Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
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sábado, 25 de junio de 2016
Estatua del obispo José María Cázares y Martínez en el Santuario Guadalupano de Zamora, Michoacán - Fotografía de Jacob Sierra Salcido
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Jaime Ramos Méndez
domingo, 9 de febrero de 2014
Fotografías antiguas de Zamora en Michoacán - Señor Luis González en su puesto "El Taquito", en los portales de la Plaza de Armas
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Jaime Ramos Méndez
sábado, 9 de noviembre de 2013
Agustín Arriaga, violinista zamorano de Michoacán - Fotografía de Luis Francisco Duarte Medina
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Jaime Ramos Méndez
viernes, 8 de noviembre de 2013
Miguel Sevilla Carranza, cantautor zamorano de Michoacán - Fotografía de Luis Duarte Medina
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Jaime Ramos Méndez
lunes, 12 de agosto de 2013
Ignacio Sánchez Castillo, organista del Santuario de Guadalupe en Zamora, Michoacán - Fotografía de Israel López Ruiz
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Jaime Ramos Méndez
domingo, 11 de agosto de 2013
Fotografías antiguas de Zamora - El dos veinte, policía zamorano
Conocido como el 2-20 por su estatura, este policía hizo época como uno de los más singulares personajes de la ciudad. En la imagen lo acompaña el licenciado Manuel Arriaga Domínguez.
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Jaime Ramos Méndez
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martes, 6 de agosto de 2013
Ignacio Sánchez Castillo, organista del Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán - Fotografía de Rafael Esquivel Magaña
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Jaime Ramos Méndez
domingo, 4 de agosto de 2013
Monseñor José Esaúl Robles Jiménez, octavo obispo de la diócesis de Zamora en Michoacán
JOSÉ ESAÚL ROBLES JIMÉNEZ
Octavo Obispo de Zamora (1974-1993)
UNA VIDA NORMAL Y UNA BRILLANTE CARRERA
José Esaúl Robles Jiménez nació en Jalpa, tranquila y a la vez alegre Villa de Zacatecas, el 4 de junio de 1925. Sus padres fueron Don J. Refugio Robles y Doña Ma. de Jesús Jiménez quienes, con él y sus hermanos, Carmelita y Nunila (ambas Religiosas), José Ma. (también Sacerdote), José Isabel y José Trinidad, formaron una buena familia, además de cristiana, familia que sirvió de marco a su vida entera.
El pequeño José Esaúl vivió en su tierra natal una infancia tranquila, normal, con el sabor provinciano y pueblerino. Ahí en Jalpa, donde bebió el paisaje y aspiró el perfume de sus naranjales, hizo su Primera Comunión y se mostró siempre como un niño serio, obediente y piadoso, según el testimonio de quienes lo conocieron entonces.
Pronto la familia Robles Jiménez tuvo que emigrar a Aguascalientes en donde Doña Ma. de Jesús, cuidadosa de la educación de sus hijos, consiguió que la Madre Superiora de las Hijas del Sagrado Corazón y Santa María de Guadalupe se llevara a José Esaúl a su Colegio, en la ciudad de Zacatecas, “para que fuera educado cristianamente”.
José Esaúl, además de aquella separación a tan tierna edad, tuvo que sufrir también las incomodidades, carencias y sobresaltos de una vida casi a escondidas, debido a la persecución religiosa, a tal grado que en alguna ocasión le escribió a su madre: “Ven por mí porque nos dan puro atole”.
El 18 de octubre de 1936, a los 11 años de edad, entró al Seminario de Zacatecas, entonces funcionando en una casona de Ojocaliente. Ya desde entonces, aquel chico, “de cejas pobladas y vivaracho”, destacó entre sus compañeros, no sólo por su pequeña estatura, sino por su inteligencia y sentido práctico.
En septiembre de 1938, ya estando el Seminario en el anexo del templo de Jesús de la ciudad de Zacatecas, José Esaúl fue enviado al Seminario de Montezuma, donde era Rector el P. Don Ramón Martínez Silva, S.J., hermano del Obispo Auxiliar de Zamora, Don Salvador Martínez Silva.
Montezuma nunca se apartaría de los recuerdos de José Esaúl... Ahí estudió dos años de Humanidades, tres de Filosofía y cuatro de Teología. Recibió la Tonsura en 1945 y el Subdiaconado, en 1947, mostrándose siempre, además de buen estudiante, como buen deportista (practicó el Hockey sobre hielo, el Beisbol, el Volybol, el Futbol y el Basquet). También fue Redactor de la Revista Montezuma, en la que sus artículos, llenos de ironía y buen humor y bajo el seudónimo de Bernal Díaz del Castillo, eran leídos con gusto e interés.
Una vez de regreso a Zacatecas, en 1947, recibió el Diaconado y el 13 de septiembre de ese mismo año y antes de recibir el Presbiterado, pasó a Roma a estudiar una Licenciatura en Derecho y un Doctorado en Teología, siendo su tesis “La espiritualidad del Clero Diocesano”. Ahí mismo en Roma, fue ordenado Sacerdote el 2 de abril de 1949, en la capilla del Colegio Píolatino de manos de Monseñor Alfredo Viola, Obispo uruguayo
Al volver a su patria, fue nombrado Vicario Cooperador, del Señor Cura Don Antonio Vela, quien lo había recibido al Seminario, lo había enviado a Montezuma y había influido para que lo mandasen a Roma. Fue también Asistente de la ACJM en Guadalupe (tierra del Padre Pro), Encargado del Instituto Hacendario de la Diócesis, Prefecto General y Profesor del Seminario, Vicerrector y Rector del mismo y, como él mismo lo decía después, “chofer y granjero del mismo”
En 1962, el Padre Don José Esaúl Robles Jiménez fue electo Obispo de Tulancingo, siendo consagrado el 14 de septiembre de 1962 por el Delegado Apostólico, Don Luigi Raimondi. En esa Diócesis ejerció espléndidamente y con mucho fruto su apostolado episcopal, durante casi 13 años, hasta que, el 12 de diciembre de 1975, fue nombrado Obispo de Zamora, tomando posesión de esta Diócesis el 13 de marzo de 1975.
Fue el Obispo mexicano más joven que asistió al Concilio Vaticano II. Ocupó varios e importantes puestos en la Conferencia Episcopal Mexicana, entre otros: miembro de las Comisiones de Educación y Cultura, del Clero, de los Seminarios, de las Vocaciones, de los Ministerios, llegando a ser un tiempo Vicepresidente de la misma Conferencia.
Su relevancia, su importancia como miembro del Episcopado Mexicano se manifestó, además de todos esos cargos, en la celebración de sus Bodas Episcopales en Zamora el año de 1987 con la asistencia del Cardenal Corripio, 25 Obispos, más de 200 Sacerdotes y numerosos Religiosos y Religiosas.
Realmente, dentro de la vida normal del Señor Robles Jiménez, se entretejió una carrera eclesiástica meteórica y brillante.
UNA OBRA EXTRAORDINARIA Y UNA PLENA ENTREGA
La labor de un Obispo en una Diócesis es enorme y llena de dificultades y, por lo mismo, necesita rodearse de buenos colaboradores para poder realizarla, ya que él solo no puede hacer nada o casi nada...
Don Esaúl bien lo sabía y estaba convencido de ello; y, más todavía, sabiendo que en su nueva Diócesis se habían realizado, desde su erección, grandes obras por grandes Obispos que, ayudados por un gran número de hombres y mujeres, Sacerdotes, Religiosos y laicos, “venían construyendo con dignidad la Iglesia zamorana, caminando hacia el Padre”.
Por eso, su labor en la Diócesis fue magnífica y en gran parte se debió a que supo elegir, en general, buenos colaboradores.
Sería punto menos que imposible enumerar en este espacio todas las obras que Don Esaúl llevó a acabo en la Diócesis de Zamora, durante los 18 años, 7 meses y cuatro días de su gobierno. Pero sí podemos señalar algunas de ellas:
Para los Sacerdotes, acerca de los cuales se expresó: “hasta aquí se ha dicho: nada sin el Obispo; y yo añado: de aquí en adelante, nada sin los Presbíteros”, tuvo especial dedicación y cuidado, reorganizando la Nivelación Económica, el CCYAS, el Seguro de autos a Sacerdotes, las semanas de estudios y de formación para ellos, etc.
Atención muy especial tuvo del Seminario, sabiendo que en él estaba el futuro de la Diócesis, actualizando su Reglamento y adaptándolo a la solución de los problemas del cambio conciliar, mejorando su economía y dotándolo de buenos educadores. Fruto de ese cuidado y de esa atención fue el casi centenar de Sacerdotes que se ordenaron durante su gobierno.
Las Parroquias ocuparon un lugar muy especial entre las preocupaciones y ocupaciones del Señor Robles, creando gran número de ellas (para una mejor atención de sus diocesanos) y visitándolas desde su llegada para conocer a sus Sacerdotes y a sus fieles.
En los Religiosos y Religiosas vio siempre el Señor Robles elementos de gran valía y de inmensa ayuda, como lo demostraron la fundación del Monasterio Trapense en Jacona, de las Madres Adoratrices en San José de Gracia y en Jiquilpan, la aprobación de la Pía Unión de las Hermanitas del Sagrado Corazón y de los ancianos desvalidos, la aceptación del Noviciado de los Padres Combonianos en Sahuayo y de los Pequeños Hermanos de María para el trabajo pastoral en los pequeños poblados y en los barrios pobres de las ciudades.
En cuanto a la Educación, entre otras cosas, promovió, ayudó y co-realizó la fundación
de una Universidad para la juventud zamorana y respaldó siempre la educación, no sólo en las escuelas católicas, sino también en las oficiales, contactando, colaborando y llevando las mejores relaciones posibles.
Pero sin duda alguna, la labor pastoral del Señor Robles se caracterizó en gran manera en Obras sociales, de beneficio, principalmente, para las personas más desprotegidas y para ello supo valerse de los laicos: un Albergue para los trabajadores del campo, el Hospital Margarita para los enfermos pobres, fundación de Charitas, ayuda y apoyo al Grupo FAS (Fondo de Apoyo Social, con la ayuda alemana ADVENIAT) con despensas y varios proyectos de desarrollo social.
Fue también un gran Animador (como él lo decía) de obras ya existentes, como la Cruz Roja, Alcohólicos Anónimos y Drogadictos Anónimos, las Cajas Populares y las Cooperativas, así como de múltiples Jornadas Electorales y de Salud. Tenía también en mente el Proyecto de la fundación de un Asilo de ancianos, pero la muerte se lo impidió.
Dentro de la gran obra del Señor Robles en la Diócesis de Zamora, se deben mencionar varios Eventos Diocesanos y otras obras de gran trascendencia que se realizaron durante su gobierno:
- El Centenario de la Coronación de la Virgen de la Esperanza, Patrona de la Diócesis;
- El Sínodo Diocesano de 1987, “para aplicar a la realidad diocesana los lineamientos doctrinales y normas disciplinarias de la Iglesia Universal y Nacional, indicar métodos para una pastoral planificada y para lograr una mayor comunión y edificación del Pueblo de Dios”. La preparación de este Sínodo fue larga y ardua, sobre todo de parte de la Comisión Centro Coordinadora, nombrada para este evento. Después de su celebración, el Señor Robles recorrió casi toda la Diócesis para ver si se estaba aplicando y no fuera letra muerta...
- Realizó un ajuste y acomodo a varios de los Organismos Diocesanos.
- Reorganizó la economía de la Diócesis y suprimió muchos aranceles para favorecer económicamente a los fieles.
- Se construyó y fundó el Instituto Cázares, en 1988, para la capacitación y preparación de Agentes de Pastoral.
- Consiguió la devolución, por parte del Gobierno, de la Catedral Nueva e, iniciando su terminación, hizo su dedicación como Santuario Diocesano a la Virgen de Guadalupe.
- Se arregló la Iglesia Catedral con nuevo piso, remodelación de la sacristía, las pinturas y los anexos de la Curia.
- Se fundo el periódico “Mensaje” que ha venido a ser realmente un buen instrumento de Evangelización y de Comunicación entre el Obispo y los fieles.
UNA MUERTE INESPERADA Y UN PEQUEÑO JUICIO
El día 18 de octubre de 1993 significó para la Diócesis de Zamora un día pena y de consternación... Desde la operación que le habían practicado hacia tres años, la salud del Señor Robles se había quebrantado bastante. Pero su muerte repentina y solitaria, causó verdadero impacto en toda la Diócesis y fuera de ella.
La tristeza y el dolor invadieron las almas de los fieles súbditos diocesanos del Señor Robles. Ante su cadáver, expuesto en la Catedral, pasó un desfile interminable del pueblo, de las autoridades y de todas las clases sociales Sus funerales reunieron a 23 Obispos, casi 300 Sacerdotes y a miles de fieles que no cupieron en el recinto sagrado. El cuerpo del Señor Robles fue sepultado el 20 de octubre, después de la Misa y un conmovedor y silencioso recorrido por la Plaza, frente a Catedral.
El Señor José Esaúl Robles Jiménez ha muerto y el único juicio valedero y justo (sobre todo de su vida íntima y muy particular) es el que ya ha hecho el Señor al que él sirvió... Acerca de su vida pública y de su actuación como hombre público y como Obispo, la historia se encargará de juzgarlo. Emitir un juicio sobre él y su actuación, a tan corto tiempo de que nos ha dejado, es difícil y peligroso porque la herida aún está fresca y los ánimos aún están caldeados.
Pero, aunque con miedo y con respeto, podemos adelantar algunos juicios sobre el Señor Robles, basados en su actuación pública, conocida por todos, en su hablar y predicar y, sobre todo, en algunos de sus escritos (conocidos unos; aún por conocerse, otros).
Debemos mostrar madurez al juzgar o al oír juzgar a nuestros hombres públicos, sobre todo a nuestros Pastores en el orden espiritual. No se vale ni el culto idolátrico y fanático a la personalidad, ni la descalificación injusta y visceral. Debemos aceptarlos con sus cualidades y sus defectos. Su historia, su verdadera historia, se irá escribiendo poco a poco...
El Señor Robles fue, sin duda, un gran hombre. En lo “grande” están incluidas sus muchas cualidades y virtudes; en lo “hombre”, sus carencias y defectos.
Su inteligencia y sentido práctico, su alegría y entusiasmo, su sencillez y su amor al prójimo, su valentía y decisión, su humildad en muchos casos, unida a su prudencia y, sobre todo, su entrega total a su ministerio y su lucha constante por ser fiel a Dios, a la Iglesia y a su propia conciencia, fueron el trasfondo y el fondo de su vida de hombre y de Sacerdote.
Tuvo la fortaleza (proclamaba en su escudo de dónde la tomaba) de salir adelante en situaciones críticas, en las muchas dificultades, en los varios disgustos, malos entendidos, enfrentamientos, anónimos, injurias, etc. Casi siempre tuvo la virtud de saberle dar su tiempo al hablar y al callar. Tenía un fuerte carácter, pero la mayoría de las veces se mostró atento y cortés.
El Señor Robles plasmó en sus escritos, hechos a la luz de la sinceridad con su Dios y en el silencio de sus Retiros y Ejercicios Espirituales, su personalidad, su intencionalidad y la aceptación humilde de su lado humano. En ellos se ve que nunca pretendió obrar de mala fe, ni hacer daño a nadie, sino que todo aquello que reconocía negativo en él tenía precisamente su origen en su condición humana. El se conocía y se enjuiciaba humildemente así:
“Me falta tener más en cuenta a los demás para planear mejor las juntas...” “... me falta escuchar más, convivir más con los demás” “... me chocan las protestas estériles, pero no promuevo más las acciones positivas...” “... al correr de los años, me amenaza la frialdad y el desinterés por los problemas de los demás”
Y en un escrito sincero y elocuente para Dios, para él y para los demás:
“NO ME GUSTA: f) que me falta dialogar más... g) que a veces me siento impaciente para tratar a los demás... ME GUSTA: g) bastarme a mí mismo (¿)”
No es pues de extrañar que todo esto (de lo cual él tenía conciencia) se reflejara a veces en sus actuaciones: dejarse llevar algunas veces por simples simpatías o antipatías, ser víctima inconsciente de la adulación y de la alabanza exagerada (nacidas de la falsa o interesada amistad), equivocadas tomas de decisión (aparentemente fruto de cierto capricho), no tomar mucho en cuenta a quienes no pensaban como él, etc. Actuaciones que eran comentadas con cierto disgusto por algunas personas, sobre todo Sacerdotes.
Dos cosas sorprenden en el Señor Robles y en su actuación como Obispo de Zamora: su facilidad y capacidad para realizar grandes obras (su legado social, sobre todo, fue extraordinario) y la poca consistencia de muchas de ellas que, o no han tenido continuidad o su fuerza se ha ido apagando poco a poco. El buscar explicaciones a esta realidad sería fruto de un largo y ecuánime análisis.
Pero podrían delinearse algunas de ellas, como simples hipótesis, pero con cierto fundamento real: quizás cierto descuido en la parte legal, jurídica y pastoral de dichas obras emprendidas; o tal vez, un exceso de confianza hacia laicos a quienes encomendó algunas de esas obras y que sólo trataron de figurar socialmente o buscar sus propios intereses, so capa de apostolado; o el haber dejado que tales obras se fundaran y construyeran a la sombra de una personalidad, etc.
UN DESENCUENTRO SACERDOTAL
A la muerte del Señor Robles se hizo patente, aunque de manera acre y dolorosa, lo que ya se esperaba, se sentía y se vivía, casi desde su llegada a la Diócesis de Zamora: cierta división en el Clero zamorano. Siempre había existido, agazapada, callada, aunque controlable. Pero bastaron la muerte de Don José Esaúl, algunas frases condenatorias e imprudentes, ciertos artículos y algunos dimes y diretes para hacer público y notorio aquel “desencuentro sacerdotal”.
Ya son del dominio público las versiones de ambos grupos y quizás ambos tengan sus razones. En ambos grupos hay Sacerdotes dignos de todo respeto, de gran calidad humana e intelectual y de reconocida solvencia moral y rectitud.
Desde luego que cada uno de ellos está en su derecho de defender su causa y así deben hacerlo. Pero creo que el tiempo, el desvanecimiento de ciertos hechos (frutos quizás de posturas personal y convincentemente correctas) y el buen sentido irán, poco a poco, aclarando la historia de ese “desencuentro” que le está doliendo al pueblo cristiano y a todos los que estimamos y respetamos a nuestros Sacerdotes y que los queremos ver unidos entre sí.
De lo contrario, ¡qué pobre sería el Cristianismo y qué poca cosa resultaría el Sacerdocio!
NOTA DEL EDITOR: Información obtenida de la página web de la Diócesis de Zamora: http://www.diocesisdezamora.org/index.php/historia/obispos.
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Jaime Ramos Méndez
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lunes, 21 de enero de 2013
sábado, 19 de enero de 2013
Busto de don Arturo Rodríguez Zetina en el atrio del templo de San Francisco en Zamora, Michoacán - Fotografía de Jaime Ramos Méndez
El licenciado y notario don Arturo Rodríguez Zetina, el primero de nuestros cronistas
a quien debemos el gran trabajo de investigación documental que fundamenta
nuestra memoria histórica zamorana.
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sábado, 8 de diciembre de 2012
sábado, 4 de febrero de 2012
Monseñor José Esaúl Robles Jiménez, Obispo de Zamora, en la Catedral Nueva de Zamora, ahora Santuario Guadalupano
La imagen muestra a monseñor don José Esaúl Robles Jiménez, obispo de Zamora, quien logró la devolución de la entonces Catedral Inconclusa de Zamora al clero y pueblo católico de Zamora para que se continuara su construcción.
La fotografía lo muestra sobre la techumbre de una de las naves laterales y se ve con claridad cómo la nave central estaba destechada. El deterioro del inmueble fue tal, que se hizo necesaria una restauración completa de lo ya construido antes de proseguir con la obra hasta su terminación.
Lamentablemente monseñor Robles no tuvo oportunidad de ver la Catedral terminada, pero fue él quien determinó que el templo debía ser Santuario Diocesano dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe.
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Jaime Ramos Méndez
viernes, 9 de septiembre de 2011
domingo, 28 de agosto de 2011
Del homenaje al "Viejo Buho", don Francisco Elizalde García - Fotografía de Martha Alicia Caballero Moreno
Martha Alicia captó esta singular imagen en uno de los sentidos homenajes que en Zamora se le han ofrecido al profesor, poeta, periodista, promotor cultural, locutor y cronista de la ciudad, don Francisco Elizalde García, quien se hace llamar "El Viejo Buho". Abajo, una postal de don Tata Pancho Elizalde en su faceta de conductor y maestro de ceremonias.
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Jaime Ramos Méndez
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martes, 26 de julio de 2011
Don Luis González "El Taquito" - Personaje del mundo de los antojitos zamoranos de antaño
Lorena Aguilar, nieta de don Luis González, nos comparte esta fotografía con el siguiente comentario:
"Mi abuelito era Luis González, "El taquito, de los puestos del portal. Pariente de Chema, el de las tostadas. Esta fotografía fue tomada en la Primera Comunión de mi mamá. Lo acompaña mi abuelita, Esperanza Romero".
Gracias, Lorena, por compartir este recuerdo.
lunes, 27 de junio de 2011
José María Cázarez y Martínez - Datos biográficos IV - Dr. Carlos Herrejón Peredo
así pinta la personalidad del señor Cázares:
“Respetuoso, afable y atrayente, circunspecto envuelta su personalidad en un ambiente de miramiento y de nobleza; siempre oportuno y enérgico en sus disposiciones, no se desparramaba en expresiones vanas, ni atendía a vanidades decorativas. Nunca las palabras tuvieron tanto significado tan preciso como en su boca.
De mirada profunda como su talento. Sabía escuchar y decir las cosas en su punto y razón. De ciencia lógica contundente. Su porte y su casa eran modestos, su gusto se concentraba en los libros de su vasta y selecta biblioteca y sobre todo con textos latinos, que eran su único lujo. Nadie creerá, según algunos pintan la adustez del Ilmo. Sr. Cázares, que le encantaba verse rodeado de niños y también en momentos oportunos era chancero”.
De mirada profunda como su talento. Sabía escuchar y decir las cosas en su punto y razón. De ciencia lógica contundente. Su porte y su casa eran modestos, su gusto se concentraba en los libros de su vasta y selecta biblioteca y sobre todo con textos latinos, que eran su único lujo. Nadie creerá, según algunos pintan la adustez del Ilmo. Sr. Cázares, que le encantaba verse rodeado de niños y también en momentos oportunos era chancero”.
Alfredo Maillefert brinda un detalle significativo: “Era afable y tenía un gran dominio de sí. Había resistido una dolorosa operación quirúrgica sin anestesia, leyendo un libro”.
Un juicio de la esfera pública y oficial:
“Prelado celoso y diligente que goza de juntas simpatías entre sus diocesanos… Ciudadano verdaderamente virtuoso ajeno a la política, austero consigo mismo, liberal y caritativo con sus semejantes…Ha pasado setenta años de su vida haciendo el bien, practicando la virtud, huyendo los honores, ardiendo en caridad por sus semejantes.
El licenciado Francisco Pascual García
se expresó de esta forma:
“Fue un carácter, y no como quiera, sino un gran carácter. A su talento claro y profundo como pocos, a su ciencia teológica, jurídica y filosófica, nada común; a su lógica contundente, reunía una serenidad cristiana y una firmeza apostólica y pastoral, inexorable como ninguna…Para él no había más sistema que la ley de Dios y los cánones de la Iglesia”.
El padre Agustín Magaña:
“La grandeza del obispo Cázares está en que se propuso evangelizar profundamente a su grey, y lo consiguió”.
Heroicamente continuó su trabajo pastoral sin detenerlo ni el agotamiento ni la enfermedad. El 23 de febrero de 1909 salió de Zamora a realizar lo que sería su postrera jornada episcopal. Hizo la visita en Ecuandureo, siguió hacia la Hacienda de la Noria y luego a Churintzio y Zináparo, donde se agravó su enfermedad; el 23 de marzo fue trasladado a Guadalajara, Jalisco, donde falleció el 31 de marzo. He aquí tres testimonios del final de esta vida:
“El muy ilustre enfermo conservó su serenidad acostumbrada; conocida su gravedad, pidió los últimos sacramentos… el insigne Prelado respondía pausadamente y con fervor las preces litúrgicas; inspirado por su humildad pidió perdón a los presentes; una hora antes de entrar en agonía pidió la santa absolución y a las cuatro y diez minutos de la tarde… le llevó el Señor a la región de la tranquila paz, con el tesoro inmenso de una vida consagrada a Dios…pasada en el cumplimiento del deber”.
“Murió pobre, como había vivido, cediendo su tercia episcopal para varias obras, principalmente para la construcción de la Catedral Nueva. Había dado orden terminante al Tesorero, Sr. Novoa, que sólo le pasara cien pesos mensuales, y para que le alcanzaran, se privaba voluntariamente de muchas cosas; él mismo les daba “bola” a sus zapatos y vestía ropa interior de manta. Sus muebles y su alimentación eran de sobriedad extrema”.
“Su rica personalidad tenía distintas tonalidades, pues no obstante ser de recio carácter y vida austera y sobria, supo brindar su ternura a los pobres y a los niños, con éstos, dulce y cariñoso hasta cogerlos en brazos como lo hace un padre con sus hijos.
Mientras por otra parte la alta estima que tenía de la misión pastoral y el ardiente deseo de que el clero de su diócesis observase una conducta ejemplar, le hizo castigar con energía y mostrarse severo con quienes en alguna forma descuidaban sus deberes…su figura firme, segura, recia y exigente al mismo tiempo que dulce y paternal no podrá encerrarse en unas cuentas líneas; desde su franca y decidida actuación cristiana al exponer su vida por defender a unos, “porque amaba la justicia y aborrecía la iniquidad” hasta su muerte apacible y serena; sin temores ni aspavientos donde su voz que se extinguía señalaba el momento decisivo diciendo: “Ya es hora, absuélvanme todos”.
La imagen fue tomada de la página web de la congregación Hermanas de los pobres, Siervas del sagrado Corazón: www.hpssc.org.mx
miércoles, 22 de junio de 2011
José María Cázarez y Martínez - Datos biográficos III - Dr. Carlos Herrejón Peredo
Notable fue la participación de Cázares dentro del Primer Concilio de la Provincia Eclesiástica de Michoacán en Morelia durante los tres primeros meses de 1879. Presidió la cuarta comisión del concilio que trabajó el esquema sobre Administración Eclesiástica. Y en el transcurso de los debates hubo de encargarse de otros de los grandes temas del concilio: la Reforma de costumbres.
En 1899 solicitó a la Santa Sede como coadjutor al padre José de Jesús Fernández, quien mejoró la organización de las parroquias, consolidó canónicamente a las Hermanas de los Pobres, continuó la evangelización de la Tierra Caliente y puso atención esmerada al Seminario diocesano y a los seminarios auxiliares.
El obispo Cázares a consecuencia del trabajo agotador de las visitas pastorales y de climas insalubres, padeció anemia aguda y paludismo, de junio de 1902 a octubre de 1903, al grado que hubo de resignar el gobierno de la diócesis en el obispo coadjutor José de Jesús Fernández.
Las altas fiebres del paludismo hicieron delirar varias veces al señor Cázares, de manera que algunos pensaron, equivocadamente, que había enloquecido. Entretanto un joven sacerdote que llegaría a santo, Rafael Guízar, iba destacando por sus grandes carismas, de manera que mereció la confianza del obispo coadjutor Fernández, quien lo promovió muy joven a director espiritual del seminario y canónigo de la catedral encargándole además asuntos administrativos de la diócesis.
El entonces padre Guízar por su parte fundó los colegios Teresiano y Esperancista, éste último con el fin de proveer de vocaciones a la congregación de Nuestra Señora de la Esperanza, para cuyo sostenimiento mezcló asuntos del obispado lanzándose a varias empresas económicas en que también entraron intereses de su hermano Prudencio vinculado a la banca. Esto ocasionó deudas y enredos con la consiguiente protesta y escándalo de algunos laicos que se quejaron al obispo Cázares.
Este prelado había recobrado la salud y retomaba el gobierno de la diócesis en 1904. Entonces reiteradamente llamó la atención al padre Guízar, indicándole abandonara esos negocios. No acató, pues seguía apoyado por el obispo coadjutor, quien junto con otros clérigos y laicos consideraban que el obispo Cázares no había sanado. Simultáneamente aparecieron anónimos injuriosos y denigrantes contra el señor Cázares. Así las cosas, el Obispo de Zamora solicitó la remoción de su coadjutor, quien fue designado abad de la basílica de Guadalupe en octubre de 1907, y por otra parte dictó suspensión del ministerio sacerdotal contra el padre Guízar en diciembre de 1908.
Dicha suspensión duró sólo cuatro meses, pues ocurrió al final de la vida del obispo, cuyo sucesor, Othón Núñez, entre sus primeras providencias formuló instrucción pastoral contra la negociación por parte de clérigos. El padre Guízar fue invitado por el antiguo rector del Seminario de Zamora, Leonardo Castellanos, convertido ya en obispo de Tabasco, a que fuera a ayudarle dando ejercicios espirituales. Ese obispo, ahora Venerable, indicó así el camino apostólico que llevaría a la santidad al padre y luego obispo Guízar, hoy San Rafael Guízar.
viernes, 17 de junio de 2011
José María Cázarez y Martínez - Datos biográficos II - Dr. Carlos Herrejón Peredo
El 20 de octubre de 1878 fue consagrado obispo de Zamora, diócesis a la que sirvió con celo durante treinta años.
A partir de mayo de 1879 recorrió palmo a palmo toda su diócesis, visitando hasta los más apartados rincones y afianzando la fe de los pueblos, pues a la par de la visita canónica llevó a cabo una intensa misión reevangelizadora, mediante la predicación, la confesión sacramental, reforma de costumbres, disciplina del clero y administración eficiente.
Fue muy cuidadoso en el manejo de los diezmos que se convertían en múltiples obras de caridad, y no permitió que las semillas de monopolizaran en detrimento de los pobres.
Todo ello se complementó y expresó en un auge de construcciones de la Iglesia: templos, capillas, ya nuevos, ya renovados, así como en escuelas parroquiales, asilos y hospitales.
Baste mencionar algunos de la sede zamorana: la iglesia de Guadalupe, hoy de San Juan Diego, la remodelación de la catedral ya existente; los inicios de la grandiosa nueva catedral, 1898, hoy Santuario Guadalupano; remodelación de San Francisco y de La Purísima, construcción del Sagrado Corazón, inicio de San José.
El seminario fue “la niña de sus ojos”. Se construyó en 1879 y 1884. Trabajó porque los seminaristas adquirieran íntegras costumbres y auténtica piedad, así como solidez doctrinal y científica; abrió el Seminario a los externos y creó la cátedra de Derecho, para cuyos alumnos escribió un tratado De iustitia et iure. Fundó seminarios auxiliares en diversas poblaciones.
Privilegió la educación de la mujer, para la que estableció un centro de formación en Zamora llamado “Asilo de Niñas”; a este centro acudían niñas de todos los puntos de su diócesis, muchas de las cuales se reintegraban a sus poblaciones, siendo luego las maestras en aquellos lugares.
Instituyó la Casa de la Misericordia para la formación de la madre soltera. Se hizo cargo del Hospital Civil de Zamora, al que se le llamó Hospital San Vicente de Paúl. Estableció Montepío para beneficio de los pobres.
Y sobre todo fundó, en 1884, una perdurable congregación femenina destinada a la educación: el Instituto de las Hermanas de los Pobres Siervas del Sagrado Corazón, y con ellas difundió, en su vasto obispado, la enseñanza primaria y los rudimentos en la doctrina cristiana.
Cuidó la formación de los pueblos indígenas, y puso mucha atención a la región tan abandonada de la Tierra Caliente, así como a la ciudad de Uruapan donde había proliferado el protestantismo y la masonería.
Estableció en Zamora a las madres Capuchinas; facilitó la estancia de los Hermanos Maristas – a quienes encomendó la Escuela de Artes y Oficios para la formación de los obreros – y la de las Siervas de María, cuyo apostolado específico es la atención a los enfermos en sus hogares; coadyuvó al establecimiento del noviciado de los jesuitas en la hacienda de El Llano. Se propuso establecer, aunque no lo pudo realizar, la fundación de una escuela de agricultura en Vista Hermosa, dirigida por padres salesianos. Sufrió dos atentados, de los cuales salió bien librado.
El también Siervo de Dios, Antonio Plancarte, fue párroco de Jacona donde fundó una congregación femenina dedicada a la educación y promovió la formación de seminaristas en Roma. No acató algunas disposiciones del obispo Cázares, considerando tal vez que no era del clero incardinado a la diócesis, sino del arzobispo de México, cuyo prelado Pelagio Antonio de Labastida era su tío. Radicó luego en México, donde prosiguió su obra educativa, fue predicador infatigable y llegó a abad de la Basílica de Guadalupe cuya coronación pontificia promovió.
Preconizado obispo, algunos miembros del cabildo de la basílica se opusieron por conflictos que habían tenido con él, escribiendo su punto de vista a Roma. El obispo Cázares no tuvo que ver en ello. Pero luego, preguntado por autoridades del Vaticano y por el delegado apostólico, Cázares lacónicamente informó en conciencia su antigua relación con el Padre Plancarte.
jueves, 9 de junio de 2011
José María Cázarez y Martínez - Datos biográficos I - Dr. Carlos Herrejón Peredo
Nació en La Piedad, Michoacán, el 20 de noviembre de 1832. Fue hijo primogénito de Ignacio Cázares e Ignacia Martínez, virtuosos cristianos. Llevó a cabo los primeros estudios en su pueblo natal, de donde partió al Colegio de San Luis Gonzaga de Zamora.
A partir de 1851 hasta 1859 estudió teología y jurisprudencia en el Seminario de Morelia. Volvió a La Piedad, donde permaneció dos años. En 1862 marchó a la capital de la República y tras dos años de estudio en el Colegio de San Ildefonso, se doctoró en teología y cánones por la Pontificia y Nacional Universidad de México. En 1864 formó parte, como socio corresponsal, de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
En La Piedad ejerció la abogacía como abogado de foro y fue nombrado Juez de Primera Instancia, distinguiéndose por su notable rectitud, por la pericia en los asuntos encomendados, y por la defensa de los derechos de los pobres.
En la época de Maximiliano fue encarcelado y sentenciado a muerte por haber hecho la defensa de unos campesinos, apresados por motivo de la ley marcial del 3 de octubre de 1865. Cázares no fue ejecutado e impugnó aquella ley que fue sustituida por otra moderada.
En 1866 pronunció un discurso en el que hace una lectura de la historia de México desde Iturbide hasta sus días. Critica el espíritu de partido y la situación de constante revuelta:
“Falsos liberales y falsos conservadores se arremeten unos contra otros en palenque cerrado, ora por una libertad que no se entiende, ora por un orden que no se realiza”.
Su propuesta es la paz a partir de una reforma personal:
“Sólo la paz sabe prometer con verdad y cumplir con fidelidad:
sólo la paz puede arreglar todas las cuestiones
y allanar todas las dificultades,
prevenir todos los temores y apagar todos los odios,
afianzar todos los derechos y poner en armonía todas las cosas.
Sentémonos a la sombra de la paz, trabajemos,
estudiemos, aprendamos, reformémonos nosotros
y después reformaremos al mundo (…)
reneguemos de todos esos vicios que apagan
la luz de nuestro entendimiento
y que no dejan arder la llama de nuestros corazones (…)
Tengamos fe y esperemos (…)”
El arzobispo de Morelia Ignacio Árciga lo invitó al ministerio sacerdotal, invitación que Cázares ponderó como llamamiento de lo Alto. De tal manera, tras cuatro años de honesto y brillante ejercicio de la abogacía, respondió a ésta su segunda y definitiva vocación.
Fue ordenado presbítero el 22 de agosto de 1869. Al poco tiempo el mismo arzobispo se hizo acompañar al Concilio Vaticano I por el novel sacerdote con el rango de teólogo consultor. “El barco en que viajaban fue azotado por una furiosa tempestad; la marinería misma estaba espantada, sólo el licenciado Cázares permanecía tranquilo y quiso que se le amarrara al mástil del navío para contemplar, decía, la omnipotencia de Dios”.
Desempeñó en Morelia los cargos de capellán de las Hijas de la Caridad, prebendado de la Catedral, maestro y rector del Seminario, juez de testamentos, capellanías y obras pías, Vicario General y Provisor. En palabras de su arzobispo, todo lo que se le encomendó lo realizó a su entera satisfacción.
Este texto está publicado en la página
de las Hermanas de los Pobres,
Siervas del Sagrado Corazón: http://www.hpssc.org.mx
A partir de 1851 hasta 1859 estudió teología y jurisprudencia en el Seminario de Morelia. Volvió a La Piedad, donde permaneció dos años. En 1862 marchó a la capital de la República y tras dos años de estudio en el Colegio de San Ildefonso, se doctoró en teología y cánones por la Pontificia y Nacional Universidad de México. En 1864 formó parte, como socio corresponsal, de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística.
En La Piedad ejerció la abogacía como abogado de foro y fue nombrado Juez de Primera Instancia, distinguiéndose por su notable rectitud, por la pericia en los asuntos encomendados, y por la defensa de los derechos de los pobres.
En la época de Maximiliano fue encarcelado y sentenciado a muerte por haber hecho la defensa de unos campesinos, apresados por motivo de la ley marcial del 3 de octubre de 1865. Cázares no fue ejecutado e impugnó aquella ley que fue sustituida por otra moderada.
En 1866 pronunció un discurso en el que hace una lectura de la historia de México desde Iturbide hasta sus días. Critica el espíritu de partido y la situación de constante revuelta:
“Falsos liberales y falsos conservadores se arremeten unos contra otros en palenque cerrado, ora por una libertad que no se entiende, ora por un orden que no se realiza”.
Su propuesta es la paz a partir de una reforma personal:
“Sólo la paz sabe prometer con verdad y cumplir con fidelidad:
sólo la paz puede arreglar todas las cuestiones
y allanar todas las dificultades,
prevenir todos los temores y apagar todos los odios,
afianzar todos los derechos y poner en armonía todas las cosas.
Sentémonos a la sombra de la paz, trabajemos,
estudiemos, aprendamos, reformémonos nosotros
y después reformaremos al mundo (…)
reneguemos de todos esos vicios que apagan
la luz de nuestro entendimiento
y que no dejan arder la llama de nuestros corazones (…)
Tengamos fe y esperemos (…)”
El arzobispo de Morelia Ignacio Árciga lo invitó al ministerio sacerdotal, invitación que Cázares ponderó como llamamiento de lo Alto. De tal manera, tras cuatro años de honesto y brillante ejercicio de la abogacía, respondió a ésta su segunda y definitiva vocación.
Fue ordenado presbítero el 22 de agosto de 1869. Al poco tiempo el mismo arzobispo se hizo acompañar al Concilio Vaticano I por el novel sacerdote con el rango de teólogo consultor. “El barco en que viajaban fue azotado por una furiosa tempestad; la marinería misma estaba espantada, sólo el licenciado Cázares permanecía tranquilo y quiso que se le amarrara al mástil del navío para contemplar, decía, la omnipotencia de Dios”.
Desempeñó en Morelia los cargos de capellán de las Hijas de la Caridad, prebendado de la Catedral, maestro y rector del Seminario, juez de testamentos, capellanías y obras pías, Vicario General y Provisor. En palabras de su arzobispo, todo lo que se le encomendó lo realizó a su entera satisfacción.
Este texto está publicado en la página
de las Hermanas de los Pobres,
Siervas del Sagrado Corazón: http://www.hpssc.org.mx
domingo, 20 de marzo de 2011
Alfonso García Robles, Premio Nobel de la Paz zamorano en el centenario de su nacimiento
ALFONSO GARCÍA ROBLES
Nació en Zamora, Mich., el 20 de marzo de 1911. Licenciado en derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México, hizo estudios de postgrado en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de París (1936), y un diplomado en la academia de Derecho Internacional de La Haya, Holanda (1938), e ingresó al servicio exterior mexicano como tercer secretario de la legación en Suecia (1939), hasta alcanzar el grado de embajador.
Fue director de la División General de Asuntos Políticos de la Secretaría de las Naciones Unidas y del Servicio Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE); director del Departamento de Europa, Asia, y África de la SRE, y subsecretario de Relaciones Exteriores de México (1946-1967), labor cuyo punto culminante fue la firma del Tratado de Tlatelolco (1967). Representó a México ante el Comité de Desarme y ante el Consejo de Seguridad de la ONU con sede en Ginebra.
Es autor de diversos artículos y libros; entre estos últimos figuran Le Panaméricanisme et la Politique de Bon Voisinage (París, 1938), Premier Congrès d’Ètudes Internationales (1938), La Question du Pétrole au Mexique el le Droit International (1939), La Cláusula Calvo ante el derecho internacional (1939), El mundo de la postguerra (2 vols., 1946), La conferencia de San Francisco y su obra (1946), Política internacional de México (1946), La desnuclearización de la América Latina (1965), La anchura del mar territorial (1966), El Tratado de Tlatelolco. Génesis, alcance y propósito de la proscripción de las armas nucleares en América Latina (1967) y Tratado para la prohibición de armas nucleares en América Latina. En 1981 fue nombrado embajador emérito.
El Dr. García Robles recibió condecoraciones de diez países latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos, además de numerosos cargos honoríficos tanto en el país como en el extranjero.
En el año 1982, el Dr. Alfonso García Robles compartió el Premio Nobel de la paz con la sueca Alva Myrdal. En 1988 presidió el Comité de Desarme de la ONU.
Desempeñó un papel crucial en el acuerdo en la zona de América Latina, concluida en Tlatelolco, para asegurar la prohibición de los armamentos nucleares y para que esta parte del mundo no se implicara en ningún conflicto entre las grandes potencias rivales. También desempeñó un papel central con su trabajo en la ONU para promover el desarme general.
Ingresó en El Colegio Nacional el 4 de abril de 1972. Fue presentado por el Dr. Antonio Gómez Robledo y su conferencia inaugural se tituló “El desarme y las Naciones Unidas”.
El Dr. Alfonso García Robles murió el 2 de septiembre de 1991.
(Texto obtenido de la página web del El Colegio Nacional: El Colegio Nacional/Vida y Obra de Alfonso García Robles).
Nació en Zamora, Mich., el 20 de marzo de 1911. Licenciado en derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México, hizo estudios de postgrado en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de París (1936), y un diplomado en la academia de Derecho Internacional de La Haya, Holanda (1938), e ingresó al servicio exterior mexicano como tercer secretario de la legación en Suecia (1939), hasta alcanzar el grado de embajador.
Fue director de la División General de Asuntos Políticos de la Secretaría de las Naciones Unidas y del Servicio Diplomático de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE); director del Departamento de Europa, Asia, y África de la SRE, y subsecretario de Relaciones Exteriores de México (1946-1967), labor cuyo punto culminante fue la firma del Tratado de Tlatelolco (1967). Representó a México ante el Comité de Desarme y ante el Consejo de Seguridad de la ONU con sede en Ginebra.
Es autor de diversos artículos y libros; entre estos últimos figuran Le Panaméricanisme et la Politique de Bon Voisinage (París, 1938), Premier Congrès d’Ètudes Internationales (1938), La Question du Pétrole au Mexique el le Droit International (1939), La Cláusula Calvo ante el derecho internacional (1939), El mundo de la postguerra (2 vols., 1946), La conferencia de San Francisco y su obra (1946), Política internacional de México (1946), La desnuclearización de la América Latina (1965), La anchura del mar territorial (1966), El Tratado de Tlatelolco. Génesis, alcance y propósito de la proscripción de las armas nucleares en América Latina (1967) y Tratado para la prohibición de armas nucleares en América Latina. En 1981 fue nombrado embajador emérito.
El Dr. García Robles recibió condecoraciones de diez países latinoamericanos, europeos, africanos y asiáticos, además de numerosos cargos honoríficos tanto en el país como en el extranjero.
En el año 1982, el Dr. Alfonso García Robles compartió el Premio Nobel de la paz con la sueca Alva Myrdal. En 1988 presidió el Comité de Desarme de la ONU.
Desempeñó un papel crucial en el acuerdo en la zona de América Latina, concluida en Tlatelolco, para asegurar la prohibición de los armamentos nucleares y para que esta parte del mundo no se implicara en ningún conflicto entre las grandes potencias rivales. También desempeñó un papel central con su trabajo en la ONU para promover el desarme general.
Ingresó en El Colegio Nacional el 4 de abril de 1972. Fue presentado por el Dr. Antonio Gómez Robledo y su conferencia inaugural se tituló “El desarme y las Naciones Unidas”.
El Dr. Alfonso García Robles murió el 2 de septiembre de 1991.
(Texto obtenido de la página web del El Colegio Nacional: El Colegio Nacional/Vida y Obra de Alfonso García Robles).
Zamora le rinde homenaje a su premio Nobel
con este monumento en la Plaza de la Paz
en el Fraccionamiento Los Laureles.
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