Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
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jueves, 6 de diciembre de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Primera visión de Zamora




Primera visión de Zamora

Por Armida de la Vara

Hace como treinta y nueve años pasé por primera vez por Zamora, rumbo a San José de Gracia. Iba invitada por los padres de Luis, con quien iniciaba yo un noviazgo que duró dos años. Recuerdo que, medio adormilada por un viaje nocturno que duraba muchas horas, pregunté al chofer del camión dónde estábamos.

-Vamos saliendo de Zamora; más adelantito esta Jacona –me notificó.

Corría el camino a lo largo de una hermosa calzada. Yo, como quien dice recién llegada del semidesierto sonorense, aquella frondosidad me pareció un paraíso. Desde entonces me nació el deseo de vivir alguna vez en Zamora, cerca de aquella calzada umbrosa de color verde. Muchos años después se hizo realidad esa ilusión, cuando Luis llegó a Zamora a fundar El Colegio de Michoacán, y yo vine de México para estar a su lado.

Por las tardes, cuando ya refrescaba un poco, íbamos a oír el concierto de los pájaros. Nos sentábamos sobre unas piedras, cerca del cine Chaplin, y contemplábamos las evoluciones increíbles de miles de aves (¿serían gorriones?) que gorjeaban todos a la vez. Veíamos cómo los pájaros jamás chocaban y pensábamos que el sistema de radar que ellos poseen debe ser muy eficiente. Cuando se colocaban entre las ramas del corpulento eucalipto y cesaban sus cantos, Luis y yo regresábamos a la casa de la Nueva Luneta.

Pero un día amanecimos con la novedad de que habían tirado el eucalipto. Ya algunas personas arrastraban las ramas del árbol, que iban dejando sobre el pavimento una huella brillante. Aquello era como para llorar. Un árbol menos en la calzada significaba mucho para los pájaros, para mí y para todos.

Ya no hubo concierto vespertino; seguramente los gorriones buscaron otro árbol para guarecerse, lejos de ahí. De una u otra forma, los árboles de la calzada, me demostraron lo más entrañable
que esta ciudad tiene. Que Dios nos los conserve así por muchos años.

San José de Gracia, Mich., el 27 de octubre de 1991, día de san Florencio.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Vía libre para corredores



Vía libre para corredores
(Fragmento)


Ahora no es tan grato caminar por las antes quietas calles del Fovissste. Cada vez hay que desplazarse más allá, pues la fiebre de la construcción va carcomiendo las buenas tierras para el cultivo, van desapareciendo lotes vacíos y las calles, tomadas a la mala por los materiales de construcción, hacen más difícil el paseo. Sin embargo nos animamos a ir por ahí –con esperanzas de hacerlo despreocupadamente–, por la calzada Zamora-Jacona, ojo avizor para no pisar alguna cosa inconveniente o meterse a un charco de aguas de dudosa procedencia.

Para qué es más que la verdad, todavía se puede hacer un bonito ramo de florecillas amarillas, e incorporar uno que otro girasol de los pocos  que quedan de la temporada. Se acabaron las amapolas, es verdad, pero ciertas espigas se mecen al compás del aire fresco del otoño, anuncio de un invierno que nunca llega a mayores. Siempre me asombra que la Navidad se festeje sin abrigo, sin nieve ni hielos y sí con un poco de calor.


Zamora, Mich., el 18 de noviembre de 1985, día de santo Tomás, apóstol.

jueves, 11 de octubre de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - El nido




EL NIDO

Prendido a una rama colgante de mi bugambilia, he descubierto un nido. Es un nido pequeño, tejido primorosamente con finas fibras. Lo hizo una pajarita diminuta y vivaz de gris plumaje, quizá de la familia de los gorriones. No estoy segura.

Siento de veras no haber presenciado toda esa labor de tejedora; habría sido hermoso contemplar cómo el nido iba conformándose y cómo la pájara lo acolchonó con sus suaves plumas.

La algarabía de los polluelos me hizo un día mirar hacia la rama florecida y allí estaba la obra de la arquitectura más perfecta, con tres pajaritos desnudos, con los picos abiertos. Eran como tres corazones rosados palpitantes.

Desde que descubrí ese nido he estado pendiente de él, temiendo que las tormentas que zarandean las ramas lo vayan a desprender, o si los hilos de agua o los goterones ahoguen a los polluelos. Pero no; después de todo el nido ha permanecido como si nada.

La pájara supo bien por qué hizo en esa rama inquieta la casa para sus hijos. Creo que ni un gato podría trepar hasta allá; la fragilidad de la rama no podría sustentar su peso y lo haría caer. Sólido en su fragilidad, flexible el tejido, sigue los ires y venires del viento y de las brisas veraniegas.

De antemano, estoy disfrutando el momento en que la pájara los enseñe a volar. En primer lugar, los aleteos dentro del nido fortalecerán los músculos del vuelo; después el nacimiento y disposición de las plumas del ala, unas más largas más intermedias, todas están concentradas para que el ave suba, haga arabescos y descienda suavemente.

La pájara buena maestra, sabrá cuándo ha de dar el empujón decisivo. Ya cuando los pajaritos aprendan a volar, quedará el nido vacío.

Zamora, Mich., el 2 de septiembre de 1986, día de san Antolín.

Fotografía de Alberto Vázquez Cholico.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Es la nostalgia




ES LA NOSTALGIA...

En el mes de febrero florecen las jacarandas en Zamora. Se adelanta la primavera y los rosales estallan en los jardines domésticos, cuidados por manos diligentes y amorosas. Empieza a entibiarse el ambiente y a mediodía se siente ya la picadura del sol. Muy temprano aún nos despierta la algarabía de los gorriones en el árbol cercano. Resabios del invierno, todavía por la mañana hace algo de frío.

Si se sale a caminar a esas horas hay que ponerse ropa abrigadora, aunque después, con el ejercicio de una pausada caminata, entra uno en calor. El amanecer es bueno para caminar, cuando todavía el tráfico no enrarece el ambiente, cuando los niños que van a la escuela aún duer­men, cuando sólo la calzada que da acceso a Jacona pregona el paso de los camiones de carga con sus escapes abiertos.

Sé que voy a extrañar todo esto. Lo noto cada hora, cuando pienso que es tiempo de empacar cosas. Luis, ilusionado con la biblioteca que estrenará pronto en San José de Gracia, llena de cajas y cajas de libros.

Ya hay en la casa grande que fue de sus padres más de sesenta cartones repletos Y todavía aquí, en Zamora, se ven los libreros casi llenos. No quiero imaginar lo que será el traslado de los veinte mil volúmenes que hay en México.

Me despierto preocupada, como impotente para empezar la enorme tarea que se me viene encima. No sé qué cosas hay que empacar primero, qué se quedará aquí, mientras se termina la casita de La Loma. La multitud de cuadros me causa escalofríos; los platos, vasos, ollas y cazuelas también; ya no digamos las macetas y arbolitos que necesitan plantarse, racionalmente, aquí y allá.

Extrañaré a los vecinos, a los niños que crecieron tan rápidamente que ya son unos adolescentes ruidosos y sanos, estrenando noviazgos efímeros, pero apasionados; extrañaré a las amigas; a El Colegio de Michoacán... Si esto no es nostalgia anticipada, no sé cómo llamarla.

Zamora, Mich., 10 de febrero de 1987, día de san Silvano

lunes, 2 de julio de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Otros lares, otros ámbitos







OTROS LARES, OTROS ÁMBITOS

Anoche llegué a Zamora, después de un mes de ausencia, y la encuentro florecida toda de jacarandas, de laureles, de rosales. Todavía no me ubico; hoy en la mañana, al despertar, no sabía si estaba en Opodepe, en Hermosillo, México o San José de Gracia. A tientas buscaba el buró donde había dejado mi vaso con agua, cuando aquí no está a la izquierda de la cama, sino a la derecha.

Todavía ando destanteada, pues, y contemplo la ciudad con ojos de recién llegada, de tal suerte que en mi casa buscaba los platos en un mueble de la cocina, cuando ya están bien ubicados en otro del comedor.

Vengo todavía con la visión de los seris vendiendo sus figuras de palofierro en el Desemboque y Bahía Kino, sus collares de conchas y caracoles, su miel de pitaya que trasciende todavía el olor de la montaña Kunkaak. Viento elemental, tonificante, puro. Ni una nube turba el azul casi añil del cielo que cae como bendición sobre los viñedos intermina­bles de la costa, sobre los trigales casi maduros, sobre la sierra que todavía atesora, en su cima, un residuo blanco de la última nevada.

Ahí el imperio de la carne machaca, las tortillas de harina, las coyotas, las pepitorias aderezadas con nuez, semillas de calabaza y ajonjolí; ahí el olor a orégano serrano y las mil exquisiteces de las hierbas del monte que todo lo curan, y el aroma del azahar que dobla las ramas de los naranjos.

Los arroyos corren límpidos sobre un lecho de cantos rodados; sus aguas incontaminadas apresuran nuestra sed y el deseo de metemos a la corriente cristalina; el olor a jarilla, a flor de tésota y chicura recuerda nuestra infancia incursionadora por las vereditas que llevaban al río, todo un contexto de vida sencilla, con el sol cayendo a plomo en los largos veranos es ese volver al origen, fascinada con el recuerdo.

Sé que allá están mis raíces, la raigambre elemental; sé que en la torturada ciudad de México están mi casa y mis hijos; sé que en San José de Gracia quizá vaya a quedar mi osamenta, pero sobre todo sé que en Zamora están mi aquí y mi ahora, pues "donde está tu tesoro ahí está tu corazón".

Zamora, Mich., el 17 de marzo de 1986, día de san Patricio

lunes, 14 de mayo de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Los Relámpagos de Agosto




LOS RELÁMPAGOS DE AGOSTO

He regresado de México a Zamora por la vía corta, pasando el Bajío. En pleno domingo, cuando se supone que la gente descansa todavía del ajetreo semanal, la terminal de autobuses está a reventar. Camiones y más camiones se estacionan para vaciarse y volver a llenarse. Allí no se nota la crisis, pues el alza de las tarifas parece no afectar la economía de esa multitud que, antes de tomar asiento en “la unidad”, se provee de tortas, refrescos, dulces, fruta, pan, palomitas y un buen tambache de cuentos y novelas de “monitos” que son devorados al unísono, sin importar el vaivén del camión en movimiento.


Salimos a tiempo, a la hora indicada, lo cual es algo extraordinario. y o no traía ni libro, ni periódico ni nada para leer; cuando viajo de día prefiero ver el paisaje y admirar los contrastes del verde con el rojo y amarillo de las flores del campo punteado con el blanco de las garcetas que, de perfil, tragan mosquitos y pescados a discreción.


 ¡Cuánto ha llovido estos días, Dios mío! A uno y otro lado de la carretera se improvisan arroyos y lagunas que incrementan su contenido con la incesante llovizna o la lluvia tormentosa y relampagueante. Las nubes negras se van aproximando como toros furiosos, echando chispas de electricidad en quebrados relámpagos, antes de oír el estruendo de la descarga que nos hace presentir horribles hecatombes.


Desde Querétaro hasta Zamora, camino más agradable con la com­pañía de Blanca Rocha, con quien coincidimos también en el viaje de ida, compartimos la visión del paisaje anegado de aguas apresuradas y espumosas. ¿Qué se hace todo ese caudal? ¿Habrá presas bastantes para recogerlo y guardarlo, como la hormiga previsora de la fábula para los tiempos de secas? Pregono mi ignorancia en ese sentido, mas mucho me temo que como viene esa agua así se va, no sin antes “agüetar” las milpas y dejar inconcluso el crecimiento del sorgo, que ya granado, pinta el paisaje de rojos y marrones.


Al llegar a Zamora, las cajas de agua rebosantes amenazan vomitar demasías hasta la carretera, esas cajas de agua, nidales de mosquitos que tiene uno que evadir a fuerza de pabellones repelentes y mágicos humos de hierbas olorosas. De todas maneras es bueno regresar a Zamora que, como su homónima española, “no se tomó en una hora”.

Zamora, Mich., el 19 de agosto de 1985, día de san Luis Gonzaga

Fotografía de Alberto Vázquez Cholico

jueves, 22 de marzo de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Las cruces adornadas





LAS CRUCES ADORNADAS

Era un lindo espectáculo ver las cruces adornadas. Allá arriba de las construcciones ostentaban sus cintas de colores ondeando al aire. Arte efímero, como dijera de sus pinturas por un día José Luis Cuevas. La mano artista de un albañil anónimo escogió los colores y los fue combi­nando a su antojo, sabiamente, con esa sabiduría natural que nace no se sabe de dónde.

Uno no se explica cómo la ciudad está en plena construcción en una época en que los materiales suben desmesuradamente día a día; parece que la gente se ha apresurado a construir para ganarle la delantera a la guerra de los precios. Por dondequiera, en consecuencia, se ven materia­les de construcción en plena calle, obstruyéndola al tránsito y declarán­dola propiedad particular. En la Nueva Luneta permanece así una calle desde hace dos años. Cuando vine a vivir aquí ya estaba un carril en la calle obstruido, obligando a los automóviles a usar el otro carril en dos sentidos. Creo que una buena medida sería que las autoridades compe­tentes requisaran ese material para obras de interés social.

Pero les estaba contando de la hermosa costumbre de las cruces adornadas. Tras cada cruz hay un convivio. Los hombres de la pala y la cuchara festejan su día platicando, comiendo, bebiendo y, a veces, entre rasgueo s de guitarra, cantando. No falta quien, con la euforia del mo­mento, se tire al ruedo del baile.

Allí el parlanchín echa su cuarto a espadas; el contenido como don Carlos, no se sale de la raya jamás; hay otros que un poco aparte, beben su cerveza parsimoniosamente; callados "no más milando"; los jóvenes tímidamente, y a fuerza de animarlos, van tomando las rebanadas de jícama o sandía que se acaban a mordisco limpio, contra el aire. No faltan los que quieren platicar un poco con los dueños de la construcción, así se establece una comunicación "muy padre", como diría cualquier jovenazo de hoy. Así va uno sabiendo cómo ellos se ganan el pan nuestro de cada día; se entera uno de que la señora acaba de tener un bebé; que la hija va a la secundaria; que están haciendo un baño más grande y a propósito ahora que los hijos van creciendo.

Tortilla tras tortilla, la canasta se va vaciando, las cazuelas llenas un poco antes de sabrosa tinga, de arroz, de chicharrones en salsa verde declaran su sabrosura. Los hombres comen entre chascarrillos y risas y algunos, rezagados, prefieren entrarle a la bebetunga, hasta donde el cuerpo aguante. Es un convivio reconfortante y aleccionador que debiera darse con más frecuencia, forzando fechas y festividades. Cada ladrillo pegado, cada cimiento, cada columna, debieran ser motivo para dar gracias a los hombres de la cuchara y la pala.

Zamora, Mich., el 3 de mayo de 1985, día de la santa Cruz

Nota: la fotografía de la cruz adornada fue tomada de: ramoyam1.blogspot.mx

lunes, 20 de febrero de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - El invierno de todos tan temido


El invierno de todos tan temido

Afuer de gente sustancialmente sana [sic], tengo verdadero pavor de ir al médico. Sólo cuando la situación no admite demora me decido, como quien va al matadero, a tomar rumbo al consultorio a los laboratorios de análisis clínicos. Mala costumbre esa, malísima. No se la recomiendo a nadie y espero que nadie tome mi pésimo ejemplo. Por otra parte, sospecho que abunda la gente como yo, y que son muy pocos los que gozan ver cómo la aguja penetra en sus venas o que les fascina el chirrido de los instrumentos de dentistería. De todo hay en la viña del Señor, pues.

Esperar que llegue la señorita laboratorista y ver cómo la cola se va engrosando es un deprimente espectáculo, digno, sin embargo, de ser mirado con curiosidad. Ahí el amibiásico con su cara pálida, apretando en el puño la bolsita de plástico tratando de que no se vea lo que contiene el presentido frasquito; allí el niño llorón, que ya sabe lo que le espera; la señora gorda con cara de dolorosa; la casada joven sospechosa de embarazo, mano con mano de su flamante marido, lleno de esperanzas; la señora de posibles feliz del resultado de unos análisis que la llevarán directamente con el cirujano plástico que ha de dejarla joven, joven, bella, bella y restirada, restirada.

Muy otra cosa es la viejecita que mira el vacío, como quien nada espera ya, pues como ella dice: vengo aquí nada más por mis hijos, para que estén tranquilos. Si por mí fuera me quedaba quieta en mi casa. Yo ya viví mi vida, tuve ocho hijos, tengo diez nietos, ¿no le parece que ya es bastante? Como dicen, estoy viviendo días extras y no hay para qué alargar una vida que ya dio todo lo que tenía que dar. Allá arriba y la viejecita saca un brazo flaco y un dedo que hace juego con el brazo allá arriba está quien nos va a poner la raya y hasta allí nomás vamos a llegar. Para qué tanto brinco ¿no?

El niño llorón ya salió después de dar unos berridos espantosos, con la cara llena de lágrimas y atragantándose con una paleta que le regala­ron; entra la señora joven estrenando traje de maternidad cuando apenas le harán la prueba del embarazo, toda sonrisas tiernas con el marido, luego entro yo al infierno de casi todos tan temido, extiendo mi brazo sobre una blanca almohadita, aprieto la mano, cierro los ojos y apenas puedo decir: ¡Que tenga buena mano, señorita!

Zamora, Mich., el 23 de abril de 1985, día de san Jorge






"De lo cotidiano" es un libro publicado en 1997 por El Colegio de Michoacán y el Semanario Regional Independiente Guía. Su edición estuvo al cuidado del doctor Herón Pérez Martínez. La corrección de estilo corrió a cargo de Luis Verduzco y la composición tipográfica es de la señora Aurora del Río Macías. Las fotografías del libro son creación de Alberto Vázquez Cholico.

lunes, 16 de enero de 2012

Doña Armida de la Vara - De lo Cotidiano - Primavera zamorana en pleno invierno

Primavera zamorana en pleno invierno
Parece increíble que aún estemos en invierno. Cronológicamente, éste se prolonga hasta el 21 de marzo, cuando en los países europeos eclata la primavera, esa primavera prácticamente instalada en Zamora desde hace más de un mes.

Hace calorcito a medio día, aire estremecedor por aquello de "febrero loco... marzo otro poco", y un frío sabroso en las madrugadas. Todavía (¡aleluya!) no hay mosquitos que nos desvelen aunque ya empiezan las moscas a puntear puertas, redes y ventanas. Todavía, para extinguidas, basta matamoscas normal, de esos manuales de plástico de colores. Ya veremos más adelante...

Eso sí, las hormigas ya casi acabaron con mi durazno en floración, un durazno nacido de un hueso que ocasionalmente quedó semienterrado por ahí. Ya procuraré –"a niño ahogado pozo tapado"– echar en la boca de! hormiguero unas cuantas gotas de disel, según la última receta obtenida en circunstancial conversación.

Por otra parte, los grillos empiezan a insinuar su cantinela intermi­nable y las ranitas verdes comienzan a sorprendemos a fuerza de repen­tinos saltos y encontronazos. Toda una fauna diminuta nos dice que sí, que ha llegado la primavera.

Los jardines zamoranos también nos la anuncian a gritos, es decir, a fuerza de flores. Flores perfectas como las rosas, cuyos pétalos forman la arquitectura más armoniosa que darse pueda; el erguido tulipán (que en mi tierra se llama obelisco), el variado color de los laureles que aunque para mí es una flor funeraria, son una oportunidad de llenarse los ojos de color, las motas de los geranios, el rosado de los almendros y el lila aristocrático de las flores del árbol de orquídeas, tan frecuente en las calles que son blanco fácil de niños depredadores.

Recuerdo, a propósito de esto, que desde la primaria nos enseñaron a cuidar cada arbolito, cada planta, cada brote verde. No en vano pasé mi infancia en pleno desierto. Recuerdo también que todos los días cantába­mos en la escuela:

Cantemos al árbol
que voy a plantar,
si Dios lo protege
del fuego y del viento,
salud y riqueza dará,
salud y riqueza dará

Y nos esmerábamos cuidándolo, celebrando cada retoño como algo muy entrañable y nuestro. Ojalá en las escuelas hicieran conscientes a los niños de que los árboles son nuestros hermanos, nuestros benefacto­res, que nos llenan la vida de color y alegría.

Zamora, Mich., el 26 de febrero de 1985,
día de san Néstor.






"De lo cotidiano" es un libro publicado en 1997 por El Colegio de Michoacán y el Semanario Regional Independiente Guía. Su edición estuvo al cuidado del doctor Herón Pérez Martínez. La corrección de estilo corrió a cargo de Luis Verduzco y la composición tipográfica es de la señora Aurora del Río Macías. Las fotografías del libro son creación de Alberto Vázquez Cholico.


lunes, 15 de agosto de 2011

Doña Armida de la Vara - De lo cotidiano - Un domingo en la plaza de Zamora , Michoacán

Un domingo en la plaza de Zamora

Un sano ejercicio, el de caminar y pasear curioseando, se ha casi perdido en las ciudades que ahora le hacen el feo a sus antañosas costumbres pueblerinas. Corno un aire retrospectivo, ese gusto por ir a dar vueltas a la plaza nos pega de lleno cuando una tarde de domingo nos asomamos por ahí, después de misa en catedral. Al contemplar el bullicio, no pude menos que recordar a don Alfonso Iberri, un poeta de mi tierra, cuando en una ciudad de Estados Unidos rumiaba su aburrimiento dominical:

Domingo presbiteriano
que se amodorra de hastío
en el perímetro urbano:
soledad, pereza y frío
van tomados de la mano...

Y me imagino a don Alfonso, enfundado en su infaltable abrigo gros, caminando por alguna calle solitaria y silenciosa, sacando a pasear su hastío.

Muy otra es la impresión de un domingo en la plaza zamorana. Hay sorpresas, corno la de un señor que rifa pasteles.* Parece que cada domingo dedica las ganancias a alguna institución de servicio social: escuelas, orfanatorios, asilos; así, si uno no se saca de aquellos apetito­sos pasteles, por lo menos se queda con la ilusión de haber contribuido con algo a una obra benéfica. Pero la cosa no termina allí: aquel hombre es corno un anuncio vivo de alguna tienda de abarrotes, peluquería o sacacallos, dentista o ropería. Es toda una empresa anunciadora que funciona muy bien en su intento multiusos.

En el kiosco la banda echaba su cuarto a espadas. El chorro de sonidos se extendía por los alrededores de la plaza, mientras los vende­dores de chicharrones de harina, paletas, helados, aguas frescas, fruta picada, dulces, chicles, churros, tortas, salchichas y buñuelos hacían su agosto. Un amontonamiento de niños, cuyas galas domingueras, ya en plena decadencia, ostentaban chorretes de salsa, refrescos y jugos diver­sos se arremolinaba alrededor de los enormes canastos, de los carritos, de los "puestos". Mas todo eso abandonaban apresuradamente si la banda empezaba una "pieza", pues todo ese gárrulo alboroto se volcaba alrededor del kiosco. ¡Qué magnífico espectáculo! Cientos de niños se arrojaban a bailar con toda su alma, unos tomados de la mano de mamá o papá, otros formando grupitos –encadenamiento  de brazos y ritmo­– cayendo y levantando, con mocosa sonrisa contagiosa.

Mis consuegros (los Maass) pensaban en el paraíso de Tláloc, y casi no querían creer lo que veían. Para ellos –capitalinos ciento por ciento­– era corno pasar a otra entidad física y anímica casi casi desconocida. Sin apenas damos cuenta entramos en esa corriente giratoria, enredados en la música, entreverados en la alegría inconsciente de la chiquillería. Les aseguro que fue un momento de exaltación indescriptible, verdadera­mente excepcional.

Por eso digo que, teniendo a la mano la oportunidad de gozar de esas cosas pequeñas, vulgares, cotidianas, podemos curamos del deseo inmoderado de inventamos diversiones caras, de caer en el estéril consumismo. Vayamos a la plaza este domingo, y gocemos tornando parte en el espectáculo.

Zamora, Mich., el 9 de octubre de 1984, día de san Dionisio.
Doña Armida de la Vara
Fotografia de Alberto
Vázquez Cholico

* (El hombre de los pasteles en la plaza, a quien se refiere Doña Armida, es don Flavio Pérez Ruiz, a quien vemos en la fotografía de abajo en su tienda, Almacenes Pérez Ruiz, en los años 50's -fotografía proporcionada por Alejandro Pérez Pedraza-).

 Don Flavio Pérez Ruiz

 La fotografía de la plaza en vista aérea es de Carlos Magaña.

"De lo cotidiano" es un libro publicado en 1997 por El Colegio de Michoacán y el Semanario Regional Independiente Guía. Su edición estuvo al cuidado del doctor Herón Pérez Martínez. La corrección de estilo corrió a cargo de Luis Verduzco y la composición tipográfica es de la señora Aurora del Río Macías. Las fotografías del libro son creación de Alberto Vázquez Cholico.
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