Panorámica aérea de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Francisco Magdaleno Cervantes.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Por cuento propio I


Andabas corriendo riesgos
por Jaime Ramos Méndez

Andabas corriendo riesgos. Decías que no. Salías a deshoras de la noche. Encuerado, sin piyama. Tapado sólo con una hoja de parra. Bueno, no. Tan solo con un trébol de tres tristes hojas.

Solías madrugar para ver si así amanecía más temprano. Y no. La puesta del sol te tocaba demasiado tarde y la primavera en las primeras semanas del otoño. Nunca nada estuvo bien ni nada nunca tan mal y tan de malas.

Te hervías un sorbo de agua para hacerte un café soluble con sabor a té. “Te-he de querer”, pensabas siempre solitario y cabizbajo. Deshojabas dos o tres láminas de nostalgia y entrabas en la penumbra de las cavilaciones. Rompías tus propias marcas de jornadas taciturnas y desvelos. Hacías de tu culo un papalote volando en el cielo negro de luna llena.

Luego todo era tener qué levantarte. Caerte de la cama. Dejarte caer, pues. Casi levitando arrastrándote a la orilla, pero caerte al fin y al cabo.

Ya casi gateando, ya tambaleándote, llegabas por fin a ahogarte en la regadera y con un desánimo a cuestas intentabas cantar una como Pedro Infante, pero con la tonadita de cantando bajo la lluvia y poniendo la cara de lo que el viento se llevó.

Luego a ver qué ropa te ponías. Si estaba lavada, bueno; y si planchada, mejor. Y a ver si sí te combinaba.

Salías temprano, como en pasarela y sobre alfombra roja. Traías peinado hasta el pubis. Olías a jabones, champús y geles. Te bañabas también con tu perfume favorito y apestabas a gloria.

En la calle flotabas en el ambiente. Te codeabas con musas y te rosabas con dioses. Subías a la nave espacial que te transportaba a tus deberes. En el asiento público te tocaba sentarte junto a la chica privada. Todo allí era lugar de no fumar.

Llegabas a la chamba y otra vez te tocaba hacer la rutina. No querías saludar a nadie. Te topabas con tu jefe que siempre algo te advierte. Asentías. El tedio de ayer te esperaba desde hacía rato, impaciente. El reloj se esmeraba en contarte segundos que no se atoraban en el fango del ambiente. Contabas todo, todo el tiempo, hasta los cigarros que te fumabas y las tazas de café.

Sin hambre salías a comer a la misma fritanga de ayer.

Desde un estado onírico de repente despertabas y te descubrías aún allí.

(Imagen obtenida de photoforum.ru)

Para una Monografía de Zamora II


Zamora es una población que estrenó muy precozmente su título honorífico de Ciudad. Según una tradición orgullosamente zamorana, fue nada menos que el Padre de la Patria, Don Miguel Hidalgo y Costilla, quien a su paso por la Villa de San Martín Zamora, en su carrera libertaria por la Ruta de la Independencia, en emotivo brindis celebró por encontrarse en «la ilustrísima ciudad de Zamora».

Una tradición local sitúa la fundación de Zamora a partir de la construcción de un fuerte, por disposición del virrey Antonio de Mendoza, en la frontera entre el centro del país,ya conquistado, incluyendo al Imperio Tarasco o P’urhépecha, y la amplia región hacia el norte, dominada por los bravos y escurridizos chichimecas.

Los estudios con rigor historiográfico, iniciados por el zamorano Arturo Rodríguez Zetina, distinguido notario público y cronista oficial de la ciudad, aportaron otra versión de la fundación: por falta de habitantes españoles, el reconocimiento como villa del asentamiento poblacional sobre lo que ahora es el Valle de Zamora no se produjo sino hasta que el virrey Martín Enríquez de Almanza dispuso sumar unas veinte familias españolas a las ya avecindadas y despachó al doctor Alonso Martínez, juez de comisión por su “Majestad”, para que pusiera orden en la distribución de las tierras y declarara fundada la Villa de San Martín Zamora el 18 de enero de 1574.

Fue hasta la segunda mitad del siglo XX en que la coexistencia de la versión tradicional y la versión histórica se tornó en polémica: Zamora tuvo dos fechas de nacimiento, dos padres fundadores y para colmo la duda respecto a la identidad de su santo patrono, pues resulta que el calendario católico registra dos santos «martines»: San Martín de Tours o Caballero y San Martín Cid, y la tradición fundacional no especifica a cuál de los dos santos se refiere (además de que el primero se celebra los 18 de enero y el segundo nació en Zamora, España).

Incluso a principios de la década de los años 80, el Ayuntamiento zamorano solicitó a la UNAM un veredicto histórico al respecto, y con base en su resultado oficializó la conmemoración de la fundación de Zamora de acuerdo con la versión histórica.

Quienes siguieron defendiendo la versión tradicional, lo hicieron con argumentos que caen por su propio peso, como el señalamiento de que en Catedral se encuentra una elegante placa –que ya casi nadie advierte– pero testifica la solemne celebración del 400 aniversario de la fundación en su fecha defendida. Esta versión tradicional sobrevive en la actualización cada vez más débil de la controversia y solamente en los cada vez menos sobrevivientes que aún la enarbolan.

Las autoridades municipales, pues, declararon la celebración oficial de los aniversarios de acuerdo con la versión histórica. Desde entonces, se conmemora sin más elocuencia que la del acto cívico de rigor: reunión placera de las autoridades civiles y militares, educativas y culturales; con invitados de honor, orador oficial,
maestro de ceremonias y alumnos acarreados desde sus aulas hasta la resolana.

(Imagen de Zamora obtenida de un archivo resguardado en la Biblioteca de El Colegio de Michoacán. Nota: la imagen se amplía haciendo click sobre ella con el cursor del ratón).
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