Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
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sábado, 11 de junio de 2011

Parque Nacional Lago de Camécuaro - Guillermo Fernández Ruiz


Camécuaro, es un pequeño lago, un vaso natural de aguas límpidas y transparentes cuyas márgenes están limitadas por las multiformes raíces de ahuehuetes o sabinos milenarios.



Su flujo permanente nace de un sinnúmero de manantiales que borbotean el agua casi a flor de tierra, y la confluencia de sus aguas, a la altura de un lugar llamado Las Adjuntas, con la de los ríos de Tlazazalca, Chilchota y La Huarucha, forman el caudal del Río Duero, padre vivificante de la cuenca agrícola zamorana o del noroeste michoacano.


«Camécuaro», según algunos estudiosos [filólogos y etnolingüístas) quiere decir «lugar de aguas amargas», o «lugar de hierbas amargas», en apoyo a esta teoría fray Juan Bautista Lagunas explica que procede de los vocablos p’orhe cameni: amargo; kua: cubierto u oculto y ro: como indicativo de lugar, de donde resultaría «lugar de la amargura oculta».


Según la definición del licenciado Eduardo Ruiz, la etimología de la palabra es la siguiente: del verbo huacameni -caer en un estanque hondo-, y la misma partícula ro que es indicativo de lugar, se forma la palabra huacámecuaro: «lugar donde caen al estanque»; y reafirma el profesor Francisco Elizalde en su Descripción del Escudo de Armas de Tangancícuaro:


«Camécuaro, donde se meten apresuradamente al agua». La posible razón de este nombre es que en las márgenes del lago vivía un animal muy apreciado por la finura de su piel, la nutria [Lutra annectens), cuya defensa ante la presencia del hombre consistía en echarse rápidamente a nadar. En la actualidad esta especie está extinta en la región [1]. Consideramos que la diversidad de propuestas sobre la etimología del vocablo «Camécuaro» y las opiniones sobre sus posibles significados más que llamar a confusión engrandece nuestra cultura
y enriquecen nuestras tradiciones.


En la época de esplendor del Imperio p’orhé, se construyó junto a la margen izquierda del río una yácata que servía de adoratorio de Cutzé. La imaginación de los sacerdotes pobló de dioses tutelares la naturaleza del lago y su invención mitológica y épica tejió hermosas leyendas. Por desgracia la ignorancia, el tráfico ilegal de antigüedades y uno que otro ‘arqueólogo’ aficionado, destruyeron los restos arqueológicos y sólo quedaron en el recuerdo de los viejos memoriosos algunas leyendas.


Para preservar la integridad del lago y de sus milenarios sabinos, fue declarado Parque Nacional por decreto presidencial el 8 de marzo de 1941, Y ha pasado a poder de la Sub-Secretaría Forestal y de la Fauna primero, y después a la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología. Por acuerdo del 6 de octubre de 1978, firmado por el Ejecutivo del Estado, se reintegró a poder del municipio de Tangancícuaro, y desde el 11 de octubre de 1979 su administración está en manos de un Patronato Municipal.


Para cantar su belleza, describir toda la gama de colores que durante el transcurrir del día despliega la luz del sol reflejada en el lago y la belleza de sus tonos cambiantes según las estaciones del año, debemos citar al licenciado Eduardo Ruiz, cuando afirma:


El presidente municipal de Tangancícuaro, señor Antonio Zamudio Martínez, invitó hace algunos meses a un grupo de ingenieros y arquitectos de Zamora a dialogar acerca de un proyecto para el rescate y dignificación del Lago de Camécuaro.
En esa ocasión los profesionistas del gremio le sugirieron
que se evitara la entrada de vehículos al área del lago.
Esta sugerencia ha sido realizada en el actual proyecto.
De hecho ya no se permite la entrada de vehículos a esa zona.


 Los resultados han sido satisfactorios. La mayor parte de los visitantes aceptan la medida porque se ha incrementado la seguridad, se ha eliminado la contaminación visual, sonora y del aire y ahora el lugar se desocupa más temprano. Los únicos que han protestado, son quienes acudían al lugar a lavar sus coches o en plan de pachanga.


Cuando se cuente con el servicio del trenecito, el inconveniente de cargar con los bastimentos para la comida se subsanará. Mientras eso sucede, vale la pena la caminada con tal de disfrutar plenamente del entorno natural del lago.


 ... un pequeño oasis encantado.
Es Camécuaro.
Está oculto entre arboledas misteriosas,
a través de cuyas frondas
penetran caprichosos rayos de sol,
formando figuras fantásticas
en la linfa cristalina del escondido lago.

Camécuaro! Debajo de sus
gigantescos sabinos
duermen olas tranquilas,
y en las márgenes,
un manto de puchungaris
embalsama el ambiente.

Allí afluyen los manantiales
que brotan en la orilla,
templando con el calor
de sus corrientes
la helada superficie del río.

A sus inmediaciones brotan
los tres ojos de agua
que le dan nombre
a la población contigua,
llamada hoy, Tangancícuaro.


Además de los funcionarios de la Secretaría de Turismo del Estado, especialmente el delegado regional, licenciado Jesús Álvarez del Toro, merecen especial reconocimiento los miembros del actual Consejo Directivo del Lago de Camécuaro: el señor Antonio Zamudio Martínez, presidente ejecutivo; el señor Florencio Rocha Ayala, vicepresidente, a quien agradecemos la información que nos proporcionó para la realización de este reportaje gráfico; al contador público señor Víctor García Romero, secretario del Consejo; al señor Daniel Álvarez Guerrero, secretario de finanzas; al ingeniero Héctor García Yáñez, secretario técnico, y al licenciado José Alfredo Contreras, comisario del Consejo.


A pesar de que lo realizado no’ corresponde al ideal de crear en Camécuaro un santuario natural puro, lo realizado hasta el momento es digno de reconocimiento. Ojalá que los visitantes a ese Parque Nacional pongan su granito de arena evitando ensuciarlo; haciendo en ese lugar un ambiente autenticamente familiar en el que impere el respeto a los demás y a la naturaleza misma. Camécuaro es un orgullo de nuestra región y debemos restaurarlo con nuestra más plena participación.


NOTA DEL EDITOR: Este texto fue publicado en la revista Entorno, de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C., justo en el tiempo en que estaba en proceso el proyecto de remodelación del Parque Nacional Lago de Camécuaro. Al testimonio que aporta Guillermo, nomenclator oficial del municipio de Tangancícuaro, lo complementaron fotografías de Alberto Vázquez Cholico, de Florencio Rocha Ayala y de Jaime Ramos Méndez.

viernes, 1 de abril de 2011

Las Antiguas casas de Tangancícuaro - Guillermo Fernández Ruiz, cronista de la ciudad

Más precia el ruiseñor su pobre nido...
Poesía popular

El paisaje urbano acepta lecturas e interpretaciones múltiples. Como la historia del pueblo que lo habita, también va cambiando con el correr de los tiempos. Algunas edificaciones permanecen aparentemente insensibles al paso de los años, otras mudan de forma y de función, otras más son derribadas para dar lugar a diferentes formas de construcción y de utilización del espacio.

Dice don Luis González que “...el más humilde de los hogares del hombre permite y promueve largas historias y descripciones...” En Tangancícuaro, como en otras poblaciones rurales, el auge constructivo y modernizador de los últimos cincuenta años ha desplazado lo que podríamos llamar la “antigua casa solariega tradicional”, que, desde La Colonia y hasta mediados del presente siglo, caracterizaba nuestro paisaje urbano.

Construidas bajo la más pura influencia rural española, de gruesos muros de adobe, con techos cubiertos de rojas tejas de barro cocido, en dimensiones variables, organizadas en cuadras que reconocían como núcleo central la plaza de armas y la iglesia principal, cubrían la cuadrícula de lo que entonces era la mancha urbana del pueblo.

Dejemos de lado la descripción de la arquitectura de los edificios religiosos y del orden civil, ocupándonos sólo de las casas-habitación a las que Kubler, el historiador del tema, compara con “...los cortijos andaluces, pues era andaluza en gran parte, la gente que [primero] las diseñó...”

En una sociedad dividida en clases sociales, naturalmente que existían diferencias en cuanto a la disposición y el tamaño de las casas de la clase acomodada y de los pobres; las de éstos últimos no pasaban de ser un par de cuartos construidos al paño de la calle que hacían las veces de dormitorios, y quizá un tejabán rústico que hacía las veces de cocina, un corral largo hacia el fondo con algún árbol frutal, el chiquero, el gallinero, el establo y un retrete de pozo.

Las casas de los pudientes, eran [y aún son, las que sobreviven) otra cosa, ubicadas generalmente en el centro de la población su tipología era clásica, alrededor del primer patio interior estaban las habitaciones principales con un ancho portal que cubría los pasillos interiores, y alrededor del segundo patio, que hacía las veces de huerta y corral [según la ocupación de sus dueños, el comercio, la agricultura, la usura, alguna profesión u oficio), se encontraban las áreas de servicio, de bodegas, de establos, gallineros, corrales y chiqueros; todo el edificio se cubría con techo a dos aguas cubierto de tejas, con tapanco incluido y, hacia la calle, se prolongaban en aleros o ‘pestañas’ que protegían la banqueta de la resolana y la lluvia.

Del zaguán de la entrada hacia el interior, un pasillo de la misma amplitud de los portales del primer patio, servía de acceso a toda la casa; las amplias y altas habitaciones de alrededor del patio hacían las más de las veces de dormitorios de la familia, con puertas y ventanas que daban al portal y, en algunos casos, también con puertas interiores que comunicaban las habitaciones entre sí; el patio generalmente estaba adoquinado, el piso de los portales cubierto de baldosa de barro y el de las habitaciones con una tarima o duela de madera pulida; el segundo patio, generalmente empedrado y, si había corral, tenía el piso de tierra apisonada.

El zaguán de acceso, tan ancho como el pasillo y suficientemente alto para que pudiera pasar fácilmente una persona en su cabalgadura o la misma cabalgadura cargando aperos y costales con granos o los objetos y productos de la ocupación de sus dueños, eran de gruesa madera de pino y estaba subdividido en dos hojas, con una puerta más pequeña o postigo.

Las ventanas, también de recias maderas de pino, con postigo y sin vidrios o cristales. Las paredes interiores y exteriores debidamente enjarradas con aplanadura de lodo, estaban enjalbegadas con cal y un guardapolvo rojo hasta la altura de una vara a partir del piso; la unicidad de color en el exterior de las casas y el aspecto rústico del empedrado de calles y banquetas uniformaba al pueblo en su aspecto.

Estas mismas características, aunque con variantes particulares, tenía la totalidad de las casas que forman las siete cuadras que rodean la plaza y la iglesia; la gran mayoría de ellas, construidas en la segunda mitad del siglo pasado, por maestros albañiles “...que bien le aprendieron el modo y el oficio a los alarifes españoles de otras épocas...”; algunas de ellas ahora debidamente remodeladas, otras mutiladas o divididas, muchas están en ruinas o ya han sido substituidas por edificaciones modernas.

Por tomar una de estas casas como ejemplo, hablaremos en esta ocasión de la casa que ocupa la esquina noroeste de las calles de Miguel Hidalgo y Dr. Octaviano L. Navarro, y aloja al comercio llamado «La Marina Mercante». Según la crónica popular fue construida a mediados del siglo pasado por los descendientes de don Victorino Jasso, que además estaban cercanamente emparentados con don Ángel Mariano Morales y Jasso, por herencia o compra la casa perteneció, después, a don Juan Méndez, dueño de la Hacienda de Canindo, quien a su vez la vendió a la familia Herrera, todavía su actual propietaria; la sólida finca está asentada sobre anchos cimientos de piedra volcánica que profundamente enterrados en el suelo aún se levantan un palmo sobre él; sus anchas paredes de adobe se alzan en una altura promedio de seis metros sobre el suelo y sostienen el tapanco y el techo a dos aguas; su disposición interior es la clásica, con su patio central y un portal amplio que lo circunda, un pasillo lateral que daría al segundo patio, que ahora es una construcción más reciente y separada del conjunto y que debía conformar el segundo patio, huerto y corrales.

En el presente siglo, con el advenimiento de nuevos materiales y modas en la construcción, la casa [como algunas otras] fue siendo adaptada y mejorada: los pisos de adoquín y baldosa fueron cambiados por mosaico y azulejo; el tapanco cambió su función de granero por la de desván; algunos contrafuertes y marcos de puertas y ventanas se cambiaron por canteras talladas; se le instalaron servicios intradomiciliarios de alumbrado eléctrico, agua entubada y drenaje; en las habitaciones, el tapanco desnudo que mostraba sus vigas y tejamaniles fue cubierto por cielo raso de manta decorada con motivos semejantes al del papel tapiz que cubrió los muros interiores; las ventanas fueron protegidas del polvo y la intemperie con cristales biselados, celosías y hasta un vitral.

Una de las más pequeñas habitaciones accesorias se remodeló para albergar el excusado inglés y el baño de tina y regadera, desterrando el antiguo retrete ‘de alcancía’ del corral; con la llegada de las estufas [primero de petróleo y luego de gas embotellado], se desterró de la cocina el fogón de carbón y leña y con él el metate, la tinaja y el molino de manivela; la cochera lateral se vio convertida en ‘garage’ y los establos dejaron de tener función por que el tiro de caballos fue innecesario para tirar del moderno automóvil.

Así, la estructura y revestimientos de éstas viejas casonas se modernizó poco a poco, no así su vieja y noble función: albergar las familias en todo trance y bajo cualquiera de los períodos y funciones de la vida, desde el momento de parir hijos, hasta el de ser velado antes del adiós final, desde la procreación y la educación hasta el ejercicio del trabajo de la vida y los negocios y el retiro senil…

En la mayoría de las descripciones arquitectónicas se obvia que estos cuchitriles están, siempre, llenos de naturalezas vivas y muertas que hacen más confortable y placentera la vida de quienes tiene la dicha y suerte de habitarlos, a saber: plantas y animales domésticos [algunas y unos de cierta utilidad, pero la mayoría de ornato y recreación], enseres y muebles, utensilios, trastos y peroles, aperos, herramientas y adminículos, un titipuchal de cosas y un sinnúmero de etcéteras; aquí también.

La conformidad ecológica de su [bio]construcción y el confort comparativo que brinda habitar en una de ellas, aún está por ponderar. Baste decir, por ahora que, si algunas de estas casas aún se sostienen en pie “...como resistiendo al paso de los años...” no se debe sólo a la nobleza de su construcción sino a las necesarias obras anuales de mantenimiento y reparación de que son objeto por parte de sus cariñosos propietarios y moradores.

(Texto condensado de la ponencia Tangancícuaro: una aproximación a su realidad urbana, publicado originalmente en la revista Entorno, de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C. Las fotografías son de Alberto Vázquez Cholico, oriundo también de Tangancícuaro).

jueves, 24 de marzo de 2011

Imágenes de Tangancícuaro - Guillermo Fernández Ruiz, cronista de la ciudad.

Fundación

En el lugar mismo donde ahora se le llama Las Capillas ya existía una población p’ohorepecha, antes de la llegada de los españoles, que fue congregada y cristianizada por los primeros padres franciscanos, pero se considera que quienes fundaron al pueblo como tal, «sin cédula de erección», alrededor del año 1531, Y realizaron el trazo de sus primeras calles, fueron los frailes agustinos.

Esta primera población se componía de unas pocas calles que reconocían como límites naturales cuatro acequias o ríos: por el sur, el que corría por lo que ahora es la calle Vicente Guerrero; por el norte, el río de El Santuario; por el oriente, el río de La Malora, y por el poniente la acequia que aún corre por El Camino Real. El lugar donde ahora se encuentra la Capilla de El Carmen fue durante muchísimos años la iglesia principal del lugar y esa misma cuadra fue el priorato de los frailes agustinos.

El aspecto urbano de Tangancícuaro durante aquella primera época era el de un población: alrededor de la plaza principal y en la calle principal se ubicaban los caserones de adobe que seguían la concepción de las casas de campo donde los espacios relevantes eran los destinados para guardar a los animales y los utensilios de labranza, con grandes cocinas, huerto para el abastecimiento familiar y en el resto de las habitaciones una idea muy lejana de lo que hoy puede considerarse confort.

Colonia, Independencia y Reforma

Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el pueblo vivió su mejor época dentro del período histórico que llamamos Colonia. Un criollo emprendedor llamado don Victorino Jasso organizó un sistema de comercialización y transporte a base de recuas que permitió a los tangancicuarenses alcanzar cierto grado de prosperidad y le dio cierto renombre al pueblo. La casa de don Victorino estaba ubicada en lo que hoy es el portal norte y comprendía los terrenos donde ahora se encuentra la iglesia y hasta la calle que limita con la calle Doctor Octaviano L. Navarro.

Con el inicio de la Guerra de Independencia se comenzó a alterar la paz social que había prevalecido en la población durante doscientos cincuenta años. Al conocerse la noticia de la llegada de don Miguel Hidalgo a la cercana Villa de Zamora, un grupo de naturales y mestizos del lugar fue a incorporarse a las filas de la libertad, y en su primera batalla en «Tunas Agrias», sufrieron su primera derrota y volvieron a la obediencia virreinal, y el pueblo pagó cara su osadía: según Martín Sámano Magaña, «... El día 30 de octubre de 1816, la partida insurgente comandada por el «Amo» Torres se apodera de la plaza y dicta la sentencia aterradora de que la población sería incendiada, como castigo a la infidencia de sus habitantes a la causa de la libertad...

Las imploraciones de perdón que de rodillas hiciera el bachiller don José Rafael Sarabia, no fueron escuchadas por el inconmovible guerrillero y la sentencia tuvo que ser ejecutada. Únicamente quedaron en pie, salvadas del incendio, la pequeña parroquia, el hospital y la casa tres veces centenaria que había sido convento de los frailes Agustinos...» Tangancícuaro tuvo que levantarse de entre sus propias ruinas. Durante la reconstrucción ya no se respetó la traza original de las calles y, por ganar un par de varas, algunas calles se vieron reducidas a callejuelas.

Durante el siglo XIX el pueblo se recuperó poco a poco. En 1831 Tangancícuaro fue elevado a la categoría de Cabecera de Municipalidad, mientras que el Obispo de Michoacán, don José Clemente de Jesús Munguía en 1854, por su cuenta y riesgo, lo había erigido en curato independiente.

Al ponerse en marcha la desamortización de los bienes eclesiásticos, hubo una recomposición de la propiedad agraria y de la propiedad rural. Las mejores tierras de labor se quedaron en manos de los más pudientes y a los humildes les tocó la periferia del pueblo y tan solo pequeños lotes que poco a poco fueron perdiendo por deudas o por presiones económicas.


Porfiriato
Durante el porfiriato hubo un auge constructivo en Tangancícuaro. En toda la región del valle de Zamora se desarrolló una estructura agrícola-comercial que naturalmente tuvo repercusiones visibles en cierta prosperidad de los habitantes y en la transformación del perfil urbano. Los cambios originaron nuevas necesidades y la adecuación de nuevos espacios para satisfacerlas: mercado, panteón, plaza, rastro.

Tangancícuaro recibe el siglo XX vistiendo sus mejores galas. En la primera década estrena empedrado de calles; se termina la construcción y se redecora la iglesia nueva; se erigen sus torres San Franciscanas, una en 1902 y la otra en 1904; se remodela la plaza y se le adorna con kiosco y alumbrado, en 1906; se construyeron presas, puentes, plaza de gallos; se inauguran los servicios de telégrafo, teléfono y alumbrado público.

La arquitectura doméstica no resultó mayormente contrariada. La tipología de la casa rica no varió: alrededor del primer patio interior estaban las habitaciones principales, y alrededor del segundo patio, que hacía las veces de huerta y corral, se encontraban las áreas de servicio, de bodegas, de establos, gallineros, corrales y chiqueros. Los edificios, todos, se cubrían con techos a dos aguas cubiertos de tejas y se prolongaban en aleros o pestañas que protegían la banqueta de la resolana y la lluvia.

Las casas dedicadas al comercio fueron preferentemente ubicadas en las esquinas, y en ellas se colocó el local de atención al público, con varias puertas de acceso desde la calle por ambas esquinas, y una pequeña puerta que daba hacia el interior y comunicaba las bodegas y almacenes. En el centro de la población se encuentran hasta ahora las construcciones religiosas, del gobierno civil y las viviendas de los cremosos, que debían estar junto a éstas.
    
Revolución

El movimiento revolucionario llegó a Tangancícuaro en el año 1911. La villa se fue despoblando: presas del temor por la guerra, primero, las asonadas y la epidemia de la influenza española, después, las familias que pudieron hacerla se mudaron a las grandes ciudades mientras que otros buscando refugio seguro se marcharon al famoso «Norte».

En el aspecto urbano la revolución no podía alterar el orden establecido ya que, al menos en Tangancícuaro, los revolucionarios pertenecían a la clase acomodada. De 1911 a 1917 las únicas propiedades que cambiaron de mano lo fueron por temor a los bandoleros que merodeaban por la región y nunca faltó algún vivillo que observó dónde los ricos escondieron su dinero y faltando al séptimo mandamiento ingresó en la elite de los poderosos y adquirió casas y terrenos.

La modernidad posrevolucionaria

El crecimiento de la población y la demanda de nuevas necesidades trajeron consigo problemas que el pueblo no estaba preparado para resolver. La falta de viviendas, tanto para la clase trabajadora como para la clase en ascenso, favoreció el inicio del primer fraccionamiento. A los recién dotados ejidatarios, a sus hijos mayores y a sus familias, se les repartieron solares para la construcción de casas en «colonias ejidales». Así nació el famoso barrio de Las Colonias.

Los arrendatarios prósperos, los migrantes nóveles, los comerciantes afortunados y la burocracia revolucionaria en ascenso se ubicaron dentro del perímetro urbano hacia los barrios de Cupátziro y de El Gallo. Algunos ex-arrendatarios que no habían recibido tierra ejidal obtuvieron de los caciques pequeñas porciones de terrenos marginales para hacer sus viviendas. Así surgieron los barrios de El Cerrito, el de La Carretera y el de La Carreterita. El Chayote y La Caña fueron asentamientos casi exclusivamente para labradores y albañiles.

Con la construcción, en 1937, de la Carretera Nacional, los vehículos automotores comenzaron a ser más numerosos en Tangancícuaro. Junto con la modernización, la vivienda y el paisaje urbanos comenzaron a resentir cambios drásticos: se logró la instalación de un sistema de distribución de agua potable del Ojo de Agua a Cupátziro, con una bomba eléctrica, la red de tubería y la instalación de tomas intradomiciliarias; se instaló una red de tubería para drenaje que, poco a poco, fue acabando con la limpidez de las aguas de los ríos y las acequias; el fresco empedrado de las calles, donde crecía maleza, fue substituido por el concreto... Los cambios registrados en la estructura visual urbana de Tangancícuaro, en las últimas décadas, se dice que son propios de las necesidades del crecimiento.
    
Actualidad

De los años sesentas hasta la fecha, Tangancícuaro ha mantenido un ritmo de crecimiento que, si no es espectacular, ha sido constante y sostenido. Las actividades agrícolas siguen siendo un renglón importante de la economía del municipio, por el uso de maquinaria agrícola, la construcción de la Presa del Casangue y la perforación de pozos artesianos para riego, además de que, a los cultivos tradicionales de maíz, trigo, garbanzo y hortalizas, se sumaron nuevos cultivos altamente redituables como el jitomate, la cebolla, la papa, la fresa (sobre todo) y, en los últimos años, el brócoli.

Con el progreso económico y el arribo de los ingenieros civiles y los arquitectos, el paisaje urbano de Tangancícuaro alcanzó nuevas y diversas formas con las casas tipo taco bell, colonial-californiano o estilo Maeva-Las Hadas, mejores en confort y servicios, pero muy distantes de la imagen de las casas tradicionales.

Ni siquiera los templos se han escapado del afán renovador: se reconstruyeron la capilla de El Carmen y la iglesia de La Divina Providencia; se está reconstruyendo el Santuario del Señor de la Salud y, por su derrumbe en los sismos de septiembre de 1985, las torres de la parroquia también fueron remodeladas.

Se remodelaron, además, la Plaza de la Constitución; el Mercado Municipal “Agustín Silva”; la antigua escuela “Esteban García”, que pasó a ser la Casa de la Cultura y el Deporte; los campos deportivos “Gustavo Vera”, “Lázaro Cárdenas”, “Ejidal” e “Imperio”, y la mayoría de las calles de la población.
Recientemente se terminó de construir la “Plazoleta Los Agustinos” y están por concluir las obras de una unidad deportiva y la remodelación del Centro de Salud.

Aunque con cierta benéfica lentitud, el progreso en Tangancícuaro está en marcha.

(Texto condensado de la ponencia Tangancícuaro: una aproximación a su realidad urbana, publicado originalmente en la revista Entorno, de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C. Las fotografías son de Alberto Vázquez Cholico, oriundo también de Tangancícuaro).
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