Cada visitante del Santuario Guadalupano busca sus propias perspectivas para apreciar la magna obra. Este punto de vista de Jorge destaca la gran altura de sus torres, consideradas como las más altas, en un templo, en toda América Latina.
Santuario Guadalupano de Zamora en Michoacán.
Fotografía de Ricardo Galván Santana y Francisco Magdaleno Cervantes.
miércoles, 9 de marzo de 2011
Torres del Santuario Guadalupano de Zamora, las más altas de Latinoamérica - Fotografía de Jorge Hernández Álvarez
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Calle Amado Nervo en Zamora, con el Hotel "de Los Perros" al fondo
Vista de la actual calle Amado Nervo, justo en la Plaza de Armas o Principal de Zamora, con vista hacia el poniente, desde la calle de Allende. A la izquierda, sobre el pavimiento empedrado, se aprecian los rieles del tranvía de mulitas que venía desde Jacona y daba vuelta a la propia plaza. Al fondo, se ve el Hotel "de los perros", llamado así por las esculturas de canes que ostentaba, sobre una balaustrada en su techo. De hecho se alcanza a vislumbrar una de esas figuras caninas exactamente en la esquina superior del edificio que da justamente a la calle Amado Nervo. Algo alcanza a verse, a la derecha, del Portal Amado Nervo, antes llamado "de Mercaderes" por los comerciantes que en él se instalaban. Es el portal que ha logrado preservarse completo y en mejores condiciones hasta la fecha.
Pelícanos Borregones en la Isla de Petatán, Michoacán - Fotografía de Juan Carlos Zamudio
En la población de Cojumatlán de Regules se encuentra una isla llamada Petatán, en la parte michoacana del Lago de Chapala. En el mes de noviembre de cada año, llegan a este lugar, en una singular ceremonia de arribo, los pelícanos blancos o borregones que desde Canadá emigran en busca de este paraje para pasar la temporada invernal.
La fotografía forma parte del acervo de imágenes de Impresiones Láser del Valle de Zamora, empresa con una gran trayectoria produciendo material de promoción turísitca para todo el estado de Michoacán.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Lago de Camécuaro - Fotografía de Rubén Mejía García
Lago de Camécuaro... no nos cansamos de encontrarle ángulos, luces y sombras, momentos, contrastes y sorpresas, como en esta postal de Rubén.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Fotos de Rubén Mejía García,
Lago de Camécuaro
martes, 8 de marzo de 2011
Procesión del Silencio, una gran tradición católica zamorana en Viernes Santo
La Procesión del Silencio que cada Viernes Santo se realiza por las calles de Zamora, ha adquirido una magnitud admirable. Los organizadores de la Procesión de este año 2011 ya están haciendo los preparativos para, como cada año, volver a romper su propio record de convocatoria.
En esta página de Facebook (haz click con el cursor del ratón para acceder): Procesión Del Silencio Zamora, los organizadores han comenzado a difundir información para convocar a la Procesión de este año, misma que reproduzco con gusto en este blog con la finalidad de dar a conocer su esfuerzo y la importancia de este acontecimiento ya muy arraigado entre las tradiciones católicas zamoranas.
Hace cincuenta años, menos de una treintena de hombres caminaron por las banquetas del barrio de Los Dolores para meditar en silencio sobre las estaciones del Vía Crucis. Aquella iniciativa tuvo cada año una convocatoria mayor y poco a poco fueron más los cristianos que acudieron a la llamada Procesión del Silencio, que posteriormente comenzó a hacerse por las calles de Zamora.
El pasado Viernes Santo, en 2010, diez lustros después de aquella pequeña procesión por las banquetas, fueron miles los hombres que caminaron en silencio por calles y avenidas de Zamora. La Procesión del Silencio se prolongó por más de cinco horas.


La mayoría fueron vestidos con camisas blancas. Algunos caminaron descalzos. Otros, cargaron pesados crucifijos de distintos tamaños. Al final de la Procesión, marcharon quienes decidieron cargar una pesada cruz fabricada por ellos mismos.

Priistas, panitas, perredistas y gente sin partido; profesionistas e iletrados; ingenieros, arquitectos y albañiles; casados, viudos y solteros; gordos y flacos; altos, medianos y chaparros; blancos y de tez morena; chinos, lacios y calvos; imberbes, bigotones y barbados: pobres, ricos y de todas las clases sociales; funcionarios públicos, empresarios y desempleados; niños, jóvenes y ancianos; deportistas, bebedores y abstemios; de zonas residenciales, de colonias, comunidades y de otros municipios… para todos hubo espacio.Todos tenían la intención de hacer penitencia y meditar, en torno a las Estaciones del Vía Crucis, sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, el Cristo. Las reflexiones fueron dirigidas por sacerdotes de la ciudad y el mismo obispo diocesano, monseñor Javier Navarro Rodríguez, quien, como fiel cristiano, se sumó a la procesión, también en silencio.
Aunque algunas mujeres caminaron por el arroyo vial, la tradición establece que esta Procesión del Silencio es exclusiva para varones. Las mujeres caminan por la banqueta o simplemente son espectadoras.
Como de costumbre, la procesión comenzó al filo de las 10 horas en el templo de Los Dolores. En su recorrido, los fieles visitaron los templos de La Medallita Milagrosa, El Rosario, el Santuario Guadalupano, San José, El Calvario, Catedral y La Purísima, entre otros. Concluyó cerca de las 16 horas, en Los Dolores.A lo largo de la procesión, los participantes cargaron imágenes como la del Señor de la Salud, La Dolorosa y al mismo Jesús de Nazaret, entre otras.
A decir de los propios organizadores, esta es la manifestación de fe que más católicos reúne el viernes de Semana Santa en Zamora, más ahora que no se tiene la tradición de celebrar el Vía Crucis Viviente en la ciudad (aunque sí se realizan algunos en parroquias de la localidad).
Se calculó que en esta ocasión, en 2010, se contó con una participación cercana a los 30 mil varones, destacando la presencia de los jóvenes a lo largo de la Procesión.
De la misma forma que en años anteriores, se contó con la participación de corporaciones de auxilio que brindaron apoyo a las personas que así lo requirieron debido al esfuerzo realizado durante la caminata.
Aunque el tráfico vehicular es escaso en Viernes Santo, fue necesaria la colaboración de la Subdirección de Tránsito del Estado para poner orden y evitar que las calles y avenidas por donde pasó la Procesión fuera invadida por automóviles.
Sobre los orígenes, y aunque todavía viven algunas de las pocas personas que participaron en la primera Procesión del Silencio, realizada hacia 1959 bajo la iniciativa del Club Caballeros de Don Bosco, solamente se hace alusión al padre Pedraza, como iniciador de esta procesión que hoy distingue a Zamora.
Las últimas dos fotos, la penúltima con vista hacia el norte y la última con vista hacia el sur, expresan la magnitud de la marcha con alrededor de 30 mil varones colmando la avenida 5 de Mayo en Zamora, una de las más anchas y largas de la ciudad.
Catedral de Zamora, Michoacán
Extraordinario acercamiento de la fachada de la Catedral de Zamora, publicada por Francisco Rodríguez en Flickr.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Catedral de Zamora,
Imágenes de Zamora,
Templos de Zamora
lunes, 7 de marzo de 2011
Teatro Obrero en Zamora
Nota:
En este blog he publicado, íntegros y textuales, los artículos originalmente incluidos en la revista Entorno de Ingenieros y Arquitectos de Zamora al inicio de la década de los años '90 del siglo pasado. También he respetado las fotografías tal como se publicaron para completar el testimonio de lo que fue ese esfuerzo editorial durante alrededor de 4 años y 35 números publicados.
El artículo acerca del Teatro Obrero de Zamora, que reproduzco a continuación, adquirió un carácter de denuncia debido a las deplorables condiciones en que se encontraba el inmueble en esa época. Con la misma intención de recuperar a través de aquella experiencia editorial el valor de los documentos publicados, incluyo en esta entrada del blog la información, tal como se publico en Entorno en su momento y circunstancia:
Desde 1883 las autoridades municipales de Zamora, Morelia y México, la Iglesia local, conducida por su tercer obispo, el Ilmo. señor José Othón Núñez y Zárate, entre 1909 y 1922, emprendió la tarea de construir un teatro. El mismo formaba parte de un proyecto más complejo, el Centro Recreativo de Obreros Católicos, cuyo amplio edificio estaba llamado a ser, según el obispo Núñez, “el Alma Mater del pueblo zamorano”.
El Centro estaba formado por varios salones y salas destinadas a juegos de billares, ajedrez, dominó, biblioteca, sala de lectura y archivo, además de las necesarias oficinas. En el centro se ubicaba el teatro, mientras que el segundo patio iba a ser destinado a juego de pelota y el tercer patio a boliches, gimnasio y alberca. La fundación del Centro se realizó el 2 de febrero de 1910, a las cinco de la tarde. La bendición de la primera piedra se hizo en la puerta principal de la catedral nueva y luego dicha piedra se colocó en el cimiento de una de las columnas que iban a levantarse en la fachada del edificio.
Si bien el escenario único y el auditorio estable son considerados disposiciones romanas, que los italianos conocieron debido a los libros de Vitrubio, la historia del teatro, tal como lo conocemos, comenzó en el Renacimiento, con el cambio de los escenarios múltiples al escenario único -como señala Pevsner- y de un auditorio deambulante a un auditorio fijo. El Teatro Obrero tiene forma de herradura, modelo usado en el Teatro de los Santos Juan y Pablo en Venecia, en su remodelación de 1654 y que se repite en otro ejemplo cargado de prestigio en la historia de esta tipología arquitectónica, la Scala de Milán, construida en 1776-1778.
El estilo que se eligió para dicha fachada fue el neoclásico de orden monumental, con cuatro pares de columnas y pilastras de orden corintio, que conforman el pórtico con tres puertas de acceso, rematado por un cornisamento corrido; mientras que en los dos cuerpos laterales el remate es un cornisamento abalaustrado y en el paño mural se abrían doce ventanas (ahora son diez y dos puertas) rematadas con frontones triangulados y curvos en pares alternados.
Es posible que el modelo para esta construcción haya sido el Teatro Santa Ana (o Vergara o Nacional o Imperial) de la ciudad de México, destruido en el año 1900 para abrir la calle 5 de mayo y cuyo perfil era muy conocido por los grabados que se realizaron en la época.
Es opinión generalizada, que no se ha podido comprobar, que el diseño de la obra se debió a José Dolores Sánchez (autor del diseño de El Sagrado Corazón) y que Jesús Hernández Segura dirigió la obra. En tres años se terminó la construcción, pues fue inaugurada el 19 de enero de 1913, con ocasión de celebrarse la II Gran Dieta de la Confederación de Círculos de Obreros Católicos, que tuvo lugar en Zamora del 19 al 23 de enero de ese año.
El teatro está ubicado en un terreno que originalmente tenía una extensión de 17 hectáreas, conocido como Los Lotes, y que albergaba a la catedral nueva y a la iglesia de San José. Este terreno era propiedad de la Iglesia, y por lo tanto la propiedad fue enajenada al Ayuntamiento, en favor de la Junta de Mejoras Materiales, en 1942, con el fin de obtener recursos para llevar a cabo las obras de conservación del drenaje y del pavimento de la ciudad.
Es historia conocida que el edificio se convirtió en el Cine Virrey, pues con esa finalidad fue rentado durante muchos años. Ese es el principio del fin, pues la explotación a ultranza del espacio rentado sin la necesaria inversión en mantenimiento, así como la falta de vigilancia por parte de las autoridades de un edificio que es propiedad de la comunidad, provocaron su deterioro.
En 1989 un grupo de ciudadanos interesados en recuperar el Teatro Obrero promovió la formación de un patronato que tuviera como finalidad la restauración de este monumento histórico-artístico de la ciudad. Sin embargo, lo que sucedió tuvo el resultado contrario. Lo que estaba en muy mal estado de conservación, hoy parece encontrarse perdido. ¿Qué pasó? ¿Bajo qué proyecto se trabajó en ese momento? ¿El proyecto fue el resultado de un concurso? ¿Quién fue el arquitecto responsable de la obra? ¿Con qué presupuesto contaba? ¿Tenía permisos necesarios? (en este caso es el Instituto Nacional de Bellas Artes -INBA- el que tiene que intervenir por ser obra posterior al 1900).
¿Qué pasó con el techo, que hasta ese momento se veía con gran deterioro, pero que al quitarse dejó a merced de la intemperie a la estructura que había sobrevivido? ¿Ese techo se quitó o se cayó? Si así sucedió, ¿por qué fue? Estas y muchas preguntas más son las que nos hacemos quienes vemos el deterioro constante del Teatro Obrero. Estas y muchas preguntas más son las que requieren una respuesta directa y valiente de parte de los responsables.
Es vox populi que el Comité de Participación Ciudadana ha dado dinero para el Teatro. ¿Cuánto es? ¿Qué otra parte dará el municipio? ¿Quién se hará cargo de la obra? ¿Habrá un concurso para su adjudicación? La comunidad zamorana cada vez es más responsable y participativa. Sabemos que tenemos un patrimonio y que es nuestra responsabilidad el mantenerlo. Dialoguemos: el silencio es para los cementerios.
(Este texto fue publicado originalmente en la revista Entorno de Ingienieros y Arquitectos de Zamora, A.C. y sintetiza un capítulo del "Catálogo del Patrimonio Arquitectónico del Bajío Zamorano. Primera Parte: La ciudad de Zamora", de la doctora Nelly Sigaut, profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán. Las extraordinarias fotografías que ilustran los reportajes gráficos de Entorno son de Alberto Vázquez Cholico).
En este blog he publicado, íntegros y textuales, los artículos originalmente incluidos en la revista Entorno de Ingenieros y Arquitectos de Zamora al inicio de la década de los años '90 del siglo pasado. También he respetado las fotografías tal como se publicaron para completar el testimonio de lo que fue ese esfuerzo editorial durante alrededor de 4 años y 35 números publicados.
El artículo acerca del Teatro Obrero de Zamora, que reproduzco a continuación, adquirió un carácter de denuncia debido a las deplorables condiciones en que se encontraba el inmueble en esa época. Con la misma intención de recuperar a través de aquella experiencia editorial el valor de los documentos publicados, incluyo en esta entrada del blog la información, tal como se publico en Entorno en su momento y circunstancia:
Desde 1883 las autoridades municipales de Zamora, Morelia y México, la Iglesia local, conducida por su tercer obispo, el Ilmo. señor José Othón Núñez y Zárate, entre 1909 y 1922, emprendió la tarea de construir un teatro. El mismo formaba parte de un proyecto más complejo, el Centro Recreativo de Obreros Católicos, cuyo amplio edificio estaba llamado a ser, según el obispo Núñez, “el Alma Mater del pueblo zamorano”.
El Centro estaba formado por varios salones y salas destinadas a juegos de billares, ajedrez, dominó, biblioteca, sala de lectura y archivo, además de las necesarias oficinas. En el centro se ubicaba el teatro, mientras que el segundo patio iba a ser destinado a juego de pelota y el tercer patio a boliches, gimnasio y alberca. La fundación del Centro se realizó el 2 de febrero de 1910, a las cinco de la tarde. La bendición de la primera piedra se hizo en la puerta principal de la catedral nueva y luego dicha piedra se colocó en el cimiento de una de las columnas que iban a levantarse en la fachada del edificio.
Es posible que el modelo para esta construcción haya sido el Teatro Santa Ana (o Vergara o Nacional o Imperial) de la ciudad de México, destruido en el año 1900 para abrir la calle 5 de mayo y cuyo perfil era muy conocido por los grabados que se realizaron en la época.
El teatro está ubicado en un terreno que originalmente tenía una extensión de 17 hectáreas, conocido como Los Lotes, y que albergaba a la catedral nueva y a la iglesia de San José. Este terreno era propiedad de la Iglesia, y por lo tanto la propiedad fue enajenada al Ayuntamiento, en favor de la Junta de Mejoras Materiales, en 1942, con el fin de obtener recursos para llevar a cabo las obras de conservación del drenaje y del pavimento de la ciudad.
Es historia conocida que el edificio se convirtió en el Cine Virrey, pues con esa finalidad fue rentado durante muchos años. Ese es el principio del fin, pues la explotación a ultranza del espacio rentado sin la necesaria inversión en mantenimiento, así como la falta de vigilancia por parte de las autoridades de un edificio que es propiedad de la comunidad, provocaron su deterioro.
¿Qué pasó con el techo, que hasta ese momento se veía con gran deterioro, pero que al quitarse dejó a merced de la intemperie a la estructura que había sobrevivido? ¿Ese techo se quitó o se cayó? Si así sucedió, ¿por qué fue? Estas y muchas preguntas más son las que nos hacemos quienes vemos el deterioro constante del Teatro Obrero. Estas y muchas preguntas más son las que requieren una respuesta directa y valiente de parte de los responsables.
Es vox populi que el Comité de Participación Ciudadana ha dado dinero para el Teatro. ¿Cuánto es? ¿Qué otra parte dará el municipio? ¿Quién se hará cargo de la obra? ¿Habrá un concurso para su adjudicación? La comunidad zamorana cada vez es más responsable y participativa. Sabemos que tenemos un patrimonio y que es nuestra responsabilidad el mantenerlo. Dialoguemos: el silencio es para los cementerios.
(Este texto fue publicado originalmente en la revista Entorno de Ingienieros y Arquitectos de Zamora, A.C. y sintetiza un capítulo del "Catálogo del Patrimonio Arquitectónico del Bajío Zamorano. Primera Parte: La ciudad de Zamora", de la doctora Nelly Sigaut, profesora-investigadora del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán. Las extraordinarias fotografías que ilustran los reportajes gráficos de Entorno son de Alberto Vázquez Cholico).
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Monografía de Zamora,
Publicado en Entorno
Tronco de árbol en Ixtlán de los Hervores - Fotografía de Rubén Mejía García
En los lugares aledaños al géiser de Ixtlán de los Hervores se encuentran troncos de árboles como el que muestra esta fotografía de Rubén Mejía, que con formas esculturales se conservan gracias a la brisa de agua sulfurosa que los cubre.
Habrá una vez - Fotografía de Caramelo Macab
Comenta Caramelo Macab a su fotografía: "Habrá una vez... un mañana que tiene sus raíces plantadas en el ayer y asoman sus primeras luces en el hoy que nos desvela".
domingo, 6 de marzo de 2011
Amanecer rumbo a Pichátaro - Fotografía de Víctor Javier López Mendieta
Al compartir esta imagen en su página de Facebook, Víctor Javier comentó: "con Rumbo a Pichataro, hicimos una parada para apreciar (y fotografiar, ¡claro!); y entre miles de cosas que descubriamos, ésta me gustó mucho: el contraluz, la figura y, sobre todo, ¡el amancer!"
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
María Luisa - Novela por entregas I - Jaime Alonso Ramos Valencia
PRÓLOGO
Pese al sol que calentaba esa tarde a finales del otoño,
gozaban de aquel viaje que hacían al aire libre, ocho
jóvenes muchachas, sentadas en una carreta que
prestó don Francisco y que normalmente utilizaba en
su rancho para levantar las cosechas; la que, con unas
improvisadas bancas, sirvió de vehículo para llevarlas a
un nuevo destino: el convento; ya que aspiraban todas
consagrarse a la vida religiosa.
El transporte presagiaba un viaje incómodo; pero
fue imposible conseguir diligencias de pasajeros,
ya que las usaron sus adinerados dueños
en su éxodo a ciudades más seguras tras el asalto
y quema de Cotija; y aún no las habían regresado.
A las viajeras les acompañaban la mamá de una
de ellas, y una señorita ya adulta, soltera, “quedada
para vestir santos”, que dedicaba su vida a diferentes
congregaciones parroquiales; era la promotora vocacional
de casi todas las muchachas que ahora llevaba al
noviciado.
Además del mozo que se encargaba de conducir la
carreta, iban también cuatro señores del pueblo
cabalgando cada uno sus monturas, discretamente armados
y, aún cuando no lo demostraban, temerosos de una
emboscada de los maleantes que en esos tiempos asolaban
la región.
Se gozaba aquel viaje al aire libre, tenían aún tres
o cuatro horas de luz para llegar a la estación del tren
en Tingüindín. Tan pronto como comieron habían salido
de Cotija; familiares y amigos las ayudaron a subir sus
pertenencias consistentes en una pequeña maleta con
su ropa personal; poca porque de todas formas en el
convento vestirían de otra manera.
Llevaban también una cobija, que doblaron
para sentarse en ella, acojinando la dura tabla;
en la noche la usarían para protegerse
del frío de diciembre, ya que pensaban que iban
a dormir en la estación; a esperar el paso del tren a las
dos o tres de la mañana siguiente; mucho antes del
amanecer.
Se gozaba aquel viaje al aire libre porque paulatinamente
y, por la dirección en que se movían hacia el
oriente, sus propias sombras se les iban adelantando;
llevaban el sol a espaldas, y el amplio valle lucía la grandeza
de su fertilidad.
—¡Hasta aquí llegaban las aguas de la Magdalena,
cuando era un charcote! –Dijo una de las gentes a caballo.
—Dice mi abuelo que más que laguna de la Magdalena
esta planicie era un cenagal de lodos podridos. Que la gente
se oponía a que lo desecaran, pero, ¡vea ahora!, ¡qué cosechas!
—El gobierno se apropió del proyecto ya avanzado
por los lugareños, y aún pagando salarios de hambre; de
todas formas convenció a muchos que participaron en los
trabajos: a pico y pala abrieron los canales de desagüe,
cuadriculando todo el terreno. ¡Valió la pena los meses de
esfuerzo!; con el lodo a las rodillas y a veces hasta la cintura,
luchando con la humedad que se metía en los huesos,
para ver, al final de todo, cómo ha respondido la tierra con
tan generosas cosechas.
Los campos cultivados, con el fruto de las tierras
de temporal ya rendido y a punto el maíz de ser cosechado,
y el viento en los pinares llenando de olores y
refrescando el ambiente, eran la causa de la admiración
y del gozo de aquel viaje… Del gozo de casi todos,
porque una de las aspirantes se mostraba reservada
y pensativa. Era María Luisa, una jovencita cuya tez
blanca cambiaba de tonos rosados por el sol y el aire
libre que golpeaba su rostro, a una palidez amarillenta,
reflejo de un alma apesadumbrada que humedecía sus
ojos de color.
“¡Licha, anímate!”, dijo en voz baja su compañera
de al lado; pero ella en vez de tener algún gesto de cortesía,
hizo un mohín de disgusto porque nunca le había
gustado que la llamaran de ninguna otra forma sino
por su nombre completo: María Luisa. Su padre siempre,
hasta de muy niña, la llamó así, y en su voz varonil
siempre le había gustado su nombre.
Ahora que el camino se abría paso entre colinas suaves;
con encinos de hojas púrpuras y doradas por el otoño;
con las barranquillas que la erosión de la tierra
presentaban el rojo topure de sus heridas,
resonó en su mente la voz
de su padre.
Pese al sol que calentaba esa tarde a finales del otoño,
gozaban de aquel viaje que hacían al aire libre, ocho
jóvenes muchachas, sentadas en una carreta que
prestó don Francisco y que normalmente utilizaba en
su rancho para levantar las cosechas; la que, con unas
improvisadas bancas, sirvió de vehículo para llevarlas a
un nuevo destino: el convento; ya que aspiraban todas
consagrarse a la vida religiosa.
El transporte presagiaba un viaje incómodo; pero
fue imposible conseguir diligencias de pasajeros,
ya que las usaron sus adinerados dueños
en su éxodo a ciudades más seguras tras el asalto
y quema de Cotija; y aún no las habían regresado.
A las viajeras les acompañaban la mamá de una
de ellas, y una señorita ya adulta, soltera, “quedada
para vestir santos”, que dedicaba su vida a diferentes
congregaciones parroquiales; era la promotora vocacional
de casi todas las muchachas que ahora llevaba al
noviciado.
Además del mozo que se encargaba de conducir la
carreta, iban también cuatro señores del pueblo
cabalgando cada uno sus monturas, discretamente armados
y, aún cuando no lo demostraban, temerosos de una
emboscada de los maleantes que en esos tiempos asolaban
la región.
Se gozaba aquel viaje al aire libre, tenían aún tres
o cuatro horas de luz para llegar a la estación del tren
en Tingüindín. Tan pronto como comieron habían salido
de Cotija; familiares y amigos las ayudaron a subir sus
pertenencias consistentes en una pequeña maleta con
su ropa personal; poca porque de todas formas en el
convento vestirían de otra manera.
Llevaban también una cobija, que doblaron
para sentarse en ella, acojinando la dura tabla;
en la noche la usarían para protegerse
del frío de diciembre, ya que pensaban que iban
a dormir en la estación; a esperar el paso del tren a las
dos o tres de la mañana siguiente; mucho antes del
amanecer.
Se gozaba aquel viaje al aire libre porque paulatinamente
y, por la dirección en que se movían hacia el
oriente, sus propias sombras se les iban adelantando;
llevaban el sol a espaldas, y el amplio valle lucía la grandeza
de su fertilidad.
—¡Hasta aquí llegaban las aguas de la Magdalena,
cuando era un charcote! –Dijo una de las gentes a caballo.
—Dice mi abuelo que más que laguna de la Magdalena
esta planicie era un cenagal de lodos podridos. Que la gente
se oponía a que lo desecaran, pero, ¡vea ahora!, ¡qué cosechas!
—El gobierno se apropió del proyecto ya avanzado
por los lugareños, y aún pagando salarios de hambre; de
todas formas convenció a muchos que participaron en los
trabajos: a pico y pala abrieron los canales de desagüe,
cuadriculando todo el terreno. ¡Valió la pena los meses de
esfuerzo!; con el lodo a las rodillas y a veces hasta la cintura,
luchando con la humedad que se metía en los huesos,
para ver, al final de todo, cómo ha respondido la tierra con
tan generosas cosechas.
Los campos cultivados, con el fruto de las tierras
de temporal ya rendido y a punto el maíz de ser cosechado,
y el viento en los pinares llenando de olores y
refrescando el ambiente, eran la causa de la admiración
y del gozo de aquel viaje… Del gozo de casi todos,
porque una de las aspirantes se mostraba reservada
y pensativa. Era María Luisa, una jovencita cuya tez
blanca cambiaba de tonos rosados por el sol y el aire
libre que golpeaba su rostro, a una palidez amarillenta,
reflejo de un alma apesadumbrada que humedecía sus
ojos de color.
“¡Licha, anímate!”, dijo en voz baja su compañera
de al lado; pero ella en vez de tener algún gesto de cortesía,
hizo un mohín de disgusto porque nunca le había
gustado que la llamaran de ninguna otra forma sino
por su nombre completo: María Luisa. Su padre siempre,
hasta de muy niña, la llamó así, y en su voz varonil
siempre le había gustado su nombre.
Ahora que el camino se abría paso entre colinas suaves;
con encinos de hojas púrpuras y doradas por el otoño;
con las barranquillas que la erosión de la tierra
presentaban el rojo topure de sus heridas,
resonó en su mente la voz
de su padre.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
viernes, 4 de marzo de 2011
Panorámica de Zamora con Catedral y San Francisco
En esta postal antigua de Zamora se aprecia muy bien la gran altura de la cúpula de la Catedral de Zamora, aunque por la perspectiva de la imagen sus torres lucen en todo su esplendor. A la izquierda luce, muy esbelta, la torre del templo de San Francisco. En primer plano, las bóvedas de la antigua cárcel municipal.
Santa Iglesia Catedral de Zamora
Esta fotografía, que circula en Internet, muestra en una forma magnífica el imponente interior de la Catedral de Zamora en la parte en que los cruceros se ensamblan con su nave central, bajo la imponente cúpula que destaca por su enorme altura. Se publicó en la página http://www.méxicoenfotos.com).
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Catedral de Zamora,
Imágenes de Zamora,
Templos de Zamora
jueves, 3 de marzo de 2011
Templo de San Francisco en Zamora
En el acervo cultural Zamorano el género pictórico ocupa un lugar importante y los exponentes más representativos se encuentran dentro de los espacios arquitectónicos, tanto eclesiásticos, en su mayoría, como también en algunos residenciales. Por tal motivo trataremos de divulgar estos aspectos de nuestra razón de ser, que deben hacernos sentir orgullosos.
De mucha historia y gratos recuerdos es el templo de San Francisco, en donde se albergaron los frailes franciscanos para vivir de la limosna del pueblo y que a cambio les daban su atención y benevolencia con esa caridad cristiana que llenaba los corazones de los zamoranos de la otrora Villa de Zamora y quienes hicieron mucho bien a todos los habitantes de este fértil valle.
Los trámites para la fundación de un hospicio de la V.O. de San Francisco, se inician el 26 de febrero de 1716, según la solicitud de licencia del Supremo Gobierno de la Nueva España para dicha iniciación, con dos religiosos de la orden franciscana así como una capilla en donde se pudieran celebrar los Divinos Oficios y el Santo Sacrificio de la Misa, lo cual se aprobó el 2 de marzo del mismo año, firmada por el Obispo de Michoacán, Felipe Ignacio, y fueron los fundadores el RP. Superior Ignacio Marcos Xaramillo y Fray Buenaventura Santa Ana y Borunda, mismos que estuvieron al cuidado del convento posteriormente construido junto al templo, ocupando toda la manzana que forman las calles de Hidalgo, Cázarez, Aquiles Serdán y Ocampo, como se conocen actualmente.
Quien autorizó la fundación de dicho convento fue el Rey Carlos IV, que otorgó en Madrid, el 8 de agosto de 1790, una cédula por la cual se autorizaba esa fundación, concediéndose el pase a la anterior, por decreto del Virrey Conde de Revillagigedo con fecha 18 de enero de 1791.
Por lo que toca a la construcción del templo, casi estaba terminado en el año 1728, con todas sus paredes hechas, faltando solamente el techo que se construyó de artesón: madera muy resistente que fue cubierta.
Se terminó totalmente en octubre de 1735.
Fue por el año de 1769 cuando los frailes ya citados impartían Gramática y Filosofía. Formaron después una escuela primaria. El convento fue construido con 20 celdas, en planta alta y baja, con un salón en el segundo piso que se comunicaba con el coro y la torre. Los frailes tenían una devoción muy grande a la Virgen del Buen Suceso y a San Antonio de Padua, a quienes erigieron una capilla contigua a su Templo.
Como siempre, los desastres suceden en cualquier parte y por desgracia les tocó a los frailes en una ocasión, cuando el 19 de enero de 1863 ocurrió un fuerte incendio que les destruyó la iglesia. Por esta causa y por la persecución de que fueron objeto, mete la pata otra vez el diablo y los sacerdotes tienen que salir de Zamora, dejando en el abandono su templo, que quedó por muchos años en ruinas.
Se llevaron a la catedral, en calidad de depósito, las imágenes y los objetos que pudieron salvarse del fuego voraz, así como 5 campanas, entre ellas la mayor, en cuya inscripción aparece que fue vaciada el 16 de junio de 1788 como regalo de España a los franciscanos de la villa.
Fue hasta el 23 de enero de 1874 cuando se reedificó, comisionando para ello, el V. Cabildo, al señor Canónigo D. Manuel Bruno Gutiérrez. Se estrenó, como lo afirman
los documentos que se encuentran en la
Santa Iglesia Catedral de esta ciudad,
el 4 de noviembre de 1887. Fue bendecido,
con toda la pompa litúrgica,
por el excelentísimo Señor Cázarez.
Un dato también muy importante es el relacionado a la decoración, que realizó el señor Isaac Calderón y los óleos, que se debieron al eminente pintor don Luis G. Jasso, quien murió el 4 de abril de 1887 a consecuencia de una pulmonía que le afectó, como aseguran sus familiares, cuando precisamente terminó el último cuadro y alguien le habló para tratarle un asunto, viéndose obligado a salir del templo sin enfriarse. Al día siguiente amaneció con calentura y agravándose falleció.
Como ven ustedes, es muy importante la historia de este templo, que fue el primero que se construyó en toda forma en la legendaria Sultana del Duero, hoy pintoresca y levítica, por excelencia, ciudad de Zamora, Michoacán.
(Texto publicado originalmente en la revista Entorno de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C. Las extraordinarias fotografías que ilustran los reportajes gráficos de Entorno son de Alberto Vázquez Cholico).
Arquitecto Jorge De Aguinaga
De mucha historia y gratos recuerdos es el templo de San Francisco, en donde se albergaron los frailes franciscanos para vivir de la limosna del pueblo y que a cambio les daban su atención y benevolencia con esa caridad cristiana que llenaba los corazones de los zamoranos de la otrora Villa de Zamora y quienes hicieron mucho bien a todos los habitantes de este fértil valle.
Por lo que toca a la construcción del templo, casi estaba terminado en el año 1728, con todas sus paredes hechas, faltando solamente el techo que se construyó de artesón: madera muy resistente que fue cubierta.
Se terminó totalmente en octubre de 1735.
Fue por el año de 1769 cuando los frailes ya citados impartían Gramática y Filosofía. Formaron después una escuela primaria. El convento fue construido con 20 celdas, en planta alta y baja, con un salón en el segundo piso que se comunicaba con el coro y la torre. Los frailes tenían una devoción muy grande a la Virgen del Buen Suceso y a San Antonio de Padua, a quienes erigieron una capilla contigua a su Templo.
Como siempre, los desastres suceden en cualquier parte y por desgracia les tocó a los frailes en una ocasión, cuando el 19 de enero de 1863 ocurrió un fuerte incendio que les destruyó la iglesia. Por esta causa y por la persecución de que fueron objeto, mete la pata otra vez el diablo y los sacerdotes tienen que salir de Zamora, dejando en el abandono su templo, que quedó por muchos años en ruinas.
Se llevaron a la catedral, en calidad de depósito, las imágenes y los objetos que pudieron salvarse del fuego voraz, así como 5 campanas, entre ellas la mayor, en cuya inscripción aparece que fue vaciada el 16 de junio de 1788 como regalo de España a los franciscanos de la villa.
Fue hasta el 23 de enero de 1874 cuando se reedificó, comisionando para ello, el V. Cabildo, al señor Canónigo D. Manuel Bruno Gutiérrez. Se estrenó, como lo afirman
los documentos que se encuentran en la
Santa Iglesia Catedral de esta ciudad,
el 4 de noviembre de 1887. Fue bendecido,
con toda la pompa litúrgica,
por el excelentísimo Señor Cázarez.
Un dato también muy importante es el relacionado a la decoración, que realizó el señor Isaac Calderón y los óleos, que se debieron al eminente pintor don Luis G. Jasso, quien murió el 4 de abril de 1887 a consecuencia de una pulmonía que le afectó, como aseguran sus familiares, cuando precisamente terminó el último cuadro y alguien le habló para tratarle un asunto, viéndose obligado a salir del templo sin enfriarse. Al día siguiente amaneció con calentura y agravándose falleció.
Como ven ustedes, es muy importante la historia de este templo, que fue el primero que se construyó en toda forma en la legendaria Sultana del Duero, hoy pintoresca y levítica, por excelencia, ciudad de Zamora, Michoacán.
Jaime A. Garibay Hernández
(Texto publicado originalmente en la revista Entorno de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C. Las extraordinarias fotografías que ilustran los reportajes gráficos de Entorno son de Alberto Vázquez Cholico).
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Monografía de Zamora,
Publicado en Entorno,
Templos de Zamora
miércoles, 2 de marzo de 2011
Hotel Fénix y Catedral de Zamora
El edificio del Hotel Fénix, extraordinaria muestra zamorana de la arquitectura art nouveau del siglo XX, contrasta en esta fotografía, datada en 1953, con la Catedral de Zamora, al fondo. Dos grandes épocas en la historia del desarrollo de la ciudad fusionadas en una misma imagen.
Dulces típicos zamoranos
Esta fotografía, que circula por el internet, muestra la gran variedad de dulces típicos zamoranos en una composición muy buena por su ambientación.
Pórtico del templo en Angahuan Michoacán - Fotografía de Sergio Alfaro Romero
El templo de la comunidad p'urhépecha de Angahuan data de los tiempos de la colonización espiritual del antiguo Michuacán. En esta extraordinaria fotografía, Sergio nos muestra el pórtico de su templo, una construcción cuya construcción data en el siglo XVI. Su fachada corresponde al estilo plateresco y mezcla la arquitectura española de la época con elementos del arte indígena. El resultado es un estilo sobrio en líneas, pero barroco en su adorno.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Fotos de Sergio Alfaro Romero,
Imágenes de Michoacán
martes, 1 de marzo de 2011
Santuario Guadalupano en la inauguración de su iluminación escénica - Fotografía de Rubén Mejía García
El día en que se inauguró la iluminación escénica del Santuario Guadalupano, decenas de fotógrafos se hicieron presentes para registrar con sus cámaras el esperado momento. Del acontecimiento resultaron muchas buenas fotografías. Ésta, de Rubén, es una de las mejor logradas.
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
El Puente sobre el río El Duero en Zamora, Michoacán
La ciudad de Zamora se fundó en uno de los valles más fértiles de Michoacán. Sus tierras estaban surcadas por un caudaloso río, al que bautizaron Duero, que nace en la cañada al sureste y se une con el río Celio al noroeste: frontera natural entre la antigua república de indios -Jacona- y la recién fundada de españoles.
Como dice Luis González, “si Zamora se denominó así por la oriundez zamorana de muchos de sus fundadores, el viejo río engendrador de lagunas no tenía por qué no llamarse como el que correa los pies de la Zamora hispana, máxime que es mucho más fácil decir Duero que Yorecuahapundanapu, que es su nombre tarasco y que significa río engendrador de lagunas”.1
La presencia del río modeló la vida de la villa, dándole fertilidad al valle, agua, pesca y paseos a sus habitantes, e inundaciones que les complicaban la vida en la época de lluvias. Efectivamente, el emplazamiento de la villa resultó estar peligrosamente cerca de un río que, caudaloso siempre, se desbordaba durante la época de lluvias. El agua entraba por las calles de la villa, convirtiéndolas en auténticos lodazales y obligando, según un documento del siglo XVIII, “a las mujeres a despedirse unas de otras hasta el tiempo de secas”.2
El río Duero, que era “tan caudaloso en su nacimiento como en su ocaso”, iba creando a su paso, según algunas descripciones, una suerte de pequeño paraíso, con la generosidad de los cultivos, aves, pescados de tres tipos, flores, ganados mayores y menores, de tal manera que era esta abundancia del territorio, “el mayor atractivo al ocio de sus moradores, que los hace vivir bien hallados”.3
Pero el río no solamente daba fertilidad a la villa, sino también su agua. Seguramente mientras Zamora no creció demasiado, el agua del río fue suficiente y estaba en condiciones de ser consumida por la población.
Pero en el siglo XIX, Zamora estaba creciendo a pasos agigantados; de 6,256 habitantes censados en 1822, la población era más de doce mil en 1836, es decir, el doble en menos de diez años.4 Era imperioso proporcionar agua potable a la población, porque la del río era insalubre, “sobre todo en la estación de aguas que cada libra de líquido contiene más de una onza de barro”.5
Para el final queda el problema que generó este comentario: para cruzar el río, se deben haber construido varios puentes, en distintas épocas. Hay por lo menos el registro de tres: el que se construyó en el siglo XVII; el que se levantó en el siglo XVIII6 -en 1782- y el que se levantó en el mismo lugar en el siglo XIX -en 1849 terminó la construcción-. Aunque parezca contradictorio, es más completa la información sobre la segunda obra, por la detallada cuenta que presentó el alcalde Francisco Benito de Jasso.
El puente debe haber sido muy sencillo y fuerte. En su construcción se usaron tezontle, arena, piedra y cal. El que también intervino fue el cura zamorano Br. Antonio de Sandoval y Rojas, quien hizo el diseño para el pasamanos.7 Esta debe haber sido la construcción que le dio nombre a la Madero, que era conocida como “la calle del puente que sale para el barrio de los Tecos” y que luego comenzó a conocerse como “la calle del Puente Nuevo”.
Poco más de cincuenta años más tarde, la ciudad ya había emprendido de nuevo la construcción de otro puente. En efecto, en 1847 se registró la realización de la obra.8 Pero no se inauguró sino hasta 1849, con una ceremonia de la que fueron padrinos el prefecto Mariano Villaseñor y el licenciado don Francisco Silva y en la que oficiaron el cura Francisco Henríquez y el presbítero Manuel Garibay.9 La obra fue financiada por el Ayuntamiento y tenía más pretensiones constructivas y estilísticas. Según puede observarse en algunas fotografías, en sus extremos tenía cuatro pilastras de muy buena altura, aproximadamente unos cuatro metros, rematadas cada una con un jarrón.10
Pero con el fin del río llegó también el final del puente. Después de gran cantidad de solicitudes, demandas e iniciativas, particulares condiciones políticas impulsaron una serie de obras que iban a beneficiar a la ciudad, pero muy especialmente a los hacendados de la región. Una de ellas fue el desvío del río Duero, que hizo surgir un río Nuevo, abierto por el general Pablo Rocha, quien al mando de los zapadores, cumplió con las indicaciones técnicas del ingeniero Federico Tafolla.11
Lentamente fueron apareciendo construcciones sobre el antiguo lecho del río: el Hotel Fénix, parte de la Maderería Valdés y últimamente -en 1988- el Mesón de San Fernando, un agradable restaurante que, lamentablemente, abrió sus puertas mutilando la parte poniente del puente.
Notas:
1. Luis González, Zamora p. 22 Y p. 43.
2. Heriberto Moreno García, introducción y notas. “Zamora en 1789”. p. 98
3. AGI. Indiferente general. Leg. 108, f. 221.
4. Roberto Heredia Correa, Op. Cit., introducción y notas. p. 125.
5. Álvaro Ochoa. Op. Cit. p.127. El problema del agua potable se solucionó a principios de siglo -en 1903- cuando se introdujo el agua de Jacona.
6. Véase “La catedral” en este catálogo.
7. Arturo Rodríguez Zetina. Zamora... pp. 652-654.
8. “Apuntes para la geografía y la estadística del Estado de Michoacán”, p. 30.
9. Rodríguez Zetina. Zamora... p. 654.
10. El jarrón es una pieza arquitectónica en forma de jarro, con que se decoran edificios, jardines, galerías, etc. Ocupa generalmente la parte superior y sirve de remate. Fue uno de los elementos ornamentales más utilizados en el estilo neoclásico. Cfr. Vocabulario arquitectónico ilustrado. p. 270.
11. Luis González. Zamora. p. 114
(Texto publicado originalmente en la revista Entorno, de Ingenieros y Arquitectos de Zamora, A.C., con con la autoría de la doctora Nelly Sigaut, profesora investigadora del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de Michoacán, y con datos aportados en su libro Catálogo Arquitectónico del Bajío Zamorano, Primera Parte: la Ciudad de Zamora, publicado por el propio ColMich. Las extraordinarias fotografías que ilustran los reportajes gráficos de Entorno son de Alberto Vázquez Cholico).
Publicado por
Jaime Ramos Méndez
Etiquetas:
Monografía de Zamora,
Publicado en Entorno
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



















