaban aterrorizados;
porque, ¡pa’colmo!, ese día no venía cuidando la
escolta de soldados.
—¿Tú, ya viajaste en tren? Digo…, ¿ya fuiste a algún
lado en el tren?
—¡Sólo una vez! ¡Fue de pura puntada, cuando se casó
Alberto, el de Juan Barajas! La boda fue en Los Reyes
porque la muchacha es de allá. De Cotija fuimos varias
familias ¡Ya sabes como es su familia de numerosa y el
Beto de amiguero y alborotado! Así que la boda fue con
una misa a las doce de la noche. ¡Misa de Gallo! Ya ve,
desde hace tiempo que el señor Obispo les permitió a los
señores curas, tanto de Los Reyes como de Tingüindín, el
celebrar bodas a la medianoche, a los que lo soliciten y
vayan a tomar el tren de madrugada. Así que fuimos del
templo a la fiesta en la casa de la novia; fue una cena a la
una de la mañana y con vino y baile. Ya todos “entrados”
hicimos desfile hasta la estación para despedir a los novios
que se iban a México de luna de miel. Por el camino, con
los novios adelante, cante y cante y sin soltar la botella, los
amigos empezamos a organizarnos de acompañarlos hasta
Yurécuaro. Así los más, nos subimos al tren a las tres de
la madrugada y seguimos la fiesta en el vagón de pasajeros.
El conductor del tren trató de ponernos en orden,
pero cuando vio que lo que traíamos, tanto señores que
señoras, tanto muchachos y muchachas, era pura alegría,
hasta él le cantó a los novios y brindó con nosotros. Por
cierto Laura, la hermana de Beto, no sólo está bien bonita,
sino que canta bien chulo. ¡No más la oyera!
—¿Y a qué horas llegaron?
—¿A Yurécuaro?… Antes de las doce del día; y ese
mismo tren se echó pa’trás casi luego luego. Los boletos de
regreso los compramos a Tingüindín, hasta aquí, donde ya
nos esperaban con los caballos que llevamos a Los Reyes.
—¿Y te gustó el viaje?
—¡Me gustó el relajo! Con el chaca chaca del tren, los
brindis y las canciones, ¡ni el camino vi de ida! Ahora que
de regreso fue puro dormir de tanto desvelo y cansancio.
¡Fíjate! Todo el día cabalgando de Cotija a Los Reyes,
esperar la medianoche para la misa de boda, enseguida la
cena, la fiesta, seguirla en el tren. ¡Por cierto, nunca había
caminado tanto! En la estación de Yurécuaro supe que este
ramal es de 137 kilómetros. Y luego, otros 137 de vuelta.
¡No la íbamos a hacer despiertos! Poco sé de cómo es el
camino, y de cómo es el paisaje; pero de que me gustó, ¡me
gustó!
—¿Ya se oye el tren, no?
—Sí se oye, pero todavía está lejos. Resopla la máquina
hasta que pasa Puente de Tocumbo; ya para acá es derechito
y de bajada. Cuando veas el faro de la máquina la
gente deja libre las vías y se arrejola en el andén. ¡Todos
quieren subir los primeros para ganar asientos! El maquinista
que es muy malhora, le abre al vapor para obligar a
que se detengan los pasajeros más atrevidos que quieren
saltar al tren en movimiento.

martes, 20 de agosto de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXIII - Jaime Ramos Valencia

Martes 7 de diciembre de 1918, a las 2:00 hrs.

Acabo de escuchar que el reloj dio la hora; no supe si
fue una campanada o dos, porque al mismo tiempo la
señora que acompaña a su hija se despertó para usar
la bacinilla y, entre el ruido del peltre y el estruendo
con que soltó su vejiga, no supe ya que hora fue: si la
una o las dos; porque a las tres de la mañana nos van
a levantar para irnos a la estación.

Al día siguiente de que salió Clarita rumbo a México y
en el que muchas personas la despedimos hasta con
lágrimas en los ojos, me fueron a buscar las dos religiosas.

No era la primera vez que me visitaban. ¡Bueno!,
¡que nos visitaban! Porque en la reunión participábamos todas las que aún vivíamos en esa casa.
Pero ahora, después de los saludos, me llamaron aparte.
Nos sentamos en un mueblecito en los corredores del patio principal,
y tan pronto como nos acomodamos, me lo dijeron directamente,
sin más ni más:

—¡Te traemos una invitación del Señor! ¿No te gustaría
consagrarte a Él?

—¡Que no te asuste nuestro atrevimiento! Es que con
la madre Teresita pensamos que serías una excelente hermana
religiosa. ¡Claro el llamado del Señor lo hace Él directamente
a tu corazón! ¡Necesitas escucharlo!


Me quedé pasmada, sin palabra que decir porque
en mi mente los pensamientos se agolpaban: yo no
tuve una familia que desde niña me indujera a la vida
religiosa, como había visto tantas que les decían a los
pequeños: ¡vas a ser padrecito, vas a ser monjita! No
había tenido yo, nunca, ni una exaltación religiosa ni
un despecho por la vida, ni una decepción amorosa.

¡Más aún!, ¡nunca se me había ocurrido ser monja! Por
eso, cuando pude hablar, les contesté:

—Ustedes se están equivocando conmigo. ¡Nunca se
me ha ocurrido ser monja!

—La vocación no siempre se manifiesta tan abiertamente.
A veces un acontecimiento terrible y violento, como
la quema de Cotija; o uno doloroso, como fue para ti la
muerte de tu mamá; o una circunstancia como la de tu
posición y permanencia o no en esta casa. En fin, no siempre
alguien descubre fácilmente su verdadera vocación, y
cuando la conocen no todos perseveran en ella, porque no
la hacen crecer, no la cuidan, no la fortalecen. ¡Cuéntale,
cuéntale, hermana Teresita; tú que eres hermana fundadora
de nuestra congregación, cuéntale como se formó
nuestra comunidad! ¡Cómo nació tu vocación!


—Soy originaria de Zapotlán el Grande. En 1904,
cuando tenía más o menos tu edad, aconteció un acto de
barbarie que conmocionó a todo el pueblo: unos ladrones
entraron por la madrugada al templo, violentaron el sagrario,
y por robarse el Copón, sacrílegamente mancillaron las
Sagradas Formas. El párroco del lugar era en ese entonces
el padre Silvano Carrillo Cárdenas, originario de Pátzcuaro
(por cierto, pariente de la mamá de la maestra Clarita)
quien pronto realizó diferentes ceremonias y procesiones
de desagravio. A las muchachas nos organizó para no dejar
solo al Santísimo entre el día (los señores cumplían con la
Adoración Nocturna). De tal forma que yo, con un grupo
de amigas de más o menos la misma edad, durante tres
meses hicimos los roles adecuados de oración. Fue tal el
fervor que mantuvo este grupo que prometimos consagrarnos
a la vida religiosa, para el beneplácito de Don Silvano,
nuestro Padre Fundador, quién hizo los trámites para que
la Congregación fuese aceptada con el nombre de Siervas
de Jesús Sacramentado. Sólo nos puso una condición:
que nuestro objetivo, nuestro carisma, fuera La Adoración
a Jesús Sacramentado; pero también la Educación
Cristiana de los niños y la juventud. Las monjas, además
de piadosas, deben ser ilustradas. Como nuestro párroco
era de familia de maestros y maestras, el santo sacerdote
nos puso a estudiar y a estudiar para acrecentar nuestros
conocimientos y fomentó así nuestras habilidades para
enseñar a otros. “Una cosa es saber y otra saber enseñar”,
nos repetía una y otra vez.

—Pues así nació nuestra Congregación que cuenta ya
con varias escuelas en Jalisco y por toda la República. Pero
no ha sido fácil, últimamente hemos vivido días de angustia,
de pobreza, de huidas imprevistas, de despojos; incluso
algunas hermanas fueron a la cárcel por el delito de la fidelidad
a Cristo.


Tal vez no fue su discurso, ni sus experiencias;
pero había algo en su voz, en su presencia, en la paz y
seguridad que junto a ellas se respiraba, que me convencieron
de ser maestra. ¡Maestra y religiosa!

¡Cierto! Voy a un internado vocacional que tienen
en Guadalajara a tomar un curso de tres meses como
aspirante; si decido seguir me trasladarán al Convento
en Zapotlán el Grande y serán cuando menos tres años
de noviciado, dedicados al estudio y a la oración; después
tomaría mis votos perpetuos y sería una monja
profesa. El camino es largo, y ¡no va ha ser fácil!

No hace ni tres semanas que tomé muy en firme
mi decisión. Las pocas personas que viven en la casa
conmigo se alegraron. ¡No se diga Amelia! Pronto en el
pueblo lo supieron también. Cuando salía de compras
al mercado, en la carnicería don Polo y su hijo Chucho,
todas las marchantes, y por las calles, cuando me encontraba
con las mamás de “mis alumnas”, todo mundo
pues me felicitaba; incluso hubo quien me dijera:

—Voy a rezar por ti, porque perdures en tu vocación…
¡Creerás que yo siempre te imaginé como monjita! Tú tan
buena, tan formalita, tan inteligente, tan piadosa… ¡Siempre
te imaginé como monjita!


Las felicitaciones y palabras de aliento las agradecía
y con ellas me sentía muy fortalecida; en cambio
los halagos me ruborizaban y en mi interior los rechazaba.

Aproveché que el señor Felipe estuvo en la casa
por toda una semana, lo que me dio tiempo tanto de
comunicarle mi decisión como de escribir sendas cartas
a mi protectora y bienhechora, doña Aurora; y una más
para mi compañera y amiga por tanto tiempo, su hija
Asunción. ¡De verdad que estoy conciente de lo difícil
que hubiese sido para mi mamá y para mí el permanecer
en La Estancia de Arriba! ¡Mi agradecimiento es
y seguirá siendo muy sincero para con todos ellos! Me
llamó la atención, al platicar casi todos los días con el
señor Felipe, la forma en que tomó mi vocación: ¡como
un honor que honraba a su familia, en la que hasta
ahora no había ni sacerdotes ni monjitas! Se ofreció en
ayudarme en lo que fuera, incluso me dijo:

—Las aspirantes a la vida religiosa deben de llevar, para
ingresar al convento, una dote. Lo sé muy bien; muchas
de las familias acomodadas aquí, de Cotija, entregan a sus
hijas y le proporcionan a la congregación una buena cantidad
en efectivo, e incluso les escrituran alguna casa habitación,
a fin de que con las rentas del inmueble se ayuden
permanentemente en el sostenimiento de la comunidad.
¡Cuenta con nosotros!


—La congregación a donde voy no exige dote alguna y, si
alguien quiere aportarla, no la aceptan en firme hasta que la
aspirante tome sus votos.

—¡Uf! Por no llevar dote no te vayan a encasillar en
tareas de servidumbre… Creo que así es con las Capuchinas.
¿Vas con ellas?

—No, don Felipe, voy con Las Siervas de Jesús Sacramentado,
una congregación que se dedica a la educación;
tienen ya muchas escuelas y con ellas se sostienen; yo voy
ha ser religiosa, pero también maestra. Pero, además, ¡sí
tengo dote! ¡Una buena dote que aportar! Recuerde que
cuando recién llegamos a esta casa su mamá nos entregó
los ahorros de mi padre: cien monedas de plata de ocho
reales y además el dinero que mi madre juntó durante …
¿Qué serían? Ocho, nueve años.

—Las solo cien monedas de plata hacen una bolsa
voluminosa y pesada y riesgosa para llevarla contigo. Sería
conveniente que tu dinero lo cambiaras por monedas de
oro.

—Fui con don Pancho, el de la tienda de telas que
ahora, mientras reconstruye su propiedad del portal,
atiende en su casa…

—¡Sí, don Pancho! De curiosidad, su hija Ernestina,
¿no te preguntó por mi hermano Martín?

—¡Claro! Esa señorita siempre me ha preguntado por el
señor Martín. Creo que es su amor imposible. Don Pancho
nomás la oye y la ve con ojos de conmiseración.

—Y, ¿cuánto te dieron por tus monedas de plata? Fuiste
con una persona honrada y confiable, que si has ido con el
prestamista don Antonio, “el Picao”, el que compra y vende
semillas, ¡ese, ese si te había robado, como hace con los
campesinos a quienes les “refacciona” la siembra!

—Pues no sé cuánto tengo, o cuánto vale mi dinero; pero
el mismo don Pancho me dijo que era mucho, tanto como
para comprar una casita, o para mantenerme por algunos
años. En monedas tengo ocho grandes que les dicen “aztecas”
y siete más chicas que les dicen “hidalgos”, y algunas
monedas de plata y de cobre, que ya no me cambió porque
me dijo que las necesitaría.

—Tiene razón don Pancho en dejarte esas monedas
fraccionadas, porque con las monedas de oro no pagas una
comida en un mesón, ni compras siquiera un vaso de agua.
El oro no es moneda corriente. Ahora que, para llevarlo
seguro y que no lo pierdas fácilmente, voy a buscarte una
bolsa secreta de las que usa mi madre cuando viaja, y que
la sujeta a su cintura y la oculta con su vestido. Y por otro
lado, pues, ¡buena suerte y está en contacto con la familia!

—En todas las congregaciones religiosas, durante el
noviciado, y son cuando menos tres años, nos aíslan del
exterior, nos separan de familiares y amigos; va ha ser un
largo tiempo, pero ¡siempre los tendré presentes!

Me emocioné y don Felipe también se emocionó
cuando afectuosamente y con respeto se acercó a mí y
me abrazó largamente.

domingo, 16 de junio de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXII - Jaime Ramos Valencia


Martes, 7 de diciembre de 1918, a las 00:05 hrs. 
(Segunda parte)

Desde la puerta principal, con la iglesia casi vacía, tenía a la vista el amplio pasillo central que dividían las filas de bancas: para los hombres, viendo hacia el altar, las del lado izquierdo; para las mujeres las del lado derecho donde, por cierto, aún permanecían dos o tres devotas, cada una aislada en su rezo de las demás.

El piso de toda la iglesia, salvo el presbiterio, era irregular; de piedra, duro e incómodo, y así había quedado desde que habían levantado la duela de madera que algún día volverían a colocar.

Las paredes grises estaban rayadas con las
marcas del tiempo;banderas desteñidas de rojo
y amarillo quedaban colgadas en el techo;
y ahí, en medio de todo ello, el indígena besó
de nuevo el suelo, se levantó lentamente, se persignó haciendo
cabalmente el rito de las tres cruces, y sin dar la espalda
al Santísimo, salió del recinto avanzando hacia atrás,
con la cabeza ligeramente inclinada.

—¡Edificante! Edificante la fe de nuestros “inditos”…
Les comenté.

—Cualquiera que conoce a los indígenas sabe cuán
impenetrable es el último santuario de su mente. Dijo la
hermana María del Rosario.


—¡También es admirable la fe de los campesinos!,
observó la hermana Teresita. He visto con qué devoción
asisten al templo. Su expresión es diferente, sobre todo en
sus brazos, que no los cruzan abrazando su cuerpo, sino
los levantan extendiéndolos al frente, los codos ligeramente
flexionados y con las palmas de las manos hacia arriba.
Son formas diferentes de oración el indígena “adora a su
Dios y su confianza en Él es tal que no pide nada, simplemente
se refugia en Él … En cambio el campesino le pide a
su Señor desde la lluvia y el buen temporal hasta la salud
de los suyos. Exalta una cualidad de Dios, ¡que las tiene
todas!, y la personifica llamándole La Divina Providencia.
Por ello, sus brazos en posición de recibir.

—¡Yo necesito que Dios me oiga! ¡Que ilumine mi mente
para saber que hacer de mi vida! Me siento muy distante
de Él, aún estando aquí en su templo. Veo la piedad con la
que ustedes lo reciben al comulgar; veo a estas personas, el
indígena o el campesino, o esas tres mujeres humildes que
aún permanecen arrodilladas frente al altar. ¡Cómo quisiera
tener esa Fe!

—¡Dios ya, ahora mismo, te está oyendo! ¡Abre tu corazón
y lo escucharás!… Vamos ahora a nuestros quehaceres,
que también ahí estará Dios con nosotras.


Las dos religiosas tomaron el camino hacia la
escuela; yo crucé la plaza principal para llegar a mi
casa. A más de medio año de la tragedia empezaba
Cotija a reconstruirse.

En esa fresca mañana cuando menos medio centenar
de albañiles levantaban desde sus cimientos nuevas
construcciones en el Portal Hidalgo.

Estos meses transcurridos también levantaban
en mi vida nuevas aspiraciones. El contacto diario
con el grupo de niñas despertó en mí el deseo de ser
maestra pero, además, el ejemplo de las dos religiosas,
aún sin esa vestimenta que las hace verse tan distintas,
me atraía especialmente.

En ese momento tendrían apenas unos diez días
de haber llegado para recibir, de mi maestra Clarita,
la Escuela Independencia. No era la entrega de
los bienes físicos lo que les importaba; se adivinaba
que habían venido con antelación a fin de recibir a las alumnas
y convivir con ellas un tiempo, estando aún la maestra Clarita.

Buscaban que el cambio de administración no afectara
a esas niñas que apenas empezaban a despejar el miedo,
el terror, todo lo que en cada familia se vivió, justamente
un día antes del inicio de la primavera.

¡Cómo olvidarlo, si ya no hubo modo de estrenar el vestido
de campesina, o el disfraz de margaritas o girasoles,
o el de campanita, o el del conejo, o el de la abeja!
En cambio sí, en esos últimos días de marzo, el alma de todos
se vistió con el gris de la tristeza y la desolación y el abandono
de todos aquellos preparativos de fiesta: ¡De la fiesta de los
niños! ¡La Primavera!

Curiosamente, para mí, los meses de marzo a
junio son muy calurosos y hasta el campo lo reciente.
El sol es tan fuerte que hasta seca el campo y lo llena de
remolinos terregosos. Todo se refresca a partir del mero
día de san Juan, el 24 de junio. ¡Me gusta la lluvia, me
gusta el tiempo de aguas!, pero ¡más me gusta el otoño!

¿Dónde viven los que han escrito que las hojas secas del
otoño cubren las raíces de los árboles desnudos? Si los
árboles cuando más verdes y cargados de hojas están,
es en este tiempo; como ahora, pasadas las lluvias.

Y es en otoño que los campos compiten en tonalidades,
¡y todas verdes!; que no es lo mismo el verde de un maizal
al de un campo de avena, o a un trigal, o al verde del
cañaveral; ni es el mismo verde de un monte con pinos
al de un encinal.

Y en el otoño llegaron Teresita y María del Rosario
y llenaron del verdor de la esperanza el alma de mucha
gente desolada. ¡Qué labor tan especial! ¡Qué finura en
el trato, que firmeza en sus convicciones!

Las mamás de las niñas pasaban a platicar en privado
con alguna de ellas y salían diferentes, tanto que
empezaron también los señores, incluso aquellos
que nunca se paraban por la escuela, a venir y consultar
con sus esposas a las dos monjitas. ¡Tienen el Don!
¡Se percibe la presencia del Señor en ellas!

Sería a mediados de noviembre que con los exámenes
finales y la fiesta de fin del curso terminé mi
labor en la Escuela. Fui a despedirme de la señorita

Clarita, quien entre mil recomendaciones y consejos me
entregó su dirección:

—¡Ven a visitarme a la ciudad de México! Me contaste
que tu papá anhelaba el llevarte a ti y tu mamá a ese gran
viaje, pues ¡cumple su sueño! ¡hazlo tuyo, te espero algún
día!


Desde luego había sinceridad en la invitación que
me hacía mi maestra; pero yo sentía que lo era para
dentro de algún tiempo, no para irme con ella, porque
ella ya había externado el temor de vivir con su papá;
se sentía insegura después de tantos años en que estaban
tan distantes.

Curiosamente, desde hacía mucho era su esposa quien
llegaba a Cotija sin él; a su papá no le gustaba ya viajar
ni a su propio pueblo. Por otro lado, Clarita tenía muchos
años viviendo sola, así que había que entender que su invitación
era por unos días y luego que estuviese organizada.

Por eso le respondí:

—¡Algún día conoceré la Capital! ¡Algún día la visitaré
en su casa!

miércoles, 1 de mayo de 2013

María Luisa - Novela por entregas XXI - Jaime Ramos Valencia


Martes, 7 de diciembre de 1918, a las 00:05 hrs. 
(Primera parte)

¡Bien que nos advirtió el señor cura de Tingüindín! En
la cena, y saboreando el rico atole de grano, nos dijo:

—¡Van ha escuchar a la media noche las doce campanadas  con que el reloj de la parroquia anuncia que ya es  otro día! Los vecinos ya nos acostumbramos, pero a los  visitantes hay que advertirles.

—Es un reloj loco, dijo don Chava, el anfitrión; vinieron a darle mantenimiento y lo dejaron “patas pa’arriba”; al  mediodía, a la hora del “Ave María”, no suena; pero eso sí, a la media noche, nos despierta a todos. 



Y efectivamente, acaban de terminar de sonar las
doce campanadas. A mi no me despertaron, porque
no dormía; mis pensamientos han ocupado mi mente
y espantado un sueño que de todas formas no tengo.

¡Han pasado tan rápido estos últimos tres meses en
que me convertí en maestra y, ahora, en aspirante al
noviciado!

Aquel lunes de mayo, ¡mi primer día como maestra!,
coincidió con ser el último día del mes, día de entregar
calificaciones.

Pensé que me asignarían a un grupo de  parvulitas
o de primer grado; pero no, el grupo lo formaban
niñas de ocho, nueve años, que cursaban el cuarto
grado; el mismo al que yo me integré cuando llegué a
Cotija.

¡Me sentí a gusto con ellas y creo que también
ellas conmigo!

Toda esa semana me pasó volando; mi primera
trabajando en la escuela y en la casa también días de
mucho trabajo; en mis ratos libres ayudé a empacar la
cristalería, la vajilla y todo lo que doña Aurora pidió le
llevaran; Jovita y Elvira se preparaban para su estancia
en Morelia; a todas nos estaba dando un vuelco la vida
y por ello me comentaban:

—Siquiera, niña Maria Luisa, que en el colegio y ayudándole
a la señorita Clarita y con la algarabía de sus alumnas
usted se va ha sentir acompañada, porque lo que es en
esta casa sólo la va a arrinconar la soledad: Amelia con su
novio; Toñita con su marido que va y viene; doña Lupita
que sus parientes, según se ve, se la llevaron con engaños
para no dejarla morir lejos de su propia familia y ¡mire! …
¿Usted…? 


Tenían razón; me había quedado sola y tenía que
reconstruir mi vida; pero estaba animada: quizás por eso
sólo sonreía mientras mis manos manejaban el papel
periódico y la viruta de madera con que empacábamos
las copas de cristal de Bohemia.

Me inquietaba avisarle  a doña Aurora porque quería
tener ya un rumbo bien  definido, que no lo cambiara
ni lo moviera la influencia  autoritaria que siempre
ha tenido ella en mí.

Rápido pasaron los meses de lluvia, por cierto
muy abundantes, y sin presentarse un camino para
mí.

Cuando se fueron la nana y la cocinera, con ellas
le mandé un saludo de palabra a la señora, además
de un pañuelito de seda en el que bordé su nombre;
sin embargo y pese a que cada semana van y vienen
de Morelia, no he recibido ni un mensaje de ella ni de
nadie.

De seguro que ya sabe que estoy trabajando
y recibiendo todas las semanas un sueldo; pero sigo
viviendo en su casa y eso no se puede prolongar por
mucho tiempo más. A fin de año es la boda del señor
Felipe y para entonces seré un estorbo.

Fue en octubre cuando llegaron las hermanas
religiosas que se harían cargo del colegio. Vestían como
seglares y muy modestamente; pero brillaba sobre todo
una de ellas, por su inteligencia y carisma: María del
Rosario.

La otra monja, que tenía el mando, hablaba
con una suavidad que consonaba con su nombre: Teresita;
pero contrastaba con la severidad de su rostro
marcado por la edad.

Mis prácticas religiosas en los últimos meses se
habían limitado a ir a la iglesia los domingos. Poco a
poco había abandonado las misas de entre semana y
los rosarios por las tardes a los que asistía acompañando
a Asunción y a su mamá, quien era quien nos lo
exigía.

Ahora, en la escuela, con el trato diario con las
religiosas, y enteradas ellas que mi situación, según les
pudo haber informado Clarita o alguna otra maestra, es
de “huérfana abandonada en la casa que habitaron sus
patrones”…

Pronto ellas dos se motivaron a “apalancarme”
con sus oraciones, apremiándome a ponerme
en manos del Señor.

—La misa y el rosario son algo más que devociones que
te acercan a Dios, y es a El a quien le debes de pedir una
solución a tu vida 


Les prometí que volvería a frecuentar, entre semana
también, mi asistencia a Misa. Me invitaron a que
fuera con ellas a la misa primera, conocida como la de
los labriegos y agricultores, a las cinco y media de la
madrugada.

Lo hice sólo una vez pero preferí ir a la
que acostumbraba, de siete de la mañana; pese a que
cuando fui con ellas, la forma de orar ante el sagrario:
arrodilladas, las manos juntas sobre el pecho, los ojos
entrecerrados, la cabeza inclinada y un recogimiento
en todo su cuerpo, me hizo recordar a mi mamá, sobretodo
viendo a la hermana María del Rosario, casi con
un halo sobrenatural.


Las religiosas, pensé, son seres consagrados a Dios
que alcanzan esa perfección ayudadas
por una vida espiritual intensa ¡muy difícil de
lograr fuera del convento! En eso estaba cuando entró a
la iglesia un indígena, de tal vez cuarenta años de edad.

Vestía solamente el típico calzón de manta y camisa
de algodón; sus sucios pies calzados con guaraches de
correas, una cobija echada al hombro y un gran sombrero
en la mano.

Lentamente se movió a la mitad de la
nave, se arrodilló, colocó con cuidado su sombrero junto
a él y, repentinamente, se inclinó y besó el suelo. Luego
se enderezó y, todavía arrodillado, estrechó su pecho
cruzando sus brazos.

De esta forma permaneció mucho tiempo. Arrodillado,
emocionado. ¡Nunca olvidaré sus ojos! Veían hacia delante;
a mí no me vieron en absoluto.

Eran café oscuro, casi negros. No se declaraban,
no se distraían, sino que estaban como alumbrados.
Por muchos segundos observé un auténtico éxtasis de
devoción. Cuando dejé la iglesia ahí seguía él, de rodillas…
Las monjas me esperaban en el atrio.

—¿Vieron al indígena arrodillado con sus brazos en
cruz sobre su pecho? Les pregunté.

—¡Claro que sí! ¡Miren, ya va a salir del templo! ¡Vean
cómo lo hace!

viernes, 15 de marzo de 2013

María Luisa - Novela por entregas XX - Jaime Ramos Valencia


Lunes 6 de diciembre de 1918, a las 18:40 hrs.
(Séptima parte)


De vuelta en la casa, sentados en la mesa de
la cocina platicaban con gran entusiasmo Toñita, su
marido, la nana y la cocinera, quien era la que más animada  se mostraba porque ¡por fin! la señora le mandó un escrito que Amelia, de pie, trataba de leer atorándose  en cada palabra: “le sa… saludo con ca… cariño…”.

—¡Qué bueno que llegaste! La patrona le mandó este recado a Jovita y estaba yo tratando de leérselo, pero… apenas si sé… ¡No le entiendo a esta letra!

Lo dijo alargándome el pliego donde la patrona,
que había sido educada en el internado donde ahora estaba su hija, había dejado deslizar su pluma
en un texto fluido y pulcramente elegante,
que ligaba la multitud de letras minúsculas con las ondas
y volutas que forman la escritura cursiva.

—Tantos gariboleos dificultan la lectura, pero… ¡Se ve
bonita! ¡Bien…! 


Querida Jovita:

Le saludo con cariño a usted y a todas las muchachas. A
ellas diles que les recomiendo que me sigan cuidando bien
la casa. Las circunstancias y mis hijos me han impedido
regresar; sin embargo, mi hijo, el señor Felipe, que su boda
será ya en diciembre, vivirá con su esposa en esa casa. Tendrán
las que ahí se queden ¡espero que todas!, una nueva
patrona; es muy joven, pero muy educada y de muy buen
trato. Les recomiendo que la quieran y respeten tanto como
a mí.

Dígale a Elvira, la “nana”… la nana de todos mis hijos
y que tanto la quieren, que ya se resuelva a venirse con mi
hija Aurora. Necesito que le ayude a criar los tres niños que
ya tiene. ¡Anímela a que se venga! ¡Ojalá sea ahora que la
traigan a usted!

Mi hijo Esteban fue solo por algunas de mis cosas y la
ropa, tanto personal como de cama y baño. Él lleva una
lista de lo que debe traerme. Ayúdenle a acomodarla en
los baúles, para que se regrese pronto: mañana o pasado
mañana a más tardar.

Jovita, no sabe cómo la he extrañado. No hay nadie
que me conozca y proteja mi endeble constitución física
como usted. Siempre he sido delgada, pero de buen apetito.
¡Ninguno de sus guisos me han hecho daño! En cambio,
ahora, tengo el estómago desecho; y no crea que con moles y
adobos, ¡aquí, hasta un caldo de gallina me indigesta! ¡Gracias
a Dios, en una semana mando por usted!

Le ruego que se tome estos días que faltan para empacar
en cajas de madera, envueltos en papel y protegidos
con viruta, mis dos juegos de copas; las lisas transparentes
que usamos para beber el vino, y las de cristal cortado
con reflejos verdosos que adornan el estante aparador del
Comedor.

¡Mi vajilla! También quiero que me traigan mi vajilla. En
la bodeguita del segundo patio están las cajas de madera,
que son su empaque original. Son unas doce cajas de medidas
especiales, hechas unas para acomodar platos de dife-
rentes formas y medidas, otras para empacar las jarras, o
las soperas o las salseras, etc.; tienen separadores interiores
y además en la tapa de cada caja hay una ilustración
que indica qué piezas contiene y en qué forma se acomodan.

¡Tenga mucho cuidado con ella! Es un regalo que me hizo mi
esposo, la importó desde Holanda y si atravesó océanos en
barcos y medio México en carretas, no quiero que se rompa
en este traslado final.

Le mando las llaves de la cajonera del comedor donde
guardo los estuches de la cuchillería de plata. Son cuatro y
están completos, para que también me los traiga.

Ollas, cazuelas y utensilios de cocina, ¡tráigase los que
quiera! Aquí ya tengo los indispensables pero no quiero que
extrañe alguno. Una buena cocinera se encariña hasta de
“su olla de los frijoles”, por tiznada que esté.

Reciba saludos de mi hija Aurorita y de su esposo José,
que tanto la estima y ¡pronto nos veremos! Y traiga con usted
a la nana Elvira.
Aurora 


Terminé de leerles la carta y el marido de Toñita,
animando a la nana Elvira, empezó con los elogios a la
ciudad de las canteras:

—Morelia es muy bonita ciudad ¡Toda de Cantera! Con
su Catedral inmensa, el Palacio del Gobernador, la Plaza
de Armas, El Convento del Carmen y muchos, muchos edificios
y jardines. La señora Aurora vive en el centro y su
hija Aurorita a dos, tres, casas adelante. Vivir en Morelia
es otra cosa. Además está bien resguardada. Se ve mucho
militar y mucha tropa, que cuidan el orden: a los raterillos
los pelan y los expulsan de la ciudad; a los asesinos y asaltantes
les aplican la Ley Fuga. Sólo así los acaban.

—¿Qué es la Ley Fuga?

—Cuando la Autoridad tiene en custodia a un delincuente
y éste trata de escapar, los guardianes pueden disparar
y matar al fugitivo, sin más juicio, sin más nada.

—¡Bandidos desgraciados! Dijo Jovita expresándose
con gran coraje… ¡Hasta yo les metería un tiro!

—En caliente es fácil y más fácil decirlo, pero la Ley Fuga
es otra cosa… ¡Platícales… cuéntales de don Herlindo! Le
pidió Toñita a su marido.

—Don Herlindo es un señor de Uruapan que tiene una
gran huerta de cafetos, resulta que una vez que había ya
cosechado y secado el grano, extendiendo al sol su café,
lo encostalaba para venderlo al Beneficio, la empresa que
se encargaba de descascararlo y tostarlo; resulta que, una
noche le robaron de la bodega un costal, sus peones que dormían
en la huerta vieron alejarse al ladrón con el bulto. Le
avisaron al patrón dándole las señas que coincidían con las
de un raterillo conocido como el Pelacuas, un joven vicioso
que de cuando en cuando caía por la población… Pese a los
cuidados y recomendaciones, hasta en dos ocasiones más
le volvieron a robar a don Herlindo, quien enojadísimo se
presentó a hacer su denuncia al cuartel, pidiendo apresar
al ladrón y aplicarle la Ley Fuga. El Capitán que estaba al
mando oyó la queja y sin más comentario le dijo, entregándole
un cinturón con cartuchera y funda que contenía una
arma: 


—¡Fájese esa pistola! 

Don Herlindo, amante del revólver y con mucha
pericia en su manejo, aceptó hasta con orgullo el reto;
por ello, tomó como un juego la orden del capitán:

—Desde este momento y mientras permanezca en este
cuartel, lo nombro soldado de la patria y mi ayudante personal.
¡Sígame! 


Hasta el paso le cambió a don Herlindo que orgulloso
marchaba tras el militar rumbo a las caballerizas.

Se detuvieron ante una mazmorra vigilada por dos soldados,
quienes cuadraron su saludo ante su jefe que
les ordenó:

—¡Desaten al prisionero y preséntelo aquí!

Los soldados cumplieron cabalmente la orden,
sacando de la prisión a un joven rapado de la cabeza,
vestido con su solo pantalón y descalzo. Demacrado por
los días de encierro a pan y agua.

—¡Ahí tienes tu raterillo! Ahora está pelón, pero es tu
Pelacuas. ¿Lo reconoces?


Don Herlindo lo vio de arriba abajo y moviendo la
cabeza afirmativamente, dijo:

—¡Ese es el cabrón que me está chingando!

—¡Sí! ¡Lo reconoces pues! ¡Queda bajo tu custodia! ¡Es
tu prisionero! 


Los guardianes al escuchar la orden, saludaron a
su superior y se retiraron del prisionero, dejándolo solo
a cuatro o cinco pasos de su nuevo vigilante. ¡Hasta el
detenido sabía de qué se trataba, le iban a aplicar la Ley
Fuga! Sólo don Herlindo ignoraba qué papel desempeñaba
en ese “cuatro” que le había puesto el capitán. Por
eso, un instante después y de improviso, el reo emprendió
la huida, sólo que, para su mala suerte, el lodo, el
estiércol y el orín que cubría el piso de las caballerizas,
lo hizo caer de bruces.


—¡Se escapa su prisionero! ¡Si lo pierde, a usted, soldado,
lo fusilo! ¡Desenfunde y mátelo! ¡Ya se está incorporando,
se le va a pelar! ¡Mátelo, cobarde! ¡Mátelo! 


Don Herlindo tembloroso, sacó su pistola, fallando
los cuatro primeros balazos y acertando el quinto.

—¡Muy bien, muy bien! Con el cartucho que le queda en
la mazorca, ¡déle el tiro de gracia! ¡Acérquese a su prisionero
y dispárele en la nuca! 


Dicen que don Herlindo caminó resbalando en
aquel piso y acabó arrodillado junto al cadáver de aquel
joven, que con una mirada helada que sus párpados ya
no cubrieron, le reprochaba la crueldad de su justicia.

—¡Remátelo, viejo cabrón, o me lo chingo a usted! 

Cuentan que se sobrepuso al miedo disparando a
quemarropa su último cartucho; mas no se sobrepuso
a la náusea de su estómago, que se vació en un vómito;
ni al esfínter de su vejiga, que mojó sus pantalones.

—¡Por cobarde, causa baja del ejército! ¡Entregue el
arma en la oficina y lárguese a su casa! ¡Ah!, siga buscando
a su raterillo, porque éste que mató, ciertamente, no es su
Pelacuas. 


Abatido se encerró en su casa, deprimido dejó de
cuidar la huerta. Los árboles sin atención se plagaron,
y yo, que tenía trabajando con él tres o cuatro años,
perdí mi chamba. Y esto que les cuento no es porque lo
hubiera oído del señor Herlindo, fue porque el capitán
lo divulgó con todos sus detalles por todo Uruapan; así,
los comerciantes, agricultores y huerteros no lo molestarían
pidiendo que ejerciera justicia.

—¡Qué feo está todo! ¡La violencia nos está contagiando
a todos! ¡He tenido muy malos sueños! Y hoy no sé si podré
pegar los ojos. Lo que si sé es que no volveré a decir lo de:
“Bandidos desgraciados, hasta yo les metería un tiro…”. 


Diciendo esto, doña Jovita se levantó de la mesa
y se retiró a su habitación. Todos estábamos impresionados
por el relato; como aún no habían restablecido la
luz eléctrica en el pueblo, la casa estaba en penumbra,
el ambiente tétrico; afortunadamente todos habíamos
ya merendado, la cocina levantada y el joven Esteban
había dicho que no se le esperara ya que estaría cenando
con sus amigos. Todos nos retiramos a dormir.

—¡María Luisa! ¿Puedo dormir en la cama de Lupita?…
¡Es para dejarle el cuarto solo a Toñita; así, su marido
podrá cambiar la cama de paja en la caballeriza por una
más calientita! ¿No crees?

—¡Claro que sí, Amelia! Trae tu ropa de cama y la que
nesecites para ti. 


No tardó nada en instalarse en la habitación
conmigo. Trajo sus sábanas y cobija y se desvistió sin
mucho recato, para ponerse su camisón de noche. Era
de constitución robusta, pero ahora que estaba enamorada
y próxima a casarse, había adelgazado y se veía
bien. ¡Será una bella novia! De pronto, bajando la voz,
me confió:

—¡Qué bueno que pronto salgo de esta casa! No aguantaría
otra vez lo que me sucedió esta tarde. ¡Mira, te cuento! 


El joven Esteban, cumpliendo con los encargos de su
mamá, hizo que en los baúles acomodáramos la ropa que
traía enlistada. Estaba la nana, Toñita y yo. Los baúles se
colmaron y la ropa no cabía. Entonces, nos pidió que los
vaciáramos y que con cuidado la empacáramos de nuevo,
a fin de que toda cupiera. Estábamos las tres haciendo la
tarea cuando me llama para que fuera a la biblioteca:

—¡A ver! dice, ¿quién es la más alta para que me baje
unos libros? ¡Ven tú, Amelia!

—Lo seguí a la biblioteca y me señaló una enciclopedia
de muchos tomos que apenas alcanzaba yo de puntitas.

—¡Bájalos, yo aquí te los voy recibiendo!

—Los primeros libros los bajé de uno a uno y él me los
recibía guardando la distancia. Ya enseguida, me pidió que
bajara dos o tres tomos a la vez, lo que hizo que ocupara las
dos manos elevadas y él aprovechó poniéndose tras de mí,
casi abrazándose a mi espalda, “dizque” para ayudarme a
recibir los libros, sólo con el afán de tocarme. Yo me sentí
muy mal y fingiendo que me desequilibraba, alcé mi pierna
derecha y le asesté un pisotón con el tacón de mi zapatilla,
que estoy segura le “planché” los dedos de su pie. Pegó un
grito de dolor y cayó sentado al suelo junto a los tres tomos
que le estaba entregando. Cuando al grito vinieron la nana
y Toñita, yo, que iba ya saliendo les expliqué: le cayeron
unos libros en el pie. Sólo oí que la nana, muy compungida
le decía a su “niño”: “Quítate el zapato, voy a ponerte un
fomento”. Yo me vine a encerrarme en mi cuarto y no salí
hasta que se fue a cenar con sus amigos. ¡Afortunadamente,
estoy ya por salir de esta casa! ¡Me moriría si Chucho,
mi novio, se entera de que este desgraciado me manoseó!
¡Guárdame el secreto, que sea sólo de nosotras dos! 


Asentí con la cabeza. Me daba tanta rabia el hombrecillo
ese, que si no abrí la boca fue para no soltar yo
también mi secreto de esa tarde mientras me bañaba.

Eso sí, me imaginé a Chucho, el fornido hijo del carnicero
y prometido de Amelia “lavando la afrenta”. Bastaba
que éste, al ver caminar a Esteban por la acera,
frente al despacho de don Polo, saliera a la puerta del
establecimiento, portando en una mano un gran cuchillo
y en la otra mano la chaira asentando el filo, nomás
de verlo el acobardado hijo de doña Aurora correría sin
descanso hasta Morelia, a refugiarse a las faldas de su
mamá. ¡Yo también tenía mucho coraje! ¡Yo también
debería de pensar en abandonar esa casa! Y me prometí
hacerlo pronto. No tenía sueño y sí una urgencia de
cobijar mis pensamientos en la oscuridad de la noche.

Amelia se mostraba inquieta y curiosa de lo que estaría
pasando en el cuarto de al lado con Toñita y su marido,
porque pegaba su oreja a la pared.

—¿No se oyen ruidos?

—¡No, no se oyen ruidos! Ya todos están descansando
¡Duérmete ya!


Apagué la vela de un soplo, al hacerlo, observé lo
rápido que se había consumido; el pabilo demasiado
largo produjo una llama rojiza y lo mal asentada que
quedó en el candelero, chorreó de cera así desperdiciada
la base. ¡Yo no quiero ser ni una llama humeante
ni desperdiciar mi vida! ¡En esta casa, en esta familia,
que tan generosamente me acogieron, ya no debo
de permanecer más! ¡Me debo hacer responsable de
mí misma, no debo de depender de nadie! ¡Tengo que
salir de aquí! Me revolví en la cama pensando que por
lo pronto, el próximo lunes, estaría dado clases en mi
escuela. ¿A quién le tenía que avisar de mi nueva actividad?

¿A la señora Aurora? Parece que para ella ya no
existo; ni un recado verbal más, ni una palabra para
mí en sus cartas. Para Asunción dejé de ser su… ¿Su…
qué? ¿Amiga? ¿Compañera? ¿La hija de la lavandera?

La verdad que siempre me trató como amiga y compañera
y nunca tuve ni de ella ni de su familia ninguna
actitud denigrante; pero se fue a Morelia y ahora me
dicen que está en un internado para señoritas en San
Luís Potosí y se olvidó de mí. Especial aprecio tengo
con Lupita, fue conmigo como la abuela que nunca
tuve; ahora de viaje con sus familiares, los que tienen
la intención de llevársela ya con ellos a Penjamillo; no
tiene realmente a que quedarse aquí. Si doña Jovita y
la nana Elvira se van a Morelia y si Amelia está ya por
casarse: ¿Quién queda pues en esta casa? Dicen que
la prometida del señor Felipe es una joven de apenas
mi edad y no creo me quiera tener como huésped en su
casa. Definitivamente, ya no debo de permanecer aquí.

Por lo pronto, me guardo el decirles de que voy a dar
clases, ya mañana se va Esteban y el marido de Toñita
y no quiero que se entere todavía la señora Aurora.
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